Poco más se puede decir de este atolón de lo que aparece en todas las revistas, agencias, foros y webs. Es tal cual aparece en las postales. Ya desde el avión se puede ver.
El vuelo desde Tahití dura menos de una hora con parada breve en Rangiroa. En los vuelos internos cada uno se sienta donde quiere pero es bueno coger ventanilla para poder ver la laguna de Bora Bora desde arriba cuando llegas. El aeropuerto está en un motu, es decir, rodeado de agua. Y para trasladarte a Vaitape, la capital digamos, debes coger un ferry que te lleva al otro lado y desde allí o bien te trasladan a tu alojamiento si lo tienes contratado o coges un bus público.
A las 17 horas cierran todos los comercios. Y algo más tarde ya es de noche. Hay que aprovechar bien las pocas horas de luz.
Es una islita pequeña, fácil de rodear tanto en bici como en moto. Rodeada de agua turquesa. Repleta de sitios donde comer, hotelitos y hotelazos (éstos están en los motus, al otro lado de la laguna). Calor pero no excesivo. Sol casi garantizado. Gente amable. Buena cocina al estilo francés. Todos los ingredientes para disfrutar de unas vacaciones.
Las playas, en contra de lo que se piensa, hay pocas y son pequeñas. Pero eso sí, las que hay son magníficas con el agua tranquila y cristalina.
Además del relax, alguna compra en las tienditas y del paseo obligatorio por la isla, se pueden hacer varias actividades en Bora Bora, entre las que destaca, entre otras, la excursión a dar de comer a los tiburones.
Como restos arqueológicos sólo se ven unas piedras antiguas que tienen relieves de tortugas grabadas. Pero hay que estar atento, están al lado de la carretera y sin señalizar, así que seguro que te las pasas.
El día de llegada cenamos al lado del mar, en el Maitai, un atún y un fish lagoon con bebida: 42 euros.
Otra buena opción a considerar es quedarse una noche en un bungalow overwater. Los hoteles sacan de vez en cuando ofertas en su web, y si estás atento puedes reservar una noche por 300 € cuando normalmente vale el doble. Es mucho dinero, pero es un capricho que nosotros nos dimos. Y fue un acierto. El hotel MAITAI cuenta con varias cabañas sobre el mar, con todas las comodidades, y a nosotros nos dieron uno de los que están más lejos de la playa, lo cual es mejor pues así estás sobre el coral. De hecho tu cabaña tiene una escalera privada para bajar y bucear debajo de tu propio bungalow; y con pan del desayuno acudían innumerables peces a comer de la mano.
Para cenar, si no quieres coger la moto, puedes salir andando y cada poco vas encontrando sitios donde comer al lado del mar. Anochece pronto y se cena pronto. La gente opta por levantarse pronto y así aprovechar más el día. Una cena con pasta, ensalada y una cerveza Hinano, que es la local, sale por unos 50 euros los dos.
Porque aunque no es tan necesario como en otras islas algo más grandes, nosotros sí optamos por alquilar una moto (6000 CFA por 4 horas) para poder dar la vuelta a la isla, pudiendo así parar en un lugar donde unas locales vendían conchas marinas, en Vaitape para comprar en las tienditas o en lugares con palmeras sobre el mar que invitan a parar para hacerse fotos.
Nuestro segundo día, tras desayunar en el bungalow viendo el mar, hicimos el Tour All Day Island (precio 9200 CFA), donde te llevan a hacer snorkeling a Coral Garden, a ver rayas y tiburones, y a comer al motu Piti Aau, con su playa impresionante, un sol de justicia y donde te sirven en hojas que hacen de platos una comida casera buenísima a base de coco, pescado… Luego te dan la vuelta a la isla haciendo una parada para acariciar las rayas. Un día fantástico.
Para volver al aeropuerto de Bora Bora (que es el más espectacular que he visto, al lado de la laguna verde, súper pequeño y con vistas soberbias) puedes coger el bus (barato pero de frecuencia dudosa) o bien un taxi, que no es barato pero no corres peligro de perder el avión