Hoy empezamos el día temprano, es el día fuerte del tour y a las 8 estábamos en marcha después de desayunar con 50 coreanos huevos, salchichas y bibimbap. Cómo de frecuente será el turismo coreano que en el desayuno directamente ponen comida coreana.
La ruta hoy lleva también bastante coche, unas dos horas y media por carretera civilizada, una recta enorme que finaliza en medio de la nada y a partir de ahí vamos por pista chulísima en pleno desierto.
La pista nos lleva por un pueblo en pleno desierto. Me comenta el guía que es un pueblo seminómada. Ahora en verano solo viven funcionarios y el resto de habitantes está por el desierto con el ganado. En invierno vuelven todos y se juntan unos 4000 habitantes, con niños y todo. Un pueblito de yurtas, alguna edificación y esculturas budistas. Al lado del pueblo un grupo de chavales se dedicaban a darle agua a las ovejas mientras iban metiendo una a una dentro de una camioneta a pulso. Les dan agua y las llevan a la zona de pasto y no vuelven a traerlas a beber, según el guia, hasta dentro de 5 días si no encuentran más.
La pista ha ido siguiendo las montañas Gurvansaikhan, en las que se supone hay una población asentada de leopardo de las nieves pero que la probabilidad de verlo es cercana a cero ya que raramente bajan a la estepa. En una de las que hemos parado para echar fotos el conductor ha visto una especie de gacela, en medio de la estepa andando sola. El guía dice que lo normal es ver grupos y que será una gacela moribunda.
El último tramo ha sido una hora larga de puro 4x4 por arena finísima entre dunas preciosas. Una chulada. Lo impresionante es que nos hemos cruzado con al menos dos familias que se habían metido ahí con coches normales y, evidentemente, estaban atascadas. El guía dice que son locales y ha seguido para adelante por lo que imagino que allí ya saben buscarse las mañas para salir, tampoco ninguno ha hecho gesto de que paremos y en pista de arena si paras te quedas clavado.
Una vez hemos atravesado las dunas se ha abierto una planicie enorme hacia el norte con todo el sistema de dunas hacia el oeste y las montañas hacia el este. La zona es enorme y hay varios campamentos de yurtas dispersos, por lo que aunque hubiera 1000 turistas la dispersión es tal que la sensación de aislamiento es total.
Hemos llegado a nuestro campamento a las 12:00. Un campamento precioso frente a las dunas. Un barecillo donde un grupo de japoneses se están preparando para comer y las yurtas mejor montadas hasta el momento. Nos han dado una yurta con vistas a las dunas que tiene hasta neverita. Un lujo.
Hemos descansado y a las 13 hemos ido para comer. Nuevamente carne. Es brutal lo de la alimentación aquí, de momento es exclusivamente carne. Aquí hay una catástrofe que se lleve por delante al ganado y se lía un drama humanitario tremendo. La dieta tradicional gira de una manera brutal alrededor de la carne y los lácteos.
Después de comer hemos descansado y a las 15 hemos ido a hacer check en la turistada obligada. Montar en camello. Para ello nos hemos metido dentro de lo que es una zona controlada por parques nacionales que da acceso a los pies de las dunas. Aquí hemos ido a una yurta donde vive una familia y tiene un grupo de camellos y en verano se dedican a los paseos. Hemos entrado en la yurta y nos han invitado a un té mongol y a airag, lo de la leche fermentada de yegua. Este estaba menos fuerte que el que probamos en Ulán Bator, se podía beber pero a mí me sigue dejando un regusto a caballo en la boca muy desagradable. A ellos les encanta. El guía nos ha estado explicando cómo funciona la vida en la yurta. El lado norte suele ser la zona más respetada, donde se colocan altares, objetos importantes o el lugar de honor, el oeste se asocia tradicionalmente más a los hombres y a las visitas, y el este a la familia y la vida doméstica. El centro tiene como dos pilares de madera que, según me dice el guía, no se deben cruzar ni tocar sin cuidado porque sostienen simbólicamente la casa. Aquí dentro hace toda la vida la familia y en ese momento son 4 los niños que están tirados en el suelo peleándose por quién coge el móvil. Al rato ha entrado la que creíamos que sería la quinta hermana, una chavala bastante joven y ha cogido al bebé y se ha puesto a darle el pecho. Impacta ver madres así de jóvenes, al menos el que es el padre también era básicamente un chaval. Después de estar un buen rato con la familia y que una de las niñas se tirara a darnos abrazos hemos salido ya a lo de los camellos.
El cielo medio encapotado ha ayudado a que no sea una muerte por calor pero los colores del desierto han quedado muy deslucidos. La subida en camello es una hora pero a los 30 minutos le hemos dicho que ya está bien la gracia. Como experiencia es curiosa, el camello bactriano es un bicharraco enorme. Te subes entre las dos jorobas, donde parece haber casi un asiento natural, pero es un bicho tan grande que vas espatarradísimo. No pegas tantos brincos como en el caballo pero al rato se te resienten hasta las rodillas de ir espatarrado pero con los pies enganchados en los estribos. El paseo lo hemos dado por una especie de oasis que discurre junto a las dunas. Esto es lo que hace especial esta zona del Gobi. Las montañas negras, las dunas enormes, la planicie desértica y, junto a las dunas, un riachuelo de agua que crea una franja verde junto a las dunas que sirve de pasto de caballos y camellos. Paseo incomodísimo pero bonito.
Para las 17 hemos vuelto al campamento y hemos podido darle la ropa a uno de los chavales para lavarla. Menos mal porque los camellos literalmente pasan el día tumbados sobre su propia caca y se nota en el olor, el cual llevamos ahora nosotros.
A las 18:30 hemos cenado, carne por supuesto, y para el atardecer hemos vuelto a las dunas para hacer la subida y ver el atardecer desde allí. Ya son varias las veces que he intentado subir una duna. En Marruecos en Merzouga, en Namibia en el Namib... Y ahora aquí. Una duna de 200 metros de altura.
Nada más llegar se ve una romería de coreanos que van subiendo poco a poco cada uno con una especie de trineo arrastrando. Parece que tengan que hacer de todo un juego. Viendo el panorama de la romería hemos decidido tirar por otro camino más alejado por el cual hemos podido ir subiendo absolutamente solos. La subida la hemos empezado motivadísimos pero llega un punto en donde básicamente tienes que ir a cuatro patas y por cada paso que das pegas tres para atrás. El atardecer básicamente se nos estaba echando encima. Llevábamos 50 minutos subiendo y a escasos 20 metros me he rendido. Casi me da una pájara, se me ha nublado hasta la vista. Entre la altura a la que estamos y lo agotado de andar por la duna me he tirado al suelo y solo veía una caída casi vertical para abajo que me llamaba a tirarme haciendo la croqueta como los ángeles. Hemos recuperado el aliento y hemos empezado la mejor parte de subir una duna. Tirarte para abajo. Hemos ido primero dejándonos caer en diagonal y aquí hemos descubierto el fenómeno por el que las llaman dunas cantoras. Mientras descendíamos a los 10 pasos hemos provocado la mini avalancha de arena. Ha sido como si desde lo alto de la duna se generara un río de arena que bajaba para abajo y mientras generaba una especie de sonido que literalmente parece un canto grave, es como si el viento soplara entre la arena que cae, pones la mano en la arena y todo el suelo vibra. Chulísimo. Hasta que no ha parado la avalancha de arena no ha dejado de sonar. Hemos seguido corriendo duna abajo dejándonos caer. Es sin duda lo mejor. Hemos llegado abajo en 5 minutos con un atardecer precioso que ha puesto punto final al día.
Casi a las 10 hemos vuelto al campamento llenos de arena pero con un grupo de 20 alemanes copando los aseos. Nos hemos quitado la arena como hemos podido y a dormir. Día muy bonito que en parte compensa la kilometrada que llevamos. Mañana según el guía es un día bastante más relajado, donde iremos a ver la famosa zona donde se encontraron los primeros huevos de dinosaurios, Bayanzag, los Acantilados Llameantes.






