No voy a engañar a nadie: ayer me acosté con miedo. No miedo de verdad, sino esa sensación que se te pone en el estómago cuando sabes que al día siguiente vas a hacer algo físico que no sabes si vas a poder terminar. La Gran Muralla. En el foro todo el mundo dice que hay que subir, que merece la pena, que las vistas son increíbles. Y yo, que no soy exactamente una atleta, pensaba: a ver cómo lo llevo.
Salí temprano del hotel. Para ir a Badaling cogí un tren de cercanías que sale de una estación al norte de Pekín y que te deja casi al pie de la muralla. El tren iba lleno de turistas, casi todos chinos, con la misma mezcla de excitación y sueño que yo. Una pareja mayor sentada a mi lado compartía un termo de té y unos panecillos al vapor, y en un momento me ofrecieron uno sin que mediara palabra. Lo cogí, estaba caliente y dulce, y pensé que empezar el día así no estaba nada mal.
Al llegar lo primero que ves es la muralla subiendo por la ladera de la montaña. No te la encuentras de golpe, la ves a lo lejos, serpenteando hacia arriba, y ahí es cuando piensas: tengo que subir eso. Es imponente. No por alta, sino por lo empinada que es y por lo que se ve que no acaba nunca.
Empecé a subir por el tramo que indicaban los carteles, y a los diez minutos ya estaba sudando. Los escalones no son regulares. Hay algunos que son bajos y fáciles, y otros que llegan casi a la altura de la rodilla, de piedra desigual, desgastados por siglos de uso, tanto que están lisos en el centro. Avanzaba despacio, parándome cada poco para girar y mirar atrás. Y ahí es donde empecé a entender por qué la gente dice que merece la pena. Porque la vista va cambiando conforme subes. Al principio ves el aparcamiento, las tiendas de recuerdos, los autobuses. Luego ves el valle. Luego ves otras secciones de la muralla extendiéndose por las montañas, una detrás de otra, hasta donde alcanza la vista.
Había bastante gente, no voy a negarlo. Badaling es la sección más visitada, y se nota. En los tramos estrechos había que ir despacio, a veces pararte a esperar a que la gente de delante avanzara. Pero honestamente, una vez que llevas un rato subiendo, la gente deja de importarte. Estás tan concentrado en los escalones, en no tropezar, en seguir respirando, que lo demás se vuelve fondo. Y hay momentos en que llegas a una torre de vigilancia, te apoyas en el muro, miras abajo, y lo único que existe es el paisaje.
Llegué a una torre bastante alta, no sé si era la más alta del tramo, pero para mí era suficiente. Me quedé ahí un buen rato, con las manos en la piedra, intentando coger aire. Y miré a mi alrededor. La muralla se extiende por las montañas como una serpiente de piedra, subiendo y bajando por las crestas, sin parar. No se ve el final. En un sentido se pierde en la bruma, en el otro baja hacia el valle y desaparece detrás de otra montaña. Y piensas: alguien construyó esto. Hace muchísimos años, con las herramientas que tuviera entonces, subió estas piedras hasta aquí arriba y las colocó una sobre otra. No para que yo viniera a hacerme fotos, sino para defenderse de alguien que venía de allí. Cuando piensas en la magnitud de lo que hicieron, te quedas sin palabras.
Bajar fue casi peor que subir. Las rodillas me temblaban y los escalones empinados hacia abajo daban un poco de vértigo. Pero bajé, y cuando llegué abajo sentí esa mezcla de agotamiento y orgullo que solo te da haber hecho algo físico que no estabas segura de poder hacer. Me senté en un banco, me bebí dos botellas de agua seguidas y pensé: lo hice.
Por la tarde, ya más recuperada, fui al Palacio de Verano. Y fue un acierto, porque después del esfuerzo de la mañana, lo que necesitaba era algo tranquilo. El Palacio de Verano es exactamente eso: un espacio enorme junto a un lago, con paseos arbolados, pabellones y un largo corredor pintado que serpentea junto al agua. El contraste con la muralla era total. Allí todo era esfuerzo, piedra, viento y altura. Aquí todo es suave, cuidado, pensado para el descanso.
Me quedé un rato junto al Lago Kunming, que es inmenso, mirando el agua. Había parejas en barcas de remos, algún grupo de ancianos sentados charlando y una luz dorada que entraba entre los árboles. Pensé que los emperadores debían de saber lo que hacían cuando elegían este sitio para descansar. Después de la Ciudad Prohibida, que pesa, y de la muralla, que agota, este lugar te devuelve algo. Como si fuera el contrapunto necesario.
Hay un detalle que me gustó mucho: el Corredor Largo, que es una galería de madera de varios cientos de metros, con vigas pintadas con escenas distintas. Cada tramo tiene una pintura diferente: paisajes, flores, escenas de historias que no reconozco. Caminar por ahí, con el lago a un lado y las pinturas encima, fue como recorrer una galería de arte al aire libre. Y estaba cansada, así que caminé despacio, sin prisa, parándome a mirar las pinturas que me llamaban la atención. Fue uno de los momentos más bonitos del día.
Al final del día, volviendo al hotel en metro, pensé en lo distinto que había sido el día. Por la mañana, la muralla, el esfuerzo, la piedra, el viento, la conquista. Por la tarde, el palacio, el agua, la pintura, el descanso. Pekín tiene eso: te ofrece los extremos y te deja elegir. O te los hace vivir a los dos en el mismo día, que es lo que me pasó a mí.
Mañana aún tengo un día más en Pekín antes de ir a Xi'an. Creo que voy a dedicarlo a caminar sin rumbo, a ver los hutongs, esos callejones viejos que tanto me han recomendado. Y a descansar, que también hace falta.