14º día: MESTIA-AKHALTSIKHE
La marchrutka de la mañana con destino a Zugdidi pasa puntualmente a recogernos a las 6h15’, antes hemos tenido tiempo de desayunar, hacer las maletas y pagar nuestra estancia. El viaje dura 5 horas, algo menos que a la ida porque la obligada parada en el chiringuito es de corta duración. Hoy el sistema georgiano de transportes se muestra muy ágil, en Zugdidi abordamos rápidamente otra furgoneta que va a Tbilisi y que nos deja en el cruce de carreteras de Khashuri (13 GEL); caminamos un rato hasta la otra terminal y abordamos un tercer vehículo que nos lleva a Akhaltsikhe (6 GEL). Tras instalarnos en el hotel nos conectamos un rato a Internet y luego damos un paseo por Rabati, el barrio antiguo, que conserva casas tradicionales y, cosa rarísima en Georgia, los restos de una mezquita y una medersa. El castillo alberga un museo pero ya está cerrado y de todos modos estamos muy cansados, nos retiramos temprano y reponemos fuerzas para entrar mañana a la República de Armenia.
Alojamiento y comidas: Hay muy pocos hoteles, pero parecen ser suficientes porque en Akhaltsikhe no paran demasiados viajeros. Nos decantamos por el Hotel Prestige, que no está mal y tiene cierto carácter (50 GEL sin desayuno). Por la noche llegan unos jóvenes rusos que arman algo de ruido pero no nos impiden dormir. En una calle céntrica encontramos toda la oferta gastronómica de la ciudad… que se limita a khachapuri en sus distintas variedades (imeruli, acharuli, kubdari..) y cerveza.
15º día: AKHALTSIKHE-GYUMRI-EREVAN
Salimos del hotel antes de las 7h, y sin desayunar (a esas horas está todo muy parado en la ciudad) nos dirigimos a la plaza que hace de parada de taxis y furgonetas. La marchrutka con destino a Gyumri sale al poco rato (20 GEL) a pesar de ir casi vacía. Vamos parando en algunos pueblos para recoger a algún que otro viajero más pero la mayoría se bajan en las inmediaciones; paralelamente nos damos cuenta de que el conductor lleva algo de contrabando por cuenta de un hombre que se ha asomado a la cabina para darle dinero. La frontera de Bavra está en un páramo desolado, cerca de un lago; sopla un aire frío y el cielo gris nos hace imaginar que en cualquier momento podría nevar. Curiosamente, en el pueblo anterior a la frontera la furgoneta se llena. Nos bajamos todos ante la caseta de inmigración para cumplir los trámites y nos encontramos, en forma de policía de fronteras, con el primer espécimen típicamente armenio: calvo, cejijunto y de enorme nariz. Rellenamos los impresos en 5 minutos pero la tasa del visado sólo se puede pagar en moneda armenia, para lo cual nos indican una oficina de cambio que hay al lado. Aquí es donde cometo la torpeza del día, porque interpreto el gesto de alguien que hay en la puerta como indicando que la oficina está cerrada, de modo que sigo andando y entro en Armenia sin pasaporte y con las manos en los bolsillos, a través del viento y la llovizna. Camino hasta encontrar una tienda-café con algunos clientes, entro y le enseño al dueño un billete de 50€; el tipo se queda un poco confuso pero reacciona llamando por el móvil a alguien y cuando cuelga me muestra una cifra en la calculadora: 450. No me quedo satisfecho y decido probar en otra parte, alejándome más aún del lugar en el que me espera la marchrutka. Cuando parece que se ha acabado el pueblo tengo suerte y encuentro otra tienda en la que me pagan 520 AMD por euro; emprendo el camino de regreso y me encuentro al conductor de la furgoneta, que no acaba de entender dónde me he metido para perder media hora. Nos disculpamos lo mejor que podemos y finalizamos el trámite del visado en pocos minutos; el aduanero coloca en nuestros pasaportes unas pegatinas que nos cuestan 3000 AMD a cada uno y nos da la bienvenida a Armenia. Al pasar la última barrera el conductor sortea hábilmente el registro repartiendo entre los viajeros de la fila de atrás unas bolsas que ha sacado de debajo de su asiento y así llegamos sin novedad a Gyumri, donde aparcamos frente a una verdadera vakzal, con taquillas y oficinas de compañías de autobuses pero que, sin embargo, carece de lo que necesitamos nosotros: una consigna de equipajes. Ya es mediodía y está lloviendo con fuerza, así que nos decidimos por coger un taxi para que nos lleve a uno de los restaurantes recomendados por la LP: el Polos Mukuch. Comemos espléndidamente los dos por 7000 AMD y conseguimos que nos guarden las maletas un par de horas. Gyumri fue arrasada en 1988 por un terremoto que causó 50.000 víctimas y destruyó casi todas sus casas y monumentos, pero el auge económico vivido por Armenia a partir de su independencia ha permitido reconstruir la mayor parte de las viviendas, los equipamientos básicos e incluso algunas iglesias. Nos dirigimos a las dos plazas centrales, ocupadas por jardines y estatuas épicas, y entramos en la catedral. Aunque la mayoría de las mujeres llevan la cabeza cubierta, el ambiente en las iglesias es mucho menos solemne que en Georgia. Se están celebrando bodas y nos da la impresión de que las ceremonias, oficiadas por un sacerdote extrañamente vestido y un auxiliar, son de corta duración y se suceden unas a otras con rapidez; a la salida los novios se hacen las fotos de rigor posando en los jardines o junto a limusinas horrorosamente adornadas. En otra esquina de la plaza vemos una imponente fachada neoclásica rotulada como “Hotel Alexandropol” (el antiguo nombre ruso de la ciudad) y aunque es evidente que el hotel está cerrado nos acercamos y encontramos el portón abierto. El interior del edificio entero está en plena reforma y el vigilante amablemente nos permite echar un vistazo por todas las plantas. Nos divierte descubrir el proyecto del futuro hotel de lujo porque todo son oropeles falsos, no hay nada de mármol, ni bronce, ni pan de oro ni cristales valiosos pero todo está pintando aparentando que es lo que en realidad no es. Para colmo, el restaurante y el bar del sótano están decorados como un infierno kitsch, con llamaradas de colores chillones y cabezas de demonios en escayola. Nos damos otro paseo por el mercado, muy animado y colorista y aunque no compramos nada aprovechamos para cambiar más dinero. Volvemos a recoger las maletas y bajamos por calles adoquinadas de nuevo a la vakzal para abordar una de las frecuentes marchrutkas que salen hacia la capital. Llegamos hacia las 17h30’ al sur de la zona centro de Erevan.
Bienvenidos a Armenia

El "tramposo" Hotel Alexandropol
Puesto de cafés en el mercado de Gyumri
Alojamiento y comidas:
Al llegar a Erevan realizo una búsqueda por los hoteles del centro, mientras Pilar espera en una cafetería, y me encuentro con que todos están llenos, incluso los más caros. Busco solución al problema dirigiéndome al popular Envoy Hostel, en la calle Pushkin, para preguntar si tienen alguna lista de casas particulares que alquilan habitaciones. Efectivamente, la recepcionista llama por teléfono a una y como además termina turno se ofrece a acompañarme hasta allí. Es un apartamento en un bloque de la calle Demirchian, a unos 10 minutos a pie, con un vestíbulo de película de terror y un ascensor renqueante. Parece ser que la economía de mercado no ha conseguido convencer a los habitantes de la antigua URSS de que los vecinos deben pagar por el mantenimiento de las zonas comunes de su finca. El apartamento en sí consta de 2 dormitorios, uno de los cuales está ocupado por unos catalanes y sus bicicletas, más un salón en el que duermen la propietaria y su hijo cuando no tienen libre ninguna de las dos habitaciones. Pagamos 10.000 AMD por persona, con desayuno y tés a discrección, pero como no nos parece ningún chollo nos vamos a buscar en Internet alguna alternativa para las dos noches siguientes. Reservamos en el Hotel Erebuni, donde por unos 83€ al día (con desayunos) nos alojarán en una especie de suite moderna y bien equipada, con 2 dormitorios, dos baños, salón con TV de plasma, etc. Una ganga que probablemente se explica porque las habitaciones estándar están todas ocupadas.
En Erevan abundan los buenos restaurantes. Probablemente el menos bueno en el que estuvimos fue el famoso Urartu, el local más tradicional y lujoso de la “Barbecue Street”, que funciona como un salón de baile con estruendosa música en vivo que hace las delicias de familias acomodadas y mafiosos varios. Y el mejor es un local en un amplio sótano de una avenida cercana al hotel, identificado por un cartel como “Taverna Erevan” pero que no tiene nada que ver con el restaurante-espectáculo “Old Erevan” que aparece en todas las guías (y que se incendió por aquellas fechas). También comimos bastante bien en “Our village”, otro local recomendado por la LP, donde entre otras cosas probamos el delicioso vino de granadas.


Folklore y gastronomía en el restaurante Our village, Erevan.
16 día: EREVAN
Desayunamos con nuestros anfitriones mientras un desfile de coches de policía invade la calle y escandaliza con avisos por altavoz; parece ser que el Presidente pasa por allí todas las mañanas para ir a su despacho y su escolta se encarga de despejar el camino. Nos mudamos al Hotel Erebuni y tras instalarnos nos animamos a hacer alguna excursión por los alrededores, a pesar de que el día no apunta soleado precisamente.
Salimos a la acera de la amplia Plaza de la República (cuando nos enteramos de que en realidad se llama Hanrapetutyan Hraparak perdemos la esperanza de aprender a hablar armenio), donde suelen estar parados algunos aspirantes a taxistas, y vemos un coche del que enseguida nos encaprichamos: un Volga de 1975. Desde la perspectiva actual, los Volga (que dejaron de fabricarse hace pocos años) no son gran cosa, pero si los comparamos con algún que otro vetusto Lada que aún circula por aquí, la percepción mejora bastante. El Volga era el mayor lujo al que la gente corriente podía aspirar en la “sociedad sin clases” de la URSS y viajar en uno de ellos nos retrotrae a la fantasía de ser alguien en medio de un mundo gris en el que nadie tenía derecho a destacar… a menos que fuera un jerarca del Partido y esos viajaban en los aparatosos Zhiguli oficiales, que eran lujosos de verdad.
El conductor de esta reliquia es otro armenio cejijunto y medio calvo que se da cuenta de nuestro entusiasmo y nos invita a subir “sin importar el precio” porque sabe que saldrá beneficiado de la situación. La excursión al monasterio de Khor Virap está excluida porque con este tiempo es imposible disfrutar la famosa vista sobre el Monte Ararat, de modo que nos conformamos con ir a Garni y al monasterio de Geghard, lo cual ajustamos en un precio de 12000 AMD.
Garni es un bonito yacimiento arqueológico (entrada 1000 AMD) estratégicamente situado en la cresta de un barranco; sus restos más antiguos son unas piedras con inscripciones y un relieve que datan del siglo VIII a.d.C. pero lo más vistoso es el templo de estilo helénico construido en el siglo I, que ha sido reconstruido con relativo acierto. El paisaje primaveral que lo circunda sería espléndido si saliera el sol, pero hoy tampoco tenemos suerte en ese aspecto. Nos detenemos mucho más tiempo en Geghard, lugar religioso de primer orden porque durante siglos albergó una importante reliquia: la punta de lanza que supuestamente remató a Cristo y que en la actualidad se conserva en la catedral de Echmiadzin. El monasterio también goza de una pintoresca situación, encajado entre un barranco sobre el río y una pared rocosa en la que se excavaron cuevas y pasadizos inquietantes. Las iglesias armenias se parecen a las georgianas en el exterior, pero el interior es muy diferente: las paredes de piedra negra están casi desnudas, no tienen iconos u otros adornos que destaquen con la luz sino sólo algún que otro bajorrelieve, generalmente en forma de cruz. La atmósfera dentro de Geghard es sobrecogedora, a pesar de ser una atracción turística donde tal vez la mayoría de la gente no viene por devoción sino para pasar el rato, como nosotros. En realidad la muestra más sofisticada de arte religioso armenio son los llamados khatchkar, grandes piedras rectangulares en las que los canteros medievales tallaban cruces latinas hechas con infinitos adornos y filigranas; en Geghard hay muchos de ellos pero los ejemplos más perfeccionados los veremos más adelante en otros monasterios. En la terraza que se asoma al barranco vemos otra curiosidad de la que hemos oído hablar, se trata de un cobertizo bajo el cual se ven evidentes charcos de sangre; parece ser que en Armenia los sacerdotes de los templos realizan a veces sacrificios de animales a petición de los fieles. También coincidimos en una de las cuevas con una pequeña coral de mujeres que interpretan una muestra del bellísimo canto religioso antiguo.


Volvemos a Erevan, ha parado de llover y después de comer salimos a explorar el centro de la ciudad, que es una especie de almendra invertida surcada por amplias avenidas. Nuestro hotel y la Plaza de la República están cerca de la punta mientras que la parte más ancha está ocupada por grandes jardines a ambos lados del Teatro de Ópera y Ballet. Nosotros somos aficionados a la música clásica en general y tenemos curiosidad por conocer ese teatro, inaugurado en 1933, en el que el gran compositor
Aram Khachaturian estrenó sus famosos ballets “Gayane” y “Espartaco”. Nos acercamos a la taquilla para ver qué hay programado y vemos anunciada la ópera “La rondine” para cuatro días más tarde, pero como no tenemos pensado estar tanto tiempo en la ciudad preferimos sacar entradas (5000 AMD cada una) para la función de esa misma tarde, que según nos dicen es de “dance”. Mientras tanto damos una vuelta por el mercado de arte al aire libre, que está muy cerca de allí, y nos sorprende la calidad de las pinturas; por otra parte es bastante turístico en el sentido de que muchas de ellas recrean temas folklóricos y leyendas medievales y utilizan la figura de la granada (símbolo de fertilidad y riqueza) de manera muy recurrente.
La ópera de Erevan fue reformada por última vez en 2002 y el resultado nos parece muy satisfactorio ya que tiene un amplio escenario y una platea cómoda con excelente visibilidad desde todas las zonas; completan el aforo dos anchas terrazas y tres filas de palcos escalonados. La función comienza a las 19h y enseguida vemos que se trata de una especie de gala de fin de curso de una escuela de danza; consta de muchos números, unos mejores que otros, y aunque resulta entretenido para un rato nos marchamos al cabo de dos horas cuando nos damos cuenta de que la cosa puede durar fácilmente otras 2. El público parece estar compuesto por familiares de los participantes y no se cortan a la hora de fotografiar con flash y de lanzar mensajes de aliento personales; otra cosa que nos llama la atención es que en uno de los números los bailarines encienden unas bengalas que forman con letras la palabra Rusia, cosa que provoca grandes muestras de entusiasmo en el respetable. Parece ser que los armenios siguen muy agradecidos a los rusos por haberles ayudado en la sangrienta guerra que libraron contra Azerbaiyan por el control de la república de Nagorno-Karabakh. Cenamos en Urartu y entre unas cosas y otras regresamos al hotel pasada la medianoche.
17º día: EREVAN
Hoy es 1º de Mayo y tenemos por delante una jornada plagada de visitas; trataremos de hacerlas todas, con vistas a dejar mañana la capital para dirigirnos al norte, a Dilijan. Por desgracia no dejará de llover en todo el día.
Comenzamos con la Mezquita Azul, construída en el año 1900 y que funciona como centro cultural iraní, no tiene mucho que ver y la “oferta cultural” parece estar suspendida. Aprovechamos que justo enfrente se encuentra la Shuka 1, es decir uno de los mercados de abastos construídos en la era soviética; nos gustan este tipo de mercados porque son muy reveladores del estilo de vida de la gente, además nos viene bien para comprar eneldo, biber (pimentón) y otras especias y hierbas, además de unos dulces hechos con frutas confitadas. De allí nos vamos en taxi al Tsitsernakaberd (Memorial y Museo del Genocidio Armenio), situado en lo alto de una colina al oeste de la ciudad. El museo está cerrado por ser fiesta y el memorial consiste básicamente en una estructura de grandes agujas de mármol alrededor de una llama que arde permanentemente. La lluvia hace que hoy esté casi desierto pero la abundancia de flores depositadas alrededor de la llama indica que los armenios mantienen vivo el recuerdo del genocidio que su pueblo sufrió en tierras del Imperio Turco allá por 1915. La instalación se complementa con un jardín en el que cada una de las autoridades que visitan el país ha plantado un árbol junto a una placa conmemorativa.
Bajamos caminando por los amplios y desiertos jardines y al llegar a la carretera vemos un gran mercado de textiles montado bajo un firmamento de lonas y plásticos. No es demasiado interesante, preferimos coger otro taxi que nos deje cerca del rastrillo que los fines de semana ocupa un ancho bulevar al sur de la ciudad: la Avenida Pavstos Byuzand. En uno de estos desplazamientos usamos un taxi pirata y al llegar a destino le pagamos lo mismo que cobran por una carrera de aproximadamente 1 kilómetro los taxis con taxímetro: 600 AMD; el conductor se pone como una fiera y empieza a gritarnos en ruso y en alemán que el suyo es un “taxi no oficial” y por tanto tiene derecho a exigir el doble. El argumento no deja de parecernos gracioso, pero tenemos prisa y después de escucharle durante un minuto nos largamos sin más. El rastrillo es un lugar interesante en el que se pueden encontrar toda clase de curiosidades, desde parafernalia soviética barata hasta auténticas antigüedades y artesanía de calidad, pero la lluvia hace que resulte muy incómodo pasar de un puesto a otro bajo los plásticos y además no tenemos el cuerpo para muchas compras; salimos caminando hacia el centro y en Plaza de la República nos encontramos con una manifestación del 1º de Mayo. En Armenia al parecer no se puede hablar de “unidad sindical” ni zarandajas por el estilo, a la mayoría de la población la efemérides les trae al fresco y los únicos que se manifiestan son los comunistas nostálgicos de la antigua RSS de Armenia, cuya bandera roja y azul con la hoz y el martillo llevan en cabecera. En total son unas 300 personas y entre ellas hay un pequeño grupo de ancianos con el pecho cubierto de medallas. Nos cuesta creer que sigan vivos tantos veteranos de la II Guerra Mundial, pero quién sabe, además puede que también se hayan apuntado los que estuvieron en las invasiones de Hungría y Checoslovaquia. La comitiva desemboca ante un monumento compuesto por la estatua de un personaje que no nos suena plantada frente a un semicírculo de columnas, el lugar ideal para que los líderes comunistas del siglo XXI se suban al estrado y lancen una encendida arenga a las masas. Nos quedamos un rato curioseando y sacando fotos, pero los discursos se nos hacen un poco largos y tenemos cosas que hacer.



Manifestación comunista en Erevan
En una esquina de la Avenida Movses Khovenatsi cogemos una de las marchrutkas que van a Echmiadzin (200 AMD). San Gregorio “El Iluminador” fue un noble que vivió entre los siglos III y IV y es conocido por haber logrado la conversión al cristianismo de los reyes armenios en el 301. Este santo tuvo en Echmiadzin una visión mística y desde entonces el lugar es considerado por los armenios como su centro espiritual. La catedral, llamada Mayr Tachar (Iglesia Madre), es sede del Patriarcado y en su Sala del Tesoro (entradas a 1500 AMD) se conserva, entre otras reliquias y objetos de culto históricos, la famosísima Surp Geghard (Lanza sagrada), supuestamente la punta de lanza con la que un soldado romano remató a Cristo en la cruz. Visitamos con calma el interior de la catedral y a la salida un taxi nos lleva de vuelta a Erevan por el mismo precio que las furgonetas. Aprovechamos que la cocina de los restaurantes nunca cierra para comer estupendamente en la Taverna Erevan y a continuación nos retiramos al hotel para ducharnos y descansar; estamos agotados y empapados y también un poco aburridos de tanta lluvia. Por la noche salimos a explorar locales nocturnos donde se pueda escuchar jazz en vivo pero no encontramos nada interesante; saciamos la sed con cerveza y nos retiramos temprano.

Echmiadzin y su famosa reliquia