Después de dejar la habitación, nos dirigimos a pasar la mañana por el pintoresco pueblo de Saint-Émilion. Años atrás ya habíamos hecho la visita por dentro de la iglesia monolítica y el paseo en trenecito por los viñedos, con degustación y cata en una bodega, por lo que esta vez, simplemente nos dejamos llevar por sus preciosas calles. Al fin y al cabo, para nosotros esta vez Gironde era sólo una parada y el objetivo era llegar a dormir a Nantes para comenzar allí la Ruta.
Por cierto, sus macarons típicos, no son como los que se han popularizado por todas partes, de colores, sino pura almendra, sin tanto colorante ni tanto azúcar.


Seguimos subiendo hacia nuestra próxima parada para estirar las piernas: La Rochelle. Paseamos por su vieux port, por su pequeño centro, por su camino de ronda, admiramos sus torres (de Saint-Nicolas, de la Chaîne y de la Lanterne) aunque no entramos porque nos pareció caro (11 €) y queríamos reservarnos para los castillos. Nos sentamos en un banquito a la sombra frente al puerto, a comer un tentempié recién comprado en el Carrefour Market de la zona y vimos desde allí el espectáculo de unos bailarines de break dance. Desde allí teníamos una vista preciosa que completaban los faros, la noria y los edificios coloridos. Nos quedamos hasta que su Grosse Horloge marcó una hora que nos pareció conveniente y reemprendimos el camino.


Antes de dirigirnos hacia nuestro hotel en Nantes, hicimos una última parada en Trentemoult, un pequeño y colorido pueblo de pescadores que, en realidad, pertenece al más grande Rezé. Fue un estupendo sitio donde hacer las últimas fotos del día antes de y con la luz del atardecer. Estaba lleno de rincones coquetos y, frente a la orilla del río Loira, había varias terrazas donde cenar y degustar una copa de vino.
