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Palermo ✏️ Diarios de Viajes de Mediterráneo Mediterráneo

Dije, y mantengo, que hemos llegado por desgracia a Sicilia. Cuando, días atrás, me decidí por esta opción vacacional, lo que más ilusión me hacía era volver a visitar el Museo del Bardo, en la ciudad de Túnez. Lamentablemente, una semana antes de...
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Sovereign...7 días de retiro espiritual en  Todo Incluído

Diario: Sovereign...7 días de retiro espiritual en Todo Incluído

Puntos: 4.9 (7 Votos)  Etapas: 7  Localización: Mediterráneo Mediterráneo 👉 Ver Etapas

Dije, y mantengo, que hemos llegado por desgracia a Sicilia. Cuando, días atrás, me decidí por esta opción vacacional, lo que más ilusión me hacía era volver a visitar el Museo del Bardo, en la ciudad de Túnez. Lamentablemente, una semana antes de iniciar este crucero se produjo un atentado precisamente en ese museo y unos terroristas acribillaron a varios turistas, la mayoría de ellos además en excursiones desde una etapa de un crucero. Como es lógico, al día siguiente las dos compañías de cruceros afectadas cancelaron la etapa de Túnez de su programa. Al día siguiente lo hizo Pullmantour. Con la seguridad no se juega. Y la etapa en este caso, para nosotros es Palermo.

Esa mañana me desperté a las ocho de la mañana. Había planeado, como en casi todos los puertos, subir a desayunar tranquilamente y después bajar a pasear al ritmo que mi pierna me dejase. Pera nada más subir al restaurante tuve que volver a bajar. Todos los niños, jóvenes y adultos del mundo habían tenido la misma idea que yo y la cola para acceder al buffet del desayuno salía llegaba hasta la piscina. De hecho, ya comenzaba a familiarizarme con las colas en este crucero. No recuerdo en qué momento escuche comentar a dos pasajeros que el todo incluido (posibilidad que ofrece la compañía) “estaba bien”, pero que no era posible “quemarlo” con semejantes colas en todos sitios. Por tanto, desistí de desayunar y volví a mi camarote, a leer una hora en la terraza con la visión de la ciudad bajo el monte Pellegrino. Si no fuera por el hambre que tenía, podría describirse el momento como “idílico”.

Aunque habíamos atracado un par de horas antes, el desembarco no estaba previsto hasta las nueve de la mañana. Aquellos que contratan excursiones directamente con la compañía tienen sus horarios establecidos previamente, y los pasajeros que tienen previsto bajar por libre son llamados por orden para evitar colapsar la única salida prevista. En el momento que llamaron al primer grupo (el mío, puesto que tenía asignado el número 3 y llamaron a los grupos del 1 al 3) volví al restaurante. Puesto que muchos habían marchado con excursiones, y un tercio ya había sido llamado y al parecer repartían medallas a los primeros que pusieran el pié en suelo siciliano, podríamos concluir que el restaurante estaba medio lleno. O medio vacío en este caso, que para mí es el concepto bueno. Unas tostadas, uno poco de fruta y un mejunje horrible que allí llamaban café después, ya estaba preparado para mi caminata.

La salida, y la entrada de regreso, se hacen por el acceso más fácil y no siempre es el mismo. El problema es que cada pasajero debe pasar su tarjeta personal, que es la llave, la tarjeta de crédito y el documento de identidad al mismo tiempo, por unas máquinas que leen el código y proyectan una foto que nos hicimos el primer día, para que el personal de seguridad pueda asegurarse de que ese que entra o sale es quien dice la tarjeta y no otro cualquiera. El problema es que hay tantas maneras de meter una tarjeta en una ranura como pasajeros viajan en el barco. Y sólo hay dos ranuras. Exacto. Si estas pensando en colas, una vez más has acertado.

Pero en algún momento se consigue bajar y nada más salir de la estación marítima, compro un mapa de la ciudad y le pido al vendedor que me señale nuestra posición. El hombre, muy gentil, me marca nuestra situación y va trazando líneas rectas en el mapa hasta nuevas posiciones, acompañándose de la frase “dieci minuti”, hasta que los puntos unidos en el mapa componen un dibujo de dos horas de duración. Yo desisto de explicarle que il tendone d’aquilles no me dejará ir a esa velocidad, pero intentarlo, lo voy a intentar.

Sorteo las hordas de taxistas, conductores de carro de caballos, reclamos del tren turístico (que va bajando de precio desde los veinte euros que solicitan inicialmente hasta las diez en el propio tren) y comienzo a subir por la Calle Enrico Amari. Y la primera en la frente. Está completamente en obras y el paso no es nada seguro. Seguramente en el sofá de mi casa se estaría más firme, pero no tengo tatuada una rosa de los vientos en el tobillo por gusto (bueno, si que es por gusto, pero creo que se entiende lo que quiero decir…) de modo que despacito, voy subiendo la calle hasta toparme con el Teatro Politeama Garibaldi y su llamativa estructura circular. Desde ahí, a la izquierda por Ruggero Settimo y comienzo a percibir el placer y el privilegio que supone poder practicar un deporte de riesgo, aquí llamado “cruzar la calle”. Al igual que yo, parece que la mayoría de los italianos del sur padecen daltonismo, pero tanto conductores como peatones. Al igual que ocurre en China, al volante se considera que los colores del semáforo son algo completamente opcional, y los pasos de cebra simplemente que alguien se ha dejado la carretera a medio pintar. Pero al contrario que en el Dragón de oriente, aquí a los coches y motos les ha salido un duro rival: el peatón. Aunque son varias las veces que he visitado Italia, y el sur en concreto, doy mi palabra de que en este crucero he visto un joven matrimonio con un carrito de bebe que se lanzan literalmente al tráfico en una avenida de tres carriles armados simplemente con el dedo índice, y no mucho más alto de la cadera. Por supuesto, el muñequito del semáforo estaba tan rojo como yo, pero nadie se molestó siquiera en hacer sonar el claxon. Posiblemente no era el primer carrito de bebe que esquivaban en medio de la carretera.

En unos pasos, tráfico sorteado, y llegué hasta el impresionante Teatro Massimo. En media hora, dos teatros. No está nada mal, culturalmente hablando. Y en breve comenzaba a representar Caballeria Rusticana, de Pietro Mascagni, quizás mi ópera favorita y a la que no he vuelto desde Dusseldorf. Malas ideas ya comenzaban a pasar por mi mente, y más considerando que hay vuelos directos de Barcelona a Palermo, pero había que seguir adelante. Aunque costaba avanzar en ese punto, ya que varios grupos de excursiones de mi barco se habían congregado allí.

No sé si es buen momento para hablar de ello, pero básicamente el pasaje de este crucero podía dividirse de la siguiente forma: un cuarenta por ciento matrimonios con críos de entre seis y doce años (aunque cuando corrían por los pasillos parecieran el ciento cincuenta por ciento), otro cuarenta por ciento parejas de diferentes edades, sin hijos, un diez por ciento estudiantes de universidad e instituto haciendo un spring break y por último el grupo de los chinos y yo. Digo esto porque realmente éramos un grupo y cenábamos juntos y todo. ¿Qué hace un grupo de cuarenta chinos en un barco pullmantour con salida en Barcelona? Ni idea. Pero aun me pregunto cómo hacían para saber los horarios de salida y llegada, la vida en el barco, etc. Imagino que llevarían un guía intérprete. El caso es que siempre cenábamos juntos en el buffet. Lo mío es comprensible, puesto que no me apetecía sentarme en una mesa con desconocidos y fingir que me interesaban sus vidas y tener que contarles la mía y ver cómo ellos fingen que les interesa la mía, y después pasarnos los teléfonos para acabar mandándonos un whatsapp en Navidad. No estaba allí para eso; al menos esa vez. Y que conste que no es que fuera un ermitaño, es que prefería cenar con la compañía de un buen libro. Me paso el año hablando y escuchando…me apetecía ser selectivo una semana. Es todo.

El caso es que todos los niños del barco estaban allí, en aquella plaza de Porta Maqueda, y junto con los adolescentes, que alguno había, estaban comprando algo imprescindible hoy día. Más que el pasaporte, o la ya mencionada tarjeta identificativa, el verdadero símbolo del viajero, al menos en este crucero es el palo para selfies. A lo largo del periplo son innumerables las oportunidades para adquirirlo, pero por lo visto el sitio bueno era en esa plaza.

Unos metros más adelante la policía estaba cortando el tráfico, y ya estaba en el mismo corazón de la Palermo Barroca, en i Quattro Canti (o las cuatro esquinas). Estas esquinas hacen chaflán formando cuatro fachadas enfrentadas, donde hay una fuente coronada por una estatua de una de las cuatro estaciones, en una planta que podríamos llamar “inferior”. A una altura media hay figuras de reyes (Los Felipes II a IV y Carlos I) y por último, en el nivel superior, imágenes de las cuatro Santas protectoras de la ciudad, de las que sólo recuerdo a Santa Agata, pero para eso está San Google y yo estoy en este momento en alta mar y no voy a pagar la millonada que cuesta conectarme vía satélite para buscar eso (32 euros la hora, creo recordar)

El tráfico, decía, se estaba cortando porque una manifestación de unas doscientas personas, en su mayoría yo diría que eran profesores, protestaban, según me dijo uno de ellos cuando le pregunté, por el maltrato que sufría la formación profesional en el país. Sabiamente iban caminando muy despacio (más lentos que yo) siguiendo un camioncito que abría la comitiva y desde el que un vocero iba tratando de agitar a las masas, aunque la masa se agitaba poco. Les acompañé en el camino desde la plaza a la Porta Nuova. El andar despacio hacía que pareciera que formaban un grupo más numeroso, aunque los carabinieri que les precedían y que les cerraban la comitiva abultaban un poco más.

Precisamente me llamó la atención la última pancarta, la que cerraban la procesión. La portaban tres personas y decía algo así como “la nueva europa de Tsipras” en letras blancas sobre un fondo rojo, claro. Me resultó bastante coincidente que el día anterior (no he venido al barco a escribir esto, claro está, aunque me distrae de mi tarea principal, que es acabar mi novela) estuviese tratando de explicar la subida al poder del régimen nazi en la Alemania de los años treinta aprovechando, o sirviéndose del descontento social, del paro y de la ruina económica que, junto con otros factores que no vienen al caso, acarreaba la crisis económica que vivía el mundo desde el crack del año veintinueve. Y reflexionaba sobre el similar modo en que otras facciones populistas están haciendo exactamente lo mismo hoy día, lanzando al pueblo promesas que no se pueden cumplir (Hitler acabo con el paro, si, pero endeudándose hasta las cejas, aunque es más fácil hacerlo si ya sabes que cuando llegue el momento no vas a pagar) y más chocante aun es que, al igual que en el populismo español actual (desconozco el caso griego), la doctrina del NSPDA de Hitler en su momento fue “o todo o nada”, estamos aquí para gobernar en solitario. Nada de apoyar ninguna coalición. Recordar cosas como estas es la que me da fuerzas para acabar mi libro en esos momento de duda. Y aquella manifestación de buenos profesores sicilianos, que no tenían otro referente mejor que Tsipras en ese momento, me hizo volver a reflexionar sobre ello.

Pero mi misión, una vez cruzada la Porta Nuova (y admirados sus preciosos andamios) fue retroceder sobre mis pasos hasta la Catedral. Me gusta entrar en las catedrales, especialmente en las góticas, como esta en Palermo (aunque MAS góticas) pero, en cualquier caso, suelo sentarme en un banco y leer y disfrutar del silencio, algunos dirían “recogimiento”, y también del fresquito que suele hacer, especialmente en los meses de verano. Pero en esta ocasión llegué a echar de menos la quietud de Port Aventura. Nada más entrar, el pórtico de la entrada está cubierto por una lona con un anuncio de un coche. Como suena. Luego, en pequeñito, la diócesis informa de que los ingresos de semejante anuncio en semejante lugar ayudan a sufragar la restauración de la iglesia. A mi simplemente me resultó chocante. Aunque líbreme Dios de juzgar nada de lo que haga la iglesia católica con sus templos.
Y por otro lado, tuve la fortuna de ingresar al interior al mismo tiempo que dos autobuses de tiernos escolares sicilianos (de ocho o nueve años como máximo)y de un grupo de universitarios del Sovereing. Eso del recogimiento habrá que dejarlo para otra ocasión, porque verdaderamente aquella catedral, tan hermosa, por otro lado, parecía la feria de abril un día grande de feria. La masa, ya sabemos, no responde ante nadie.

A estas alturas ya casi no podía ni caminar y decidí a volver sobre mis pasos, recorriendo toda la vitorio emanuelle hasta llegar hasta la preciosa iglesia de Santa Maria della Catena, junto a La Cala, el puerto original desde el que fue creciendo la ciudad de Palermo. Por cierto, hablando de teatros operísticos y de Vitorio Emanuelle… hubo un tiempo en Italia en que la pasión por Verdi se desbordó. Continuamente aparecía su nombre en los muros de algunas ciudades. Podríamos pensar, claro, que estamos en una nación que ama la cultura, la opera y a un símbolo nacional como era Verdi. La cuestión es que lo que se quería representar en esos muros era el anagrama Vitorio Emanuelle Rei d’Italia, VERDI, en un tiempo en que era feo pintar en los muros y ser monárquico ¿quién dijo que la monarquía no era imaginativa?

El día tenía, como el mapa del tiempo del telediario la mayoría de las veces, nubes y claros. Cuando salía el sol se estaba muy bien, pero cuando no era así había una brisita un punto desagradable. En La Cala me senté un rato a descansar el pie y en el banco del al lado se sentó una pareja mayor que también venía en el barco. En este viaje no es difícil distinguir de qué barco son los cruceristas porque sólo estábamos nosotros. Que ya nos encargábamos de parecer más. Decía que la pareja estaba hablando en catalán y se referían a un tercer pasajero, que se había embarcado con un grupo de amigos en una despedida de soltero completamente brutal. Recuerdo que mi despedida consistió en jugar al poker con mis primos hasta las cuatro de la mañana, en casa de mis tíos. Ahora está de moda, por ejemplo en ciudades como Granada, tomar un vuelo, hacer noche (o no) y volver al día siguiente. Te puedes encontrar cinco o seis grupos de chicos o chicas en cualquier noche del fin de semana. Supongo que “lo que pasa en Granada queda en Granada”. Ryanair ofrece algo similar para los británicos en Vilnius, Riga o Bratislava. Pero esto no lo había visto nunca. Ni aquella pareja, a juzgar por sus comentarios, tampoco. Al pobre chico lo vestían cada día como un espantajo y así tenía que ir completando las pruebas más bobas y absurdas. Lo recuerdo disfrazado de pingüino, de condón man (si, así como suena), y así toda la semana. Es una suerte tener dinero para poder hacer lo que a uno le apetezca, supongo, como pasarte una semana de despedida de soltero Aunque bien mirado, no es más que un crucero con amigos donde corre el alcohol. ¿Qué otra cosa hacían muchos de los otros pasajeros? Simplemente no se disfrazaban.

Comí un panini de mozzarela en algún garito en el camino y regresé al barco. Había anotado algunas ideas para escribir y quería ponerme enseguida. Pero en realidad me quedé dormido en el sofá del camarote. Como escritor épico soy una calamidad. Lo tengo asumido.

Desperté no mucho más tarde. Aun no habíamos zarpado y yo estaba previendo un problema de coordinación, puesto que la hora límite para estar en el barco que fijaba el diario de abordo (una especie de gaceta diaria que te dejan cada noche en el camarote con los horarios, las actividades y los espectáculos del día) no era la que habían dicho por la mañana por megafonía. Tampoco estábamos saliendo por la cubierta que habían anunciado, de modo que siempre podía haber algún despistado que regresara al barco a la hora del diario y se quedara en tierra. Tampoco se si paso. Pero yo me fui un rato al gimnasio del barco para hacer tiempo. Como habían decidido hacer todos los pasajeros del barco.
Reconozco que una asignatura de estudio en Turismo debería haber sido la fotografía promocional. De las fotos del gimnasio al gimnasio real hay una diferencia como entre yo y Alain Delon en sus buenos años. Para que nos hagamos una idea, el gimnasio del Sovereign es el espacio libre que queda en popa en la cubierta diez, con unas vistas espectaculares, eso si, pero con un equipamiento a la altura del Gym Toni. Recopilando hay ocho o diez cintas de correr, no todas operativas (esto aun no lo puedo usar). Cuatro elípticas, de las cuales sólo funcionan dos y nadie sabe bien como van porque sólo permite un ejercicio y te obliga a parar cada cinco minutos, sin poder subir o bajar el nivel. tres bicicletas horizontales (no se como describirlas, pero los que vais a gimnasio sabrán de que hablo), de que las que sólo funciona una (una de ellas tiene un solo pedal, que ahora que lo pienso en mi caso me iría de fábula, porque además es el derecho, que es mi pierna mala) y la friolera de una bicicleta normal. Que esta si funciona.
Además, hay siete y ocho bicicletas de spinning tan pegadas que si haces el ejercicio de ponerte de pie y respirar te golpeas con el vecino, y por último algunas máquinas viejas (la de la barra en espalda o pecho tampoco funciona) y un buen banco de mancuernas, eso si.

El olor que impregna toda la sala es el de “culpabilidad”. El usuario es de lo más variopinto. Desde los asiduos a gimnasios o los locos del running que se pasan la tarde en las cintas con unas camisetas preciosas (se llaman “técnicas”) donde pone “cursa bombers el Corte Inglés” o “
media maratón ciudad de Sevilla”, o ya directamente “running”, a señoras mayores que van a “montarse en todo” porque es gratis. Los estudiantes universitarios, en su mayoría hipsters (con todos los respetos, es que no se definirlo mejor ni más rápido), se acercan a las máquinas como los monos a la piedra misteriosa que aparece al inicio de 2001 Una odisea en el espacio, con una mezcla de miedo y curiosidad, llegando a veces a sentarse al revés. Una tarde le pedí a uno de ellos que por favor no se molestara conmigo por el comentario, pero que antes de tratar de mover setenta kilos de peso, con aquel cuerpo de cincuenta kilos, al menos estirara un poquito. El muchacho no se molestó, y se puso a estirar del mismo modo en que Charles Chaplin disimulaba al ser perseguido por algún policía en sus películas.

Y luego, por último y principal, cuerpos que tratan de realiza el proceso del todo incluído pero a la inversa. Los mismos que una horas antes y unas horas después levantan más peso al transportar el plato el buffet a su mesa, que movidos por un sentimiento de culpabilidad (“jo tía, es que no me puedo abrochar los pantalones”) andan en las cintas de correr y queman aproximadamente un bollito de pan y medio de los tres que caen en una comida. Pero oye, para eso está el gimnasio. Y como lo tengo claro, a las ocho de la mañana es cuando más lo disfruto; al tenerlo sólo para mí. (ahora que lo pienso, hace un par de años, en un Norwegian en el Báltico, me vine con dos kilos nuevos. Eran otros tiempos y eran otros cuerpos. Y tenía los dos tendones de Aquiles en perfecto estado de revista)

Esa noche me decidí a cenar en el restaurante Wu fusión. La única opción de pago en el barco, y la única posibilidad de cenar algo distinto. Y a fe que lo hice. Y solito. Ni un alma. Incluso me sentía algo avergonzado de tener cuatro camareros pendientes de mi. Al final opté por un menú de degustación y por veinte euros no pude haber elegido mejor opción. Sencillamente espectacular el sushi, el maki, el filete de salmón y la ensalada de algas y aguacate. Lo malo es que al estar en la cubierta doce el bamboleo del barco, que esa noche fue intenso, se notaba mucho, pero aun así mereció la pena.

Me voy a la cama ya. Si consigo dormir. Esta tarde/noche está siendo algo decepcionante. EL barco tiene goteras (literalmente hay cerradas salas y pasillos enteros, tanto en las zonas comunes como por ejemplo en los camarotes de la décima cubierta estribor); además hoy me tuve que duchar casi de rodillas porque el agua salía sin presión ninguna. Y por último, desde el primer día la puerta de mi balcón no cierra, y hoy hay algo abierto en algún sitio y hay corriente ¡dentro del camarote!. He puesto una toalla doblada bajo la puerta, pero sigue soplando, con el consiguiente ruido, que molesta más que el aire en sí. La verdad es que como barco, por muy reformado que esté, deja muchísimo que desear. Acostado en mi cama, lo que veo en el techo es un enorme desconchado en el techo, y además el pasaje no contribuye nada a mejorar la atmósfera, “olvidando” vasos por cualquier sitio, incluidos los pasillos, dejando papeles volar…La verdad es que no me imaginaba que iba a ser así. Recuerdo el Zenith, de la misma compañía, como un buen barco y una buena experiencia, pero Costa, MSC o Norwegian están muy muy por encima, al menos en mi opinión. Sinceramente creo que es culpa mía. Mi agente de viajes me asegura que son muchos los que voluntariamente piden “el concepto pullmantour”. Yo aun estoy buscando qué es ese concepto. Pero aún quedan días por delante. Mañana amanecemos en la bella Napoli.



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Total comentarios: 20  Visualizar todos los comentarios
Imagen: Maydole  maydole  06/04/2015 15:37
Comentario sobre la etapa: Palermo
Me gusta , si me gusta tú relato
Imagen: TAPETE  TAPETE  26/04/2015 16:07
Comentario sobre la etapa: Palermo
mmm, me encanta como escribes !
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somos una pareja 25 años tenemos salida el 18 de julio es nuestro primer crucero
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Fecha: Mie Feb 05, 2020 01:50 pm    Título: Re: Sovereign-Brisas del Mediterraneo-Pullmantur-General

alguien que salga el 18 de julio
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Fecha: Dom Jun 07, 2020 04:48 pm    Título: Re: Sovereign-Brisas del Mediterraneo-Pullmantur-General

Abelzgz92 Escribió:
somos una pareja 25 años tenemos salida el 18 de julio es nuestro primer crucero

Hola nosotros también salimos el 18 de julio..esperemos que salgamos...
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Imagen: Sandryxv
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Fecha: Dom Jun 07, 2020 04:51 pm    Título: Re: Sovereign-Brisas del Mediterraneo-Pullmantur-General

emilio1956 Escribió:
alguien que salga el 18 de julio

Nosotros también salimos el 18 de julio...
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Fecha: Lun Jun 22, 2020 04:43 pm    Título: Re: Sovereign-Brisas del Mediterraneo-Pullmantur-General

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