Otro día grande, a priori. Uno de esos sitios que tenía marcados en “cosas que tengo que ver antes de morir”. Por tanto, las expectativas eran altísimas.
Salimos del hotel de Kayenta a eso de las 8, para estar en un par de horas en el Gran Cañón. La cosa no pintaba muy bien, cada vez se nublaba más el día, y se confirmó al llegar y empezar a lloviznar. Con ese plan de fresco y llovizna empezamos nuestro periplo por los miradores del South Rim del Gran Cañón, desde Desert View (atalaya india incluida) hasta Mather Point, parando por todos los intermedios. Este último fue el que más nos gustó, dado que se veía más panorama que desde ningún sitio, aunque también era el más masificado.
Después cogimos la línea azul para luego coger la naranja y hacer el mismo proceso, parar en todos los miradores de principio a fin. En uno de ellos (no recuerdo cual) incluso bajamos un pequeño tramo andando, y en otros nos aventuramos a sacar la foto impresionante desde un saliente de roca (no demasiado, mi vértigo no me lo permite).
Pero, en general, decepción. Sí, me pareció impresionante, único, brutal, inigualable… pero el día que nos salió me fastidió mi lugar soñado. Se veía todo muy plano, muy gris, sin color… nada que ver con las imágenes que conocemos. Y, aparte, mucho mirador en el que había poca variedad de vistas. Si, hicimos un muy pequeño tramo de bajada, pero con las condiciones del día no queríamos aventurarnos mucho.
En definitiva, decepción con las condiciones, no con el lugar.
Si volviera, no querría dejar pasar la oportunidad de hacer el Bright Angel Trailhead, llegar al fondo del cañón. Ojalá. Y con mejor tiempo.
Así con esas, ya de noche, fuimos al hotel en Tusayan, otro de la compañía Western. No nos apetecía comernos mucho la cabeza pensando en donde cenar y tampoco vimos mucha cosa, así que acabamos en el McDonald’s. Hasta el McWrap que me pedí me decepcionó ese día.