Hacemos el check-out y salimos de nuevo hacia el norte, donde tenemos que coger la carretera a Ipoh y luego la autopista a Penang. Por el camino, visitamos la otra Boh Tea Plantation, mucho más grande y espectacular pero mucho más turística (en la primera no había casi nadie). Hacemos miles de fotos porque hoy hace sol y las plantaciones son increíbles.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
Volvemos a hacer la visita a la fábrica de té, esta vez ya nos sabemos el proceso de memoria. Compramos té, ahora sí, y salimos pitando. Está hasta los topes de turistas porque es la semana en que Malasia celebra la Independencia (Merdeka) y por lo visto tienen una semana entera de vacaciones.
Cogemos de nuevo el coche, y nos despedimos de las Cameron Highlands.
Al acercarnos a Ipoh, decidimos pasar de largo y continuar. Sólo paramos a comer en la autopista. En la primera área de servicio, parece que no hay sitio ni para aparcar y en cualquier un policía nos teledirige a la salida de nuevo. A cien kilómetros, paramos de nuevo. Esta vez sí hay sitio. Lo que no hay es comida. Como estamos en Ramadán, todos los restaurantes musulmanes están cerrados. Sólo podemos comprar unos sandwiches de queso, eso sí por tres pesetas, y unas chips. Algo es algo. Antes de llegar a Penang, se larga a llover de nuevo, a lo bestia. Cruzamos el puente que lleva a la isla entre rayos y centellas. Gracias al GPS, logramos llegar al hotel sin dificultades. La ciudad se ve grande, cosmopolita, con barrios muy occidentalizados y otros no tanto. Al acercarnos a la calle donde nos lleva el GPS, el barrio se vuelve dudoso, y con la lluvia mucho más.
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No sé si estamos en Malasia, en China, en la India. Hay una mezcla de culturas, de religiones, de tradiciones, que no he visto nunca. Calles con casas coloniales, templos, uno detrás de oro, de religiones diferentes, restaurantes a cuál más exótico (como mínimo para mi). Las calles de Little India me fascinan, no sé porqué me siento como en casa.
Por la noche, hemos reservado mesa en el restaurante Baba Nyonya. recomendado no sólo por la Lonely sino por amigos y por la recepcionista. La comida es tan buena, tan diferente sobre todo, que repetimos los tres platos, es decir que cenamos dos veces (antes hemos sacado otros 1.000 RM porque no se puede pagar con tarjeta). Volvemos en taxi pero antes de ir a dormir, deambulamos por nuestra calle para bajar la comida, y así podemos disfrutar de la tradición china de quemar papeles ofrenda con todo tipo de papeles que imitan dinero, casas, zapatos, camisas, todo por capas. Nos ahumamos como salmones pero el espectáculo vale la pena.
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