No sabíamos muy bien qué esperar de nuestra visita a uno de los espacios naturales más conocidos de Galicia, pues sabíamos que su más renombrada ruta a pie, la Senda de los Encomendeiros, estaba cerrada por reparación de sus puentes colgantes. De todas formas, no queríamos renunciar a hacer alguna caminata para contemplar al menos una muestra de los paisajes fantásticos de que nos habían hablado.

Fuimos hasta el Centro de Interpretación, cuyo aparcamiento estaba completo, así que dejamos el coche en el del Área Recreativa que hay unos metros atrás. Pasado el punto informativo, continúa una carretera unos quinientos metros más adelante, hasta otro aparcamiento, pero el acceso ya estaba cerrado. En verano, no se puede ir en coche más allá de este segundo aparcamiento.

Además de contarme que hasta el 13 de septiembre no sería posible acceder con vehículos hasta el Monasterio de Caaveiro, sin haberse establecido tampoco un servicio de transporte alternativo (los autobuses que, al parecer, había otros años), en el Centro de Interpretación me explicaron que la única ruta que podíamos hacer era la de los Encomendeiros, pero exclusivamente por la parte que va por la pista, ya que los puentes que cruzan el río y que conducen al sendero de la orilla contraria están cortados. En fin, lo que ya sabíamos, que la senda como tal está cerrada. Por lo tanto, se trataba de llegar caminando por la pista al monasterio, lo que supone unos ocho kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Naturalmente, siempre teníamos la posibilidad de hacer un tramo y regresar cuando quisiéramos. En cuanto a la Senda Ventureira, que yo llevaba en mente, como empieza en un puente que hay cerca del Monasterio, tendríamos que sumar su distancia con la ruta ida y con la vuelta, resultando más de veinte kilómetros. Al menos, eso fue lo que me dijo el empleado, o lo que yo entendí. Imposible para nosotros ese día. Así que decidimos caminar hasta que nos cansásemos y, luego, darnos la vuelta.
Panel informativo con el mapa de As Fragas do Eume


Aunque no me gustan las rutas de senderismo que van por asfalto, tuve que conformarme con lo que había. De todas formas, tras superar el segundo aparcamiento, la pista se estrechó mucho, el firme comenzó a romperse y la tierra y la vegetación ganaron sitio, lo que ayudó a meternos de lleno en la espléndida naturaleza que ofrece este maravilloso parque natural protegido.

Las Fragas del Eume (fraga en gallego significa bosque con distintas especies) es uno de los bosques de ribera mejor conservados de Europa, pues mantiene casi intactas buena parte de sus 9.000 hectáreas, donde viven apenas medio millar de personas. De forma triangular, ocupa el valle bajo del río Eume, por donde corren sus aguas 17 de los 100 kilómetros de su longitud total. En cualquier caso, no es oro todo lo que reluce, pues pese a estar declarado Parque Natural y formar parte de la Red Natura, el noventa por ciento del terreno es de propiedad privada y sus dueños no dejan de mostrar su descontento con pancartas y manifestaciones: según aseguran, se les impide sacar rendimiento a sus tierras, deben pedir permiso para cualquier detalle, si cortan un árbol han de hacerlo a mano y están obligados a efectuar la reforestación. En fin, la polémica está servida.

Incluso a finales de julio y con los aparcamientos completos, en cuanto superamos el tramo inicial, hicimos el recorrido prácticamente en solitario, si bien nos cruzamos con otros senderistas, claro está.


Confieso que, al principio, estaba bastante contrariada por tener que ir por la pista, pero pronto se me pasó el mal humor, ya que el paisaje que nos engullía cada vez era más bonito caminando cerca de las aguas cristalinas del río, que lucía un increíble tono esmeralda por el reflejo de la espesa vegetación, que a duras penas traspasaba la luz del sol intenso de aquel día.


De vez en cuando, entre la maraña de un bosque tupido de robles, castaños, abedules, alisos, avellanos, tejos, frutales silvestre, fresnos, acebos, laureles y madroños, el agua que escurría de los manantiales formaba juguetonas cascadas en busca del cauce del río.

Además, las 20 especies de helechos y las 200 de líquenes con que cuenta el parque forman una alfombra vegetal que ayudan a convertir el dominante tono verde en una gama de mil verdes. En otoño, el contrate de colores debe ser precioso.

Al ver las formas retorcidas de algunos árboles cubiertos de musgo, me imaginé la magia que alcanzaría un lugar así en un día nublado y con bruma, tal como hemos vivido otras veces en otros sitios. Sin embargo, cada momento y cada estación otorgan su propio encanto y en un dia soleado los efectos espejo con los reflejos de la vegetación en el agua se vuelven increibles. Sin duda, lo que más me gustó de la excursión visualmente hablando.


Casi sin darnos cuenta, llegamos junto al Puente de Cala Grande, el primero de las dos pasarelas colgantes sobre el río que conducen a la Senda de los Encomendeiros. Tal como nos habían dicho, estaba cerrado y aparentemente en obras a juzgar por las lonas y los aparejos que tenía, aunque no se veía ninguna actividad. No se sabe cuándo se reabrirá la senda de nuevo, si es que se abre.


Cerca del puente, vimos un merendero y dos o tres mesas con bancos de piedra, todos vacíos. Así que decidimos tomarnos allí nuestra empanada. Discutimos también sobre si seguir adelante (nos faltaban unos cinco kilómetros hasta el Monasterio) o volvernos desde ese punto para continuar con las visitas previstas para la tarde, que eran el pueblo de Redes y la Fervenza del río Belelle. Finalmente, decidimos seguir un rato más, al menos hasta el segundo de los puentes.


El recorrido, aunque largo, resultaba cómodo, tanto por la sombra casi continua como porque apenas apreciamos desniveles destacables. En algunos puntos, la altura de los árboles, sobre todo de los eucaliptos, nos dejaban con la boca abierta. No sé cuántos metros pueden medir.

Al cabo de un buen rato, llegamos al segundo de los puentes colgantes, el de Fornelos, igualmente cerrado, aunque que, por su buen aspecto, nos pareció que no necesita muchas reparaciones. En fin, no somos quienes para juzgar. Muy cerca está el Área Recreativa de A Figueira, con un par de mesas, frente a un fotogénico azud.



Siempre llevo el track de las rutas descargado en el teléfono, pero este caso no lo hice porque el camino en sí no tiene pérdida, así que teníamos que calcular a ojo las distancias, ayudándonos por los escasos indicadores, en uno de los cuales leímos que nos faltaban dos kilómetros hasta el Monasterio. Creíamos que era menos. Pero, ya en ese punto, ¿cómo no seguir hasta el final?


Se nos hizo algo pesado el tramo siguiente hasta el Puente de Santa Cristina, junto al que vimos el cartel de inicio de la Ruta Ventureira. Lo cruzamos y, a la izquierda, vimos varios indicadores y la pista que conduce al Monasterio. Son poco más de quinientos metros, pero… ¡menuda cuesta! Era el momento máximo de calor y ya estábamos un poco cansados, así que no nos hizo mucha gracia, pero no podíamos claudicar a esa distancia, por supuesto.


El entorno es también muy bonito. Cerca corren las aguas del río Sesín, hasta cuyo puente y molino se puede descender por una estrecha senda. Lamentablemente, tuvimos que ignorarla, pues no era cuestión de entretenernos más teniendo en cuenta los ocho kilómetros de retorno que nos quedaban por delante, aparte de llegar aún al monasterio. Durante este viaje no ha sido posible, pero creo que volveremos en otra ocasión para seguir investigando estos lares, por ejemplo, la ruta hasta el cercano Monasterio de Monfero, de cuya existencia nos enteramos unos días después y nos aconsejaron mucho. Ya divisando el monasterio, nos quedamos sorprendidos al ver un quiosco de bebidas. En esta zona había bastante gente. No sé por qué camino habían llegado allí.

Según la tradición, el Monasterio de San Xoan de Caaveiro fue fundado por San Rosendo en el año 936. Su estampa enseguida atrae la mirada, erguida en lo alto de un cerro que domina un bosque tan frondoso que apenas permite distinguir en su fondo las aguas del Eume.


De estilo románico cisterciense, sus ruinas se han rehabilitado recientemente, dotándolas de escalones y pasarelas para facilitar las visitas, añadiendo también un espacio de museo. El acceso es gratuito. Hay visitas guiadas, pero no nos coincidieron, de modo que lo visitamos por nuestra cuenta.


Ya “solo” nos quedaba deshacer el camino hasta el coche. Se dice enseguida, pero eran más de ocho kilómetros y el recorrido nos llevó casi otras dos horas y, claro, los paisajes seguían siendo igual de bellos que antes, pero ya no nos sorprendían tanto.


Cuando terminamos, aparte de que estábamos bastante cansados, se nos había hecho muy tarde, así que dejamos para otro momento las visitas que teníamos programadas a continuación y nos dirigimos directamente a nuestro alojamiento en O Porto Espasante, cuyo entorno nos recibió con lluvia y una niebla espesa, confirmando el mal presagio de la inquietante mancha oscura que habíamos divisado en su dirección, a lo lejos, desde la autovía. ¡Menuda diferencia con el sol y el calor reinantes en la zona de donde veníamos!
Te mando estrellitas. Abrazos.