Después de la paliza de excursión del día anterior, ese día nos quedamos en el hotel. En teoría, para descansar, pero realmente no paramos mucho.
Tras un desayuno tranquilo, empezamos la mañana en la playa. Un poquito de snorkel, a disfrutar de nuestros amigos los pececitos. Nos habían dicho que por la mañana temprano se podían ver tortugas, pero no hubo suerte. Vimos muchos peces ya "conocidos" pero también algunos otros nuevos, como el pez ángel francés.
Después tocaba estrenar las piscinas. Primero estuvimos en la piscina tranquila, la que no tiene animación. La verdad es que se estaba muy bien allí, y hay un bar saludable de batidos de frutas, que estaban muy buenos.
De allí nos fuimos a la barra húmeda. A esas horas se estaba bien y nos tomamos algunas cervecitas que sentaron de lujo. Además, aprendimos a preparar la michelada, bebida típica de México con cerveza, sal, tabasco, salsa Worcester y jugo Maggi. Bueno, yo sigo prefiriendo una buena cerveza, pero no estaba mala. En la barra húmeda no se puede comer, pero a ratos mi marido iba al bar a traer algo de comida y nos salíamos para comerla, que si no, las cervezas y las micheladas se subían a la cabeza. Por cierto, me picó una abeja de las que rondan las botellas de la barra, y no veas como se me puso la pierna.
Se nos hizo un poco tarde para el ir a comer al buffet, así que nos fuimos al restaurante de la playa, que está abierto hasta más tarde. Es un mini buffet, pero dado el caso nos hizo el apaño. Después una siesta en las hamacas de la playa.
Y por la tarde, otra vez snorkel. La verdad es que esa playa no dejaba de sorprendernos. Esa tarde vimos un pez torpedo, una raya y unos simpáticos peces aguja (agujetas brasileñas), entre otros.
Dimos por finalizada la tarde en la piscina de burbujas que hay junto a la piscina principal.
Esa noche teníamos reserva para el restaurante mexicano. Las entradas eran tipo buffet, los platos principales estaban ricos (el michiote de pollo muy bueno) y el postre no merecía la pena.