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Baloncesto en Angola

Baloncesto en Angola ✏️ Diarios de Viajes de Angola Angola

Un día cualquiera en N'dalatando. Paramos el motor de la camioneta bajo la raquítica sombra que proporciona el único árbol de los alrededores, y tras un instante descendemos de la misma y cruzando la polvorienta calle nos dirigimos caminando...
Juliomad Autor:   Fecha creación:   Puntos: 0 (0 Votos)
Relatos de Angola, Namibia y Santo Tomé

Diario: Relatos de Angola, Namibia y Santo Tomé

Puntos: 5 (3 Votos)  Etapas: 22  Localización:Africa Africa

Paramos el motor de la camioneta bajo la raquítica sombra que proporciona el único árbol de los alrededores, y tras un instante descendemos de la misma y cruzando la polvorienta calle nos dirigimos caminando a la tienda con la intención de comprar unas bebidas. Como todos los colmados de Angola, es un lugar pequeño, mal iluminado, con ese olor indeterminado entre rancio y mohoso que tienen los lugares mal ventilados, abarrotado de todo tipo de mercaderías: sopas de sobre, detergentes, legumbres, patatas, estropajos, latas de conserva, harinas a granel, galletas, bebidas, chocolate, jabones, escobas, huevos, leche, servilletas, compresas y se encuentra regido como no podía ser de otra forma por un mauritano de edad indefinida, de gesto serio , delgado y alto, vestido con una chilaba oscura que le hace parecer aún más alto y delgado y que parapetado detrás del pequeño mostrador de cristal donde expone las chocolatinas únicamente se mueve de su silla desde la que vigila quien entra y sale y quien coge que, para tomar los billetes que le tendemos para pagar el agua y los refrescos y que como es costumbre al darnos la vuelta nos da también unos caramelos de regalo. Salimos de la tienda y despacio nos dirigimos de nuevo a nuestro coche. Son las tres de la tarde y el calor se hace notar. Nos subimos al vehículo y esperábamos a que llegue Xavier. Txema, tras preguntarme si me importa, baja la ventanilla y enciende un cigarrillo, yo abro una de las latas de refresco, que ya esta medio caliente, nunca estuvo muy fría y le echo un trago mientras me pongo a mirar distraídamente a través de la luna delantera.

Frente a nosotros se extiende un gran descampando de tierra rojiza, donde una multitud de críos ha improvisado un campo de futbol, unas piedras como en cualquier campo de juego que se precie indican las porterías. Es viernes por la tarde y las clases semanales han acabado, los niños juegan alborozadamente, sin orden, corriendo todos detrás de la nube de polvo rojizo que esconde la pelota, muy pocos de los pequeños lucen camisetas, casi todos juegan con el torso desnudo. Se ve alguna camiseta roja del equipo local, el rosa de porcelana, hay también un par de ellos que llevan respectivamente las camisetas indudablemente falsas del Madrid y del Barça. Todos, sin excepción juegan descalzos. El descampado marca uno de los límites entre la parte más o menos noble de N’dalatando y uno de los “musseques” los barrios más pobres que rodean el centro de la ciudad. El barrio se extiende miserable por toda la planicie a nuestra derecha, perdiéndose luego por una hondonada para ascender a continuación por una pequeña colina hasta cubrirlo todo de casitas muy humildes, de una sola planta, construidas todas con ladrillos de adobe rojo y techos planos hechos de cartón recubiertos de plásticos, muy pocas tienen techos de fibrocemento o de calamina: Casi todas tienen un pequeño patio abierto delante de la puerta de la casa donde además de unas brasas encendidas que mantienen un puchero humeante colocado encima, picotean a sus anchas negruzcas gallinas que en algún momento fueron blancas y donde los gigantescos lagartos verdirojos que campan a sus anchas por toda la ciudad toman el sol. Es un barrio de calles sin asfaltar, de tierra apisonada, que serpentean entre las casas. Por el centro de alguna de las calles discurren arroyuelos de aguas de color indefinido puede que marrón grisáceo o quizás gris amorronado que se alimentan de los hilillos de agua sucia que sale de todas las casas. Diseminadas aquí y allá se ve alguna solitaria farola. Delante de una de estas casas justo frente a nosotros hay un niño que le está dando patadas a un perro, que quizás por falta de fuerzas quizás por costumbre ni siquiera hace amago de huir.

- Menino, deixa o cao – le gritamos casi al unísono Txema y yo desde el auto. Al oírnos el niño nos mira y riéndose sale corriendo para pararse dos metros más allá y juntarse con sus amigos que están jugando en un montón de arena. El perro indiferente sigue tumbado sin moverse.
Al poco, sin darnos tiempo a aburrirnos del todo, de entre las casas sale un sonriente Xavier. Mientras se acerca al coche nos hace un saludo con la mano.

- Boa tarde - le decimos al subir-¿Todo Bem?
- Boa tarde, ¿listos para la paliza? – Nos dice con algo de ironía
- Sí, lo estamos deseando- Le contestamos entre risas
- ¿Dónde vamos?-Pregunta Txema, mientras arranca la camioneta.
- Vamos a la zona deportiva de al lado del cementerio- le indica Xavier - ¿la conoces?
- Si claro, más arriba del edificio del parlamento regional - Dice Txema mientras gira el volante y saliendo del descampado nos introduce en el tráfico.

Avanzamos por el centro de la ciudad, calles asfaltadas llenas de baches, flanqueadas por aceras de cemento, donde de vez en cuando lucha por crecer un árbol o un arbusto y que se abren a edificios de ladrillos construidos en época colonial, de un par de plantas de altura, la mayoría de ellos en un deficiente estado de conservación o más bien de reconstrucción, paredes con la pintura desconchada ,ventanas rotas, terrazas sin balaustradas y escaleras que no llevan a ninguna parte, algunas de las casas aún muestran en sus fachadas los agujeros provocados por los impactos de las balas durante la larga guerra civil, que siguió a la guerra de independencia contra los portugueses. De vez en cuando entre las casas surge un espacio yermo, donde como pecios en una playa están los restos herrumbrosos de antiguos vehículos, ocultos entre la hierba, mudos testigos del naufragio de una huida. Txema con la pericia que da la costumbre, evita las pequeñas motos que se nos cruzan delante del coche y que como insectos salen de improviso y a toda velocidad desde cualquier calle lateral. Tras una rotonda, entramos en lo que es la zona comercial de N’dalatando, decenas de pequeñas tiendas en las que se compra y se vende de todo, desde una cocina de gas a un retal de vivos colores, pasando por baldes de plástico, sillas desfondadas, libros de saldo vendidos al peso y recambios de ordenadores. Algunas de la tiendas aun conservan encima de la puerta de entrada los letreros con los nombres de sus antiguos dueños “Loja Carvalho e filhos”, “Agostinho e filho S.L”.

Durante el trayecto, nos cruzamos con algunas “zungueiras”, esas mujeres que desde primera hora del día y con un gran balde de plástico o aluminio lleno de mercadería en la cabeza y un megáfono en el que llevan un mensaje grabado, y muchas veces con su pequeño hijo sujeto a la espalda por medio de una tela, que se cierra mediante unos simples nudos van vendiendo su mercancía -ya sea pescado seco, cacharros de latón, coloridas telas para hacer vestidos, cachivaches de plástico- por las calles de los pueblos y ciudades de Angola. Un poco más adelante, cerca de la plaza principal, al lado del desabastecido mercado municipal, nos cruzamos con par de personas albinas. Desde que llegue a la ciudad, es una de las cosas que más poderosamente me ha llamado la atención: la gran cantidad de albinos que hay en N´dalatando, raro es el día que no te cruzas con alguno de ellos, y no siempre el mismo. Afortunadamente para ellos a diferencia de lo que ocurre en otros lugares de África donde se les atribuyen la capacidad de atraer el mal y ser causantes de desgracias por lo que son masacrados estas personas no son perseguidas por motivos supersticiosos y pueden vivir en paz y seguras.

Nos detenemos al llegar al cruce de la carretera general que une la capital del país, Luanda, con la importante ciudad minera de Malanje, situada algo más al norte y que por ello soporta un importante tráfico de camiones pesados y que además divide a nuestra pequeña ciudad en dos. Esperamos un momento a que haya un intervalo entre los vehículos y con un acelerón, cruzamos la carretera y nos introducimos en la otra mitad de la ciudad por la calle que nos llevará al campo de juego. Avanzamos despacio ya que el firme no es muy bueno y además la calzada está repleta de gente andando descalza, o calzando -lo que sin duda es el calzado nacional angolano- unas chanclas, por mitad de la misma, absortas en su mundo, tranquilas, indiferentes al tráfico de las lujosas camionetas y de las humildes motos que a todo velocidad traen o llevan gente y paquetes y al trasiego de las otras personas. En el borde de la calzada, hay barberos esperando un cliente sentados a la puerta de sus pequeños locales construidos en madera y de nombres ambiciosos, “O rei de Nova Iorque’, “O cabeleireiro das celebridades” y adornadas con fotos de famosos actores o de modelos luciendo cortes de pelo inverosímiles, vendedores de cualquier cosa con sus productos expuestos de cualquier manera en una tela extendida encima de la tierra, sastres sacando patrones y tomando medidas en mitad de la calle, niños jugando y corriendo por todos lados, mujeres con vestidos multicolor que están comprando en alguna de las decenas de modestas tiendas que hay alineadas a los lados de la calle, gente que pasea sin rumbo, otras que hacen cola delante de las pequeñas parillas portátiles donde se venden pinchos morunos, que se sacan de una pequeña nevera de plástico que además de servir de pequeño almacén sirve de asiento al cocinero y que se asan al instante delante del comprador, perros de famélico aspecto olisqueando entre los montones de basura, las ubérrimas gallinas.

Después de una curva, nos topamos casi de improviso con la imponente mole de piedra rosa y blanca del edificio que forma el parlamento regional y que frente a nosotros ejerce de poderoso contraste frente a las casitas bajas y pobres que lo rodean. Coincidencia o no, nada más terminar la valla, también rosa, también de piedra que rodea el edificio parlamentario, la calle deja de estar asfaltada y se convierte en una pista de tierra.

- Antes de llegar al cementerio- dice Xavier.-gira por la calle de la izquierda.

Avanzamos un poco mas hasta casi llegar a las altas tapias del cementerio, hacemos un giro y dejamos la carretera que avanza hasta introducirse en el camposanto. Hemos tomado un pequeño camino de tierra que desciende ligeramente. Es un descenso peligroso, lleno de baches y con profundas y largas grietas en las que sin problemas caben las ruedas de nuestra camioneta, descendemos con cuidado de no atropellar a ninguno de los niños que juguetean en medio de la calle. Al terminar el descenso, llegamos frente a un alto muro encalado lleno de pintadas y dibujos

- Aquí es- dice Xavier.

Txema avanza un poco más y aparca la camioneta cerca de la entrada. Dejamos las mochilas dentro del coche, debajo de los asientos y caminamos hacia la puerta que acabamos de pasar. Frente a ella un grupo de niños y niñas en uniforme escolar juegan a una especie de balón prisionero. Me detengo unos instantes para observarles, por lo que llego a entender, gana el equipo que consigue reunir todas las botellas vacías de cerveza que han puesto en medio de los dos equipos.
Leo las grandes letras pintadas en vivos colores en la tapia de ladrillo al lado de la gran puerta metálica que da acceso al recinto. Centro deportivo “Don Bosco” dice. Entramos, justo a la entrada otro grupo de chicas y chicos algo más mayores que los que había fuera, juega al voleibol. Un poco más allá otros chicos, esta vez solo niños, juegan al pimpón delante de un edificio pintado de verde azulado. Al pasar por delante del mismo, curioso, me asomo y miro a través de una de las ventanas. Es un aula, se ven unos pupitres que miran hacia una pared donde cuelga una pizarra coronada por un crucifijo. Seguimos avanzado detrás de Xavier, que parece tener muy claro hacia donde nos dirigimos. Sin saber muy bien como Txema y yo en un momento acabamos cada uno rodeados por un grupito de niños no mayores de seis años, que nos cogen de la mano, y que cuando ya no hay mas dedos a los que sujetarse se nos cuelgan de los brazos.
-Padre, Padre -nos dicen gritando. Al principio me llama la atención y me produce cierta gracia que nos confundan con sacerdotes, pero al ser una institución religiosa y ser los únicos blancos que hay en un par de kilómetros a la redonda tampoco le doy mayor importancia. Me fijo en los pequeños que nos rodean, en sus pequeños cuerpos de vientres abombados que hacen que sus ombligos sobresalgan, en sus pequeñas caritas llenas de polvo y suciedad que están iluminadas por unos ojos inmensos que nos miran llenos de lo que solo puedo traducir como devoción, y me fijo sobretodos en sus sonrisas, francas, interminables, cálidas, sinceras.

Seguimos a Xavier por un lateral del recinto deportivo, ya que todo el espacio central del mismo se encuentra ocupado por un campo de fútbol de tierra, pero esta vez con porterías de verdad, donde se está desarrollando un partido de lo más igualado por lo que dan a entender los gritos y la pasión que ponen los jugadores, todos ellos vestidos con camisetas de lo más diversas y la mayoría calzados con zapatillas al perseguir el balón y por las protestas que dirigen al chico que hace de juez y que como buen arbitro va todo él vestido de negro.

La pequeña nube de niños que nos rodea ríe y juegan entre ellos, se interponen en nuestro camino, nos abrazan las piernas, se agarran a nuestras manos y las aprietan con fuerza. Cojo a uno de ellos en brazos, el más pequeño de los que están junto a mí y le levanto del suelo, no es que yo sea especialmente fuerte sino que el crio está desnutrido. Esta muy delgado y pesa poco, muy poco, hago el avión con él levantándole por encima de mí cabeza, al instante su cara se ilumina y ríe a carcajadas, al ver el efecto en su amigo todos los demás niños hacen cola y se ponen a gritarme para que también les levante a ellos y juegue a que son aviones. Yo también rio. Juego un rato con ellos elevándoles por los aires. El primer niño con el que jugué, de cuerpo muy menudo y abdomen prominente, de pelo muy corto y muy rizado, con grandes ojos oscuros, no se aparta de mi lado. Al terminar de jugar con los otros niños, me coge firmemente la mano. No me la soltará en toda la tarde.

Avanzamos por el recinto hasta llegar a la pequeña cancha de baloncesto. Nos sentamos en el suelo, con la espalda apoyada en un muro, debajo de un techado de uralita mientras esperamos a los amigos de Xavier. Nuestros pequeños amigos reclaman cada minuto de nuestra atención. Por más que les decimos que no somos curas, los pequeños siguen llamándonos por el titulo sacerdotal sin inmutarse. No se les oye más que decir: padre esto, padre lo otro. Al igual que con el juego del avión, basta con que a uno de los niños le hagas cosquillas en su barriguita y empiece a reír para que todos se pongan rápidamente en cola esperando que también a ellos les hagas cosquillas.
Poco a poco van llegando los conocidos y compañeros de Xavier que al igual que este son jóvenes con cuerpos atléticos y fuertes brazos, la mayoría son altos, incluso muy altos alguno me saca un par de cabezas. Todos llegan con sus deportivas en la mano y en sus pies las chanclas que solo se quitaran cuando sea su turno de juego. Xavier nos presenta, nos saludamos con un choque de manos. Pronto somos los suficientes para comenzar la pachanga. Xavier y sus amigos al ser los mayores imponen su fuerza y simplemente echan de la cancha a los muchachos que hasta ese momento estaban jugando, todos ellos de menor edad y desarrollo físico.

Rápidamente nos comentan las reglas. Es el clásico quien gana sigue jugando y el equipo que pierde debe salir de la pista y dejar su lugar a otro. Los partidos son a cinco canastas. Se juega en un solo lado del campo. Xavier, Txema y yo, hacemos un equipo y nos toca jugar en el primer partido. Encestamos la primera canasta y eso es todo, somos visto y no visto, como se suele decir ni la olemos y somos barridos de la cancha, no nos da tiempo ni a sudar, perdemos por un claro 5 a 1 con gorrazo incluido a mi persona. Salimos de la cancha y regresamos a nuestro muro, nos sentamos mientras otro equipo entra a jugar. La cancha es un trasiego constante de equipos que entran y salen. Ante su insistencia, siento a mi amiguito en mis piernas y mientras jugueteo con él observo los partidos. Es un juego anárquico, eléctrico, no hay ninguna táctica de equipo, ningún plan, el reino del uno contra uno, quien tiene el balón normalmente es el que se la juega. Los partidos se viven con pasión, aún mas incluso entre los espectadores que están esperando su turno para jugar que entre los mismos jugadores, se discute cada balón que sale del campo, cada falta, cada infracción es seguida de acaloradas discusiones que incluyen que los espectadores se introduzcan en el campo y den su versión de lo que acaba de suceder en el juego. Al rato, nos vuelve a tocar jugar, hablamos brevemente entre nosotros para intentar mejorar nuestra suerte.

De nuevo todo parece en vano, rápidamente nos colocamos perdiendo 4 a 1 y balón para nuestros contrarios. En ese momento, el dios del baloncesto se vuelve clemente con nosotros y nos concede un par de milagros, nuestros contrarios pierden un balón, y se produce un cambio en nuestro juego. Txema se descubre como un excelente tirador y aprovechando la nula defensa empieza a anotar sin piedad desde cualquier lado de la cancha, Xavier demuestra porque llegó a jugar con la selección angolana júnior de baloncesto y nos deja un par de jugadas para el recuerdo. Por mi parte me afano en no dejar escapar un rebote, no echar el bofe por la boca y de vez en cuando intentar meter alguna canasta. Ganamos el partido por 5 a 4. No solo eso, ganamos los siguientes 4 partidos. Agotados y contentos nos vamos retirando poco a poco y nos vamos cambiamos por la gente que espera. Volvemos a nuestro lugar, esto es, sentados en el suelo, la espalda apoyada contra la pared del vestuario. Bebemos un trago de agua, cuando terminamos ofrecemos la botella a los que hasta hace un instante eran nuestros contrincantes, nos agradecen con una sonrisa, nos llega vacía de vuelta. No hemos acabado de sentarnos y recuperar el aliento cuando nuestros pequeños amigos vuelven a rodearnos, nos tocan el pelo, ahora sudado, ríen y hacen muescas de asco, mientras se secan las manos en sus pequeños pantalones. Me entretengo jugando nuevamente un rato con los pequeños, se suben a mi espalda, se cuelgan del brazo y yo les alzo a pulso.

Lo reconozco me encanta oír sus carcajadas. Sin lugar a dudas es lo mejor de la tarde. Uno de ellos, de los más pequeños y desnutridos, se sienta a mi lado, me coge de la mano y apoya su cabeza en mi hombro. En el otro brazo tengo al niño que me adoptó desde un principio. Los partidos siguen sin interrupción. Cuando llega de nuevo nuestro turno desisto de jugar más, estoy cansado y tampoco quiero forzar la suerte.
El sol comienza a declinar y la explanada se llena de sombras alargadas producidos por los edificios que la rodean. Según avanzan las sombras, se van terminando las actividades en el recinto y este se va quedando vacio.

Hace rato que termino el partido de futbol y solo al fondo del recinto deportivo, es la única zona del recinto que tiene una bombilla eléctrica y por lo tanto está iluminada hay actividad. Un grupo de adolescentes, chicos y chicas, siguen jugando al karaoke, y se entretienen cantando y bailando Kuduro. Ese ritmo musical angolano mezcla de perreo, regatón y sonidos tradicionales africanos pero con un ritmo mucho más rápido, frenético y salvaje, y que aquí en N’dalatando se escucha en cualquier lugar, a cualquier hora y en cualquier situación.

Antes de que anochezca completamente nos despedimos de nuestros compañeros de partido y nos dirigimos tranquilamente hacia la salida. Al llegar al coche decimos adiós a nuestros pequeños amigos que nos han acompañado hasta aquí,

- Tenho fome, padre- Tengo hambre, padre nos dicen como despedida todos a la vez. Miro a Txema esperando que me diga que debemos hacer,
- ¿Tienes los caramelos? – Me pregunta

Busco en mi mochila y saco los caramelos que nos dio el mauritano del colmado. Le doy la mitad a mi pequeño amigo y reparto los otros entre el resto de niños. Cuando me monto en la camioneta, observo por el retrovisor como a mi amiguito le están quitando los caramelos los niños más mayores. Hacemos el camino de vuelta, estamos contentos, hemos pasado una magnifica tarde, jugado un rato y nadie ha salido lesionado. Nuestra siguiente parada, es la “roulotte” que tenemos cerca de casa. No es el bar más elegante de N’dalatando ni el más grande ni tampoco el más bonito, siendo sinceros ni siquiera es un bar pero el “Maceiras” que así se llama, es parada obligatoria ya que esta al lado mismo de nuestra casa. Además el hecho de que seamos siempre más o menos los mismos parroquianos los que nos juntemos allí, hace que se haya creado una especie de vinculo entre nosotros y te sientas un poco como en tu barrio, con tus amigos de siempre en tu bar de toda la vida, Tras pedir unas cervezas para Txema y para mí y un refresco para Xavier, nos acercamos a la única de las dos mesas que tiene el local que está libre. Xavier y yo nos sentamos en el banco de cemento que como un collar rodea la mesa que está hecha del mismo material, Txema se sienta en un lateral de la misma. En la mesa de al lado los vietnamitas, al igual que todos los dueños de colmados son de Mauritania los albañiles de cualquier obra en Angola son todos de Vietnam, que trabajan en la construcción de una casa cercana, después de terminar su jornada, beben unas cervezas mientras bromean entre ellos. El más joven de ellos con un gesto nos hace cómplices de una de las bromas, todos reímos, hablamos de mesa a mesa en una mezcla de portugués, vietnamita, español y lenguaje de signos. Entre trago y trago comentamos entre nosotros lo acontecido en los partidos jugados un rato antes.

Es ya noche cerrada cuando después de estar un rato allí sentados aparece como es habitual el pequeño y menudo albañil portugués que vive en la casa de dos pisos que hay justo al otro lado de la calle, nos saluda, se sienta a nuestra mesa, pide una cerveza y sin solución de continuidad nos comienza a contar su día quejándose como todos las tardes de sus suerte, de lo mal que le tratan sus jefes y de lo miserable que es su vida.

Estamos a punto de pedir otra ronda de cervezas, cuando aparece Adriana. Es el momento en que Xavier, se despide de nosotros con un apretón de manos para regresar a su casa, ya que nos dice tiene obligaciones familiares. Le preguntamos si quiere que le acerquemos con el coche, nos dice que no, y le vemos alejarse andando, con sus deportivas en la mano. Adri tras preguntarnos si queremos otra cerveza compra tres cervezas y se sienta a nuestro lado. Nos pide que le contemos con detalle como ha sido el partido.

Algunos de los chicos con los que hemos jugado al baloncesto, son vecinos nuestros, viven por el barrio y se acercan a saludarnos cuando nos ven, felicitan a Txema por sus tiros y charlan brevemente con nosotros. Queremos comprar algunos refrescos para compartir con ellos pero no aceptan la invitación. Al poco se despiden y se van.

Los vietnamitas de la mesa de lado, siguen con sus risas y juegos. Un par de cervezas después es nuestro turno de despedirnos. Nos despedimos del portugués y con un gesto de cabeza decimos adiós a nuestros vecinos asiáticos. Hemos decidido ir a cenar a “La Charcutería” un local situado en uno de los “musseques” que hay al otro lado de la ciudad y que ofrece unas ricas hamburguesas y perritos calientes amenizados con música en directo a cargo de grupos locales. Sonara principalmente Kuduro pero también puede que suene algo de Semba, sonidos tradicionales angolanos pero con mucho mas ritmo y que tras pasar a América de la mano de los esclavos dieron origen a la samba brasileña, o Kizomba, y reconozco aquí mi incapacidad para dar una definición que permita diferenciar la Semba de la Kizomba, salvo que quizás esta ultima puede ser más bailable al tener influencia de ritmos como el tango o el bolero..

Pero antes de eso, nos espera el último reto del día, que no es pasar por casa para ducharnos con agua fría, la casa no tiene agua caliente y tenemos que andar calentando agua en cacerolas, si no especialmente conseguir ganar la lucha para echar a las gigantescas cucarachas africanas que han hecho de la bañera su segundo hogar. Pero eso es otra historia que contaré en otro momento o quizás no.



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Total comentarios: 3  Visualizar todos los comentarios
Yennefer  Yennefer  09/07/2019 18:00   📚 Diarios de Yennefer
Buen comienzo para el relato de tus viajes por aquí y por allá. Espero poder seguir leyendo. Saludos.
Agus1973  Agus1973  03/08/2019 07:22   📚 Diarios de Agus1973
He disfrutado leyendo tus impresiones del continente africano. Gracias por compartir.
Juliomad  juliomad  06/08/2019 07:45   📚 Diarios de juliomad
Gracias por los comentarios. Me alegro de que os gusten
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Fecha: Vie May 27, 2022 08:29 am    Título: Re: Viajar a Angola

Sí, lo del visado también lo ví... Despues de haber pedido visado en su día para Bielorrusia (teniendo que enviar los pasaportes a la embajada en París), no me parece lo menos malo; sí me duele tirar 100€x2, que es pagar eso por un papel.

Visto lo visto, tendremos que esperar a que el petróleo se les acabe, o al menos consideren repartir entre la población los beneficios del turismo y se abran al mismo
traveller3
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Willy Fog
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20-04-2013
Mensajes: 17562

Fecha: Vie May 27, 2022 03:55 pm    Título: Re: Viajar a Angola

"Pigwedeon" Escribió:
Sí, lo del visado también lo ví... Despues de haber pedido visado en su día para Bielorrusia (teniendo que enviar los pasaportes a la embajada en París), no me parece lo menos malo; sí me duele tirar 100€x2, que es pagar eso por un papel.

Visto lo visto, tendremos que esperar a que el petróleo se les acabe, o al menos consideren repartir entre la población los beneficios del turismo y se abran al mismo

NO hay grandes reclamos turisticos , asi que no esperan grandes ingresos por esa via.
carolco
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Willy Fog
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23-01-2014
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Fecha: Vie May 27, 2022 10:05 pm    Título: Re: Viajar a Angola

Angola sigue siendo uno de los países más minados del mundo, con más de 100 millones de metros cuadrados de tierra contaminada y más de 1.200 campos de minas conocidos y sospechosos.

Millones de minas terrestres y otras bombas sin explotar aún se encuentran esparcidas por todo el país, el legado de más de 40 años de conflicto.


Re: Viajar a Angola (1)

GBY
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Willy Fog
Willy Fog
20-04-2013
Mensajes: 17562

Fecha: Mar May 31, 2022 10:21 pm    Título: Re: Viajar a Angola

ESto tampoco anima mucho a visitarlo Malvado o muy loco Malvado o muy loco
Agus1973
Agus1973
Travel Addict
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17-12-2018
Mensajes: 37

Fecha: Mar Jun 13, 2023 01:39 am    Título: Re: Viajar a Angola

Hola,


Algún viajero o residente que pueda informar cómo está actualmente el tema de la seguridad ciudadana. Es seguro caminar por libre por la capital. Parece ser que la delincuencia no es ya un grave problema, solo hay que tener la preocupación habitual. ¿Es cierto?

Y qué tal para ir por libre a las cataratas de Karandula. Y qué lugares más se podría visitar de interés turístico.
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