Son las nueve de la noche y estoy a punto de meterme en la cama. Entiendo que no es la mejor manera de comenzar ningún relato, a menos que el hecho de meterme en la cama lo sea acompañado, pero no es el caso. Son las nueve, hace unos minutos que terminé de cenar y acabo de encender la luz de lectura del cabecero.
Esto, que dicho así suena bastante triste, adquiere una nueva dimensión si consideramos que estoy en algún punto del Mediterráneo occidental, embarcado en un enorme crucero que ofrece los más diversos modos de entretenimiento. De hecho, nada ocurre en este barco que no esté diseñado para el disfrute del pasajero. Y sin embargo, aquí sigo, lavándome los dientes tras haber doblado y guardado mi ropa.
Posiblemente, mi madre pensará que lo extraño no es que me vaya a la cama a las nueve, sino que haya doblado mi ropa antes. Y cuando se entere que he cenado salmón definitivamente pensará que el que escribe esto es un impostor y que su hijo está secuestrado en algún lugar secreto. Las madres nunca piensan que el hijo se haya escondido él. Habrán tenido que secuestrarme.
Pero el caso es que fui yo el que libremente decidió estar aquí hoy. Y también el que ha decido retirarse al camarote directamente después de la cena. Y sí, el que libremente escogió cenar salmón, puesto que hoy se celebraba la Cena de Gala del capitán en los restaurantes principales; y por supuesto yo cené en el buffet. En cualquier caso, me parece que me estoy acelerando en la explicación y quizás sería conveniente que empezara por el principio. Hace 4 meses me rompí el tendón de Aquiles.
Tampoco es que eso sea el principio de nada, pero como giro dramático queda estupendamente y además es cierto, de modo que podemos empezar esta historia justo en el momento en que, casi al final de aquel glorioso partido de baloncesto, decidí atacar la canasta por el lado izquierdo tras irme en velocidad de mi defensor. Justo en ese momento, sentí como si alguien me hubiera dado una pedrada en la pierna y me fui al suelo, entre gritos y con la seguridad de que me eso que me había hecho era bastante serio. Es preocupante cuando en lugar de niveles de dolor, lo que te viene a la mente son las semanas de baja que vas a pasar, pero las cosas vinieron así y acabé en una sala de urgencia de un hospital comarcal. Por suerte, no tenían muchas ganas de complicarse la vida y me derivaron al hospital de Santa Tecla, en Tarragona, donde esa misma noche, con epidural de por medio, me operaron y me hicieron un as de de guía y un trinquete para unir los dos cabos sueltos del tendón. Y dos noches después, para casa.
No quisiera recordar más que lo necesario aquellas semanas en las que no me podía valer por mí mismo. Mis padres se ofrecieron “voluntarios” para cuidar de mi a cambio de pasar el invierno granadino en la costa tarraconense. Desde luego salí ganando yo porque ellos estuvieron tres meses fuera de su casa, cuidando de un enfermo huraño y arisco. Tan huraño, que en lugar de aguantar mis cinco meses de baja, pedí el alta voluntaria al mes y medio de la lesión y el veinte de enero estaba trabajando, para alegría mía y desconcierto de los miembros de mi equipo de trabajo, que definitivamente vivían mejor sin mi.
En estas semanas he ido progresando adecuadamente. Tras comenzar la rehabilitación, fui dando pequeños pasitos, nunca mejor dicho, primero caminando con dos muletas, luego ya pude conducir, después andar con una muleta hasta llegar a hoy mismo. Caminando sin ayuda, pero aun cojeando, cosa que, por cierto, ya no debería hacer y sigo haciendo.
De modo que, por ir resumiendo, tenemos unas navidades inmovilizado en un sofá, pinchándome heparina cada día; un teléfono y una tablet del trabajo que, eso sí, aunque estaba de baja, seguía sonando igual y el que estaba al otro lado esperaba que contestara la llamada o el correo , y además con la respuesta correcta. Y a eso le hemos de añadir que me perdí mi viaje a Bretaña que ya estaba planeado (y pagado) en Navidad, más las ganas o la necesidad de descansar, de modo que hace un par de semanas llamé a Carolina, mi agente de viajes y le pedí algo que se adaptara a mis necesidades y a mis capacidades. A saber. Descansar, un gimnasio disponible, un buffet, y un espacio para poder leer y escribir todo lo que tenía atrasado. Y ello sin tener que caminar más que lo suficiente. Tras descartar Punta Cana y Lanzarote, básicamente por el coste que suponía pagar el suplemente individual en Semana Santa, me decidí por tomar una junior suite en el Sovereing of the Seas, el buque insignia de la cadena de cruceros Pullmantour. Y me embarqué hace dos días. Y esta será mi segunda noche. Porque definitivamente me voy a dormir ya. Mañana amaneceremos en Palermo. Por desgracia.
Esto, que dicho así suena bastante triste, adquiere una nueva dimensión si consideramos que estoy en algún punto del Mediterráneo occidental, embarcado en un enorme crucero que ofrece los más diversos modos de entretenimiento. De hecho, nada ocurre en este barco que no esté diseñado para el disfrute del pasajero. Y sin embargo, aquí sigo, lavándome los dientes tras haber doblado y guardado mi ropa.
Posiblemente, mi madre pensará que lo extraño no es que me vaya a la cama a las nueve, sino que haya doblado mi ropa antes. Y cuando se entere que he cenado salmón definitivamente pensará que el que escribe esto es un impostor y que su hijo está secuestrado en algún lugar secreto. Las madres nunca piensan que el hijo se haya escondido él. Habrán tenido que secuestrarme.
Pero el caso es que fui yo el que libremente decidió estar aquí hoy. Y también el que ha decido retirarse al camarote directamente después de la cena. Y sí, el que libremente escogió cenar salmón, puesto que hoy se celebraba la Cena de Gala del capitán en los restaurantes principales; y por supuesto yo cené en el buffet. En cualquier caso, me parece que me estoy acelerando en la explicación y quizás sería conveniente que empezara por el principio. Hace 4 meses me rompí el tendón de Aquiles.
Tampoco es que eso sea el principio de nada, pero como giro dramático queda estupendamente y además es cierto, de modo que podemos empezar esta historia justo en el momento en que, casi al final de aquel glorioso partido de baloncesto, decidí atacar la canasta por el lado izquierdo tras irme en velocidad de mi defensor. Justo en ese momento, sentí como si alguien me hubiera dado una pedrada en la pierna y me fui al suelo, entre gritos y con la seguridad de que me eso que me había hecho era bastante serio. Es preocupante cuando en lugar de niveles de dolor, lo que te viene a la mente son las semanas de baja que vas a pasar, pero las cosas vinieron así y acabé en una sala de urgencia de un hospital comarcal. Por suerte, no tenían muchas ganas de complicarse la vida y me derivaron al hospital de Santa Tecla, en Tarragona, donde esa misma noche, con epidural de por medio, me operaron y me hicieron un as de de guía y un trinquete para unir los dos cabos sueltos del tendón. Y dos noches después, para casa.
No quisiera recordar más que lo necesario aquellas semanas en las que no me podía valer por mí mismo. Mis padres se ofrecieron “voluntarios” para cuidar de mi a cambio de pasar el invierno granadino en la costa tarraconense. Desde luego salí ganando yo porque ellos estuvieron tres meses fuera de su casa, cuidando de un enfermo huraño y arisco. Tan huraño, que en lugar de aguantar mis cinco meses de baja, pedí el alta voluntaria al mes y medio de la lesión y el veinte de enero estaba trabajando, para alegría mía y desconcierto de los miembros de mi equipo de trabajo, que definitivamente vivían mejor sin mi.
En estas semanas he ido progresando adecuadamente. Tras comenzar la rehabilitación, fui dando pequeños pasitos, nunca mejor dicho, primero caminando con dos muletas, luego ya pude conducir, después andar con una muleta hasta llegar a hoy mismo. Caminando sin ayuda, pero aun cojeando, cosa que, por cierto, ya no debería hacer y sigo haciendo.
De modo que, por ir resumiendo, tenemos unas navidades inmovilizado en un sofá, pinchándome heparina cada día; un teléfono y una tablet del trabajo que, eso sí, aunque estaba de baja, seguía sonando igual y el que estaba al otro lado esperaba que contestara la llamada o el correo , y además con la respuesta correcta. Y a eso le hemos de añadir que me perdí mi viaje a Bretaña que ya estaba planeado (y pagado) en Navidad, más las ganas o la necesidad de descansar, de modo que hace un par de semanas llamé a Carolina, mi agente de viajes y le pedí algo que se adaptara a mis necesidades y a mis capacidades. A saber. Descansar, un gimnasio disponible, un buffet, y un espacio para poder leer y escribir todo lo que tenía atrasado. Y ello sin tener que caminar más que lo suficiente. Tras descartar Punta Cana y Lanzarote, básicamente por el coste que suponía pagar el suplemente individual en Semana Santa, me decidí por tomar una junior suite en el Sovereing of the Seas, el buque insignia de la cadena de cruceros Pullmantour. Y me embarqué hace dos días. Y esta será mi segunda noche. Porque definitivamente me voy a dormir ya. Mañana amaneceremos en Palermo. Por desgracia.