La historia de Estados Unidos es la historia de un poder que se ha agigantado progresivamente alimentando el miedo a los ciudadanos. Ese miedo legitima la seguridad y el control por parte del poder. El estado dice: “Yo os protejo de vuestros fantasmas y os prometo seguridad”. Seguridad es control y control es falta de libertad. Como digo, seguridad y control legitimados a través del miedo. Los efectos de la seguridad asoman en la vida cotidiana, sobre todo, en los puntos que el sistema considera más vulnerables, por ser “punto de mira del enemigo”, entre otros, los edificios oficiales. Al acceder a ellos viene el escáner y el engorro de vaciarse los bolsillos y quitarse el cinturón. Seguridad a cambio de libertad en el país que opta por la máxima seguridad. Estos protocolos de máxima seguridad dan una idea bastante certera de cuáles son las obsesiones de los estadounidenses, donde se ubican sus miedos más profundos y, por tanto, el celo por proteger sus símbolos más arraigados. Cacheo para entrar a un partido de los Knicks en el Madison Square Garden después de un complicado protocolo a la hora de adquirir la entrada por Internet, vaciado de bolsillos y escáner en el Empire State, Estatua de la Libertad o en cualquier edificio oficial. En otro nivel, las cámaras, dentro y fuera, arriba y abajo. Los guardas de seguridad y todo lo que hasta ahora he mencionado.



En el cuarto día de mi estancia en Nueva York visito la Zona Cero -sublimación para los locales del terror por antonomasia- que resulta ser una inmensa torre de silencio y solemnidad en el que todavía colea el escalofrío medular que les produjo la entrada de los monstruos en su propia casa. Doce años después estoy ante la inmensa herida abierta, aún caliente y muy lejos de cicatrizar. Y lo que queda. Esta es, precisamente, una visita que realizo justo en la víspera de Halloween, fecha en la cual los yanquis trivializan con el miedo en forma de alegres saraos con disfraces al uso (el episodio que viví aquella misma noche en el cementerio y en el interior de Trinity Church, a tan solo 300 metros de la Zona Cero, merecerá capítulo aparte en la próxima entrega).
Uno se acerca a los restos del World Trade Center casi de puntillas. Impresiona el aire de gravedad que conserva la zona, donde se proyecta un espacio para el ocio y el comercio que está construyéndose justo donde se ubicaban las Torres gemelas y que estaba previsto inaugurar en 2014. www.nuevayork.net/ ...ade-center (aparece el proyecto en la actualidad, ya finalizado). La vuelta sin retorno la representa la entrada por un túnel hacia un inmenso espacio soterrado a modo de una gran galería espaciosa con paredes y techos blancos, inmaculados, con enormes paredes áureas cuya blancura sólo es rota por paneles de diseño simple y mensaje directo haciendo referencia a la tragedia en forma de nombres y números. Pasado ese trance, llega la salida a un exterior que bordea el solar sin que se pueda verlo. El visitante es conducido a través del vallado a un exterior despejado y desierto, de ambiente desolado y pesado, en el que las patrullas de policía advierten que te alejes cuando se traspasa la zona vedada. Un muro que marca las fronteras infranqueables.
Avanzo por el acceso minuciosamente marcado hasta rodear la Zona Cero sin verla y llego hasta un emplazamiento que presenta cierto bullicio y en el que se sitúa un pequeño edificio en el que se ubica la taquilla para pagar la entrada al solar.
En este punto, el visitante tiene que pagar 17 dólares para acceder al circuito, el círculo que rodea el solar que dejaron las Torres Gemelas. La taquillera me informa: “17 pounds”. Primero dudo y luego pregunto: ¿A qué va destinado ese dinero? Ella responde melancólicamente: “A las familias de los muertos en el ataque”.
Me niego a pagar ese dinero y me despido de forma decidida y sin ver el solar. Rechazo el hecho de que uno tenga que verse obligado a subvencionar a unas víctimas y a otras no. Los estadounidenses tienen por lo menos la oportunidad de dignificar la memoria de sus muertos como les parezca, pero otros no tienen ni siquiera eso y se tienen que limitar a seguir su vida con el dolor de las pérdidas, sin el consuelo que supone la dignificación a través de la memoria y, por supuesto, con el drama continuo de los muchos años que llevan pagando todavía el amargo y desgarradoramente doloroso tributo de los ataques sufridos por Estados Unidos. Y el sufrimiento que cae y caerá por parte del gigante yanqui que aplasta sin piedad con sus botas de acero y fuego. No. El terror sufrido por los estadounidenses el 11-S es producto del ataque de un día, el terror que provoca su gobierno es el de los ataques sistemáticos día a día durante 100 años y el de un sistema económico imperialista que genera dramas y muerte.
Algunas cifras, no todas, de los muertos en distintos países a consecuencia de guerra, intervenciones militares estratégicas y golpes de Estado provocados por los yanquis en todo el mundo, aparte de su participación en la Segunda Guerra Mundial y el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki (con 150.000 muertos como consecuencia directa del ataque): Iraq (5.000.000 de muertos), Corea (2.000.000), Vietnam (1.000.000), Indonesia (700.000), Guatemala (150.000), El Salvador (30.000), Panamá (7.000), Argentina (30.000), Bolivia (30.000), Haití (40.000). La cifra incluye alrededor de 100.000 desaparecidos en estos países.
La guerra química empleada por los estadounidenses incluye la utilización de bombas de napalm o agente naranja en Vietnam, Laos y Camboya o el uranio empobrecido en Iraq y la exYugoslavia, o las fumigaciones con hongos venenosos en Colombia, Bolivia o Ecuador. Palestina es, ahora mismo y desde hace más de seis décadas, un “punto caliente” donde el genocidio israelí sobre la población palestina encuentra en Estados Unidos el aliado perfecto. Y, en próximas fechas, parece que las acciones represivas se extenderán a Siria.
Todo esto son solo las consecuencias directas de un sistema imperialista impuesto por Estados Unidos a nivel mundial y que genera muerte y sufrimiento, segundo a segundo, en todo el globo.
He acabado mi visita a la Zona Cero. Salgo de este perímetro silencioso para continuar con el bullicio dos calles más allá.