Tocaba otro viaje de los más largos, 4 horas hasta Las Vegas en previsión, y por tanto nos pusimos en camino a las 8 de la mañana tras otro copioso desayuno buffet que teníamos incluido en el hotel.
Ese día había nubes, pero el sol brillaba. Unos 15 minutos después de abandonar Tusayan, se nos ocurre la idea de que podíamos haber aprovechado el buen tiempo para volver al Gran Cañón y acercarnos al Mather Point a ver (por fin) el paisaje con luz del sol. Pero ya en camino y a esas horas y teniendo en cuenta lo que nos quedaba, no dimos la vuelta. Y me pegué un buen rato dándole vueltas a la cabeza… Si lo hubiéramos pensado nada más levantarnos y hubiéramos ido directamente… En fin, ya íbamos hacia Las Vegas.
La noche anterior se me ocurrió mirar el camino y me di cuenta que había un tramo de Ruta 66 entre dos de los pueblos por los que íbamos a pasar, Seligman y Kingman, así que, sobre la marcha, a la hora y media de camino, decidimos tomar ese desvío. Y menos mal.
Como ya dije al principio, mi primera idea era la Ruta 66, así que aquí podía desquitarme un poco con este pequeño tramo. Seligman es un pueblo de poco más de una calle (el paso de la carretera) con un batiburrillo de locales completamente decorados con motivo de esta carretera (y, por supuesto, con todo tipo de artículos para vender). Aquí encontramos muchísima gente, autobuses incluidos. Hicimos un buen recorrido a pie por toda la calle y bastantes fotos en locales, carteles, pintadas, coches (como ver la película “Cars” en vivo) y demás parafernalia. Vamos, un museo de la Ruta.
Y aun quedaba lo mejor, Hackberry General Store, una parada obligatoria para todos los amantes de la Ruta 66. Esto sí que es un auténtico museo, tanto dentro como fuera, todo dedicado a tiempos pretéritos, carteles, la gasolinera, coches (incluido un Corvette de los años 50 en perfectísimo estado), y dentro del local maniquíes, una barra con las banquetas, gramola… Vamos, que mereció la pena el desvío solo por este sitio.
Y en estas, llegamos a Kingman, con bastante tiempo perdido (lo de perdido es un decir) y ya recuperamos la autovía hacia Las Vegas, que nos esperaba a otra hora y media larga de camino, que se convirtió en 2 horas tras una parada a comer en una salida con el cartelito “scenic view” que, la verdad, poco tenía que ofrecer.
Pues bien, acercándonos a Las Vegas ya se apreciaba el espectáculo de los edificios de The Strip. Entramos desde la 95 por Tropicana Avenue, que fue lo que el señor Garmin consideró más apropiado. Mi mujer, anonadada con lo que veía, especialmente cuando giramos hacia Las Vegas Boulevard junto al New York-New York.
Y llegamos a nuestro hotel, el Luxor, con suerte de aparcar prácticamente en la puerta, hacer check in rápidamente y bajar a aprovechar la piscina y descansar de tanto coche. En cuanto empezó a caer el sol, salimos del hotel y nos dirigimos a patear toda la calle entrando en hoteles y casinos y viendo los espectáculos gratuitos (fuentes del Bellagio, volcán del The Mirage) hasta llegar al Treasure Island (donde, no sabemos por qué, no hicieron espectáculo) y cenamos dentro, un perrito caliente en un lugar que no recuerdo el nombre pero que nos pareció buenísimo, y con una cantidad de patatas que casi no podemos acabar.
Al salir, vuelta hacia el Luxor por el otro lado de la calle viendo los hoteles y casinos que fuimos capaces porque el cansancio nos empezaba a dejar K.O. A la llegada al Luxor, arrastrándonos, caímos fritos en cuestión de segundos.