Llegamos a Villefrance, pueblecito costero francés que nos va a permitir el acceso a Mónaco. Nos reparten numeritos como en la carnicería que nos darán accesos a los tenders, unos barquitos que nos llevan desde el barco hasta el puerto. Por fin en tierra, ya que hemos conseguido bajar en el primero. Nos dirigimos a la estación de tren que está muy cerquita y nos encontramos con la desagradable sorpresa de que el tren viene con 40 minutos de retraso. Y luego dicen de la RENFE. Pues nada, cambio de planes, que no vamos a estar aquí media mañana.
Preguntamos a un taxista y acordamos la carrera hasta el Oceanográfico. Nos hace un bonito tour por la costa en un “italianini” que más o menos nos permite entendernos. Ah ¿Ya hemos llegado?, ¿pero esto es Mónaco? , pues va a ser que sí.





Estamos en el Oceanográfico, espectacular, con especímenes únicos que no hemos visto en otros sitios y piezas expuestas realmente sorprendentes. Sin darnos cuenta, hemos pasado más de tres horas aquí.










Salimos de nuevo al calor sofocante francés y bajamos por la Avenue de la Porte Neuve hasta el Carrefur (cualquier parecido con lo nuestros es pura coincidencia). Desde aquí nos dirigimos hasta la rosaleda de la princesa Grace y mi familia ya me estaba poniendo 27 velas negras porque había un buen paseíto, pero caprichosa que es una y estaba de antojo.
Lo cierto es que yo me lo esperaba más grande, pero merece la pena ver la muestra de amor de Rainiero a su mujer plantando 4000 variedades de rosas distintas. Eso sí, si las distribuyeran en un espacio mayor, sería mucho más vistoso.



Desanduvimos el camino y nos dirigimos a la estación de tren, esta vez se nos hizo más corto porque ya no tuvimos que preguntar a nadie y utilizamos las escaleras mecánicas para atravesar Fontvieille.
La estación es inmensa, con pasillos muy largos, andenes aún más largos y maquinitas con las que tienes que pelearte para sacar el billete porque la taquilla está imposible. Cogimos el tren por los pelos y llegamos sin más novedad al barco.


Si esperabais algo más, lamento haberos defraudado. Soy un bicho raro que no ha visto el palacio, ni el casino, ni el circuito, ni todo ese glamour que supuestamente derrocha el principado. Un país muy limpito, en el que te venden agua “evian”, con gente súper agradable y amable, pero que para mí no merece más tiempo del que le he dedicado, o como mucho, un par de horas más.
Vámonos a dormir que mañana nos espera un día largo. Italia nos espera.