Todo lo que había leído de Honfleur es poco para lo que en realidad es. Llegamos temprano y aparcamos en un parking frente al pueblo por 3€. No dejó de llover toda la mañana con lo que no pudimos dar un paseo en barco por toda la desembocadura y el increíble puente de Normandía, pero dio igual porque la ciudad es una joya. Toda ella desemboca en su puerto del siglo XVIII como si fuera una gran plaza.
Las calles adyacentes conservan edificios de madera medievales y a destacar la iglesia del siglo XV construida entera de madera salvo el zócalo inicial. Es una rareza y es digna ser visitada. Fue construida por los mismos carpinteros que hacían los barcos y se nota ya que el interior es como dos quillas de barco boca arriba. La torre campanario está construida aparte, ya que la madera no soporta el peso de las campanas, se puede ver por dentro y subir a la 1ª planta por 3€, pero no merece la pena. No hay nada reseñable salvo un video en francés y objetos religiosos.
Las calles están llenas de tiendas, restaurantes y galerías de arte muy orientadas al público parisino de alto standing dicho sea de paso. No obstante encontramos un lugar que por 10€ te ponían los típicos mejillones con patatas fritas que uno se harta de ver en toda la zona. Personalmente al mejillón número 50 ya me cansé, y es que no son como los mejillones de aquí, son más pequeños y a mí se me hicieron un poco pesados. Pero había que probarlos.
Antes de marcharnos de Honfleur me dí un capricho infantil, me subí por 5€ a una noria y por las vistas había que pasar un rato de vértigo. Desde allí había unas vistas increibles de Honfleur a un lado y de la desembocadura del Sena y del inmenso puente de Normandía que comunica con Le Havre.
Después de comer, por la autovía que lleva a Caen nos desviamos hacia Bayeux. Allí pudimos admirar su espléndida catedral románico-gótica y su archifamoso Tapiz que narra la conquista de Inglaterra por Guillermo Duque de Normandía. La visita es algo cara e hicimos cerca de una hora de cola pero dentro te dan una audioguía en castellano y puedes admirar un tapiz con casi 1000 años de historia.
Después de cenar nos encontramos con un espectáculo de música y luces en un árbol centenario en un costado de la catedral. Pese a que llovía a mares fue una bonita experiencia.
Así nos fuimos al nuevo hotel en la localidad costera de Arromanches les Bains, elegida por estar casi en el medio de las playas del Desembarco.