Salimos el lunes de Madrid pronto para llegar sobre las dos de la tarde a Albufeira, donde teníamos nuestro hotel, Real Bellavista Hotel & Spa (4*), y más o menos cumplimos el horario, teniendo en cuenta que en Portugal es una hora menos que en España.
El hotel está muy bien, la habitación que teníamos era muy grande y muy bien equipada, con un baño muy grande también y terraza con vistas al mar.
Comimos y nos fuimos andando a la playa de Forte de Sao Joao. Nuestro primer contacto no fue muy bueno, pues es una playa como otra cualquiera, a diferencia de lo fría que está el agua.

Lo bueno es que pasan vendedores de bolinas do Berlim, un bollo grande con azúcar por encima relleno de crema o sin relleno, ¡buenísimos!
Volvimos al hotel a cenar y decidimos bajar andando al centro de Albufeira. Nos habían dicho que era como Ibiza, y nada más lejos de la realidad: gente joven extranjera de fiesta y pubs dedicados a veces en exclusiva al turismo de su país, especialmente Reino Unido. A cambio, hay muchísimas tiendas y puestos hippies donde se pueden comprar los regalos típicos: toallas, paños de cocina, gallos, etc. Eso sí, a veces se hace difícil "circular" por las calles, debido a la gran cantidad de gente que hay.

Muertos de sed, entramos en una tienda de bebidas (muchas abren hasta las 1 de la mañana) y descubrimos que, como en otros países europeos, la Fanta de limón brilla por su ausencia, pero a cambio tienen otros sabores: piña, mango, fruta de la pasión, etc. Aparte de una gran colección de sabores de zumos.
Albufeira es una ciudad que ni cierra ni descansa de noche, y así se puede ver a la hora de coger un taxi: colas y colas en las paradas para montarse en uno. Se trata de una ciudad que debe su nombre a su origen árabe, como toda la región del Algarve:
