Me levanté temprano para coger un taxi colectivo para Erbil, capital del kurdistan iraquí. Mi intención era pasar todos mis días en el Irak Federal, pero el final del Ramadán trastocó mis intenciones. Y opté por pasar unos días en el norte de Irak, de mayoría kurda, porque pensé que serían más relajados los preceptos islámicos.
La carrera me costó 4000 dinares hasta la estación Al Nahdha. Ubicada a unos cinco kilómetros del hotel. Cuando llegué me aconsejó el taxista que tuviera cuidado con mis pertenecías que era un lugar donde los amigos de lo ajeno solían pulular en busca de su tesoro. Era una explanada con hileras de vehículos.
Enseguida me interceptó el conductor de un todoterreno de siete plazas, quien me pidió que le enseñara el pasaporte para confirma que mi visa estaba al día. No quería tener problemas en los checkpoints. 35000 dinares me costó el trayecto. Siguiendo la costumbre de muchos países hasta que no se ocupaban las plazas no salía. Solo tuve que esperar cinco minutos.

El recorrido transcurrió por tierras áridas con algunas áreas de palmerales, de vez en cuando, aparecía algún vehículo calcinado en los márgenes de la vía, remanentes, presumiblemente, de actos violentos no muy lejanos en el tiempo, o casamatas intimidantes en algunas ondulaciones del terreno. La carretera estaba en mal estado, en lo que parecía una lenta e interminable reconstrucción por la poca maquinaria que vi trabajando. Este trayecto, en comparación con el que hice por el sur, resultaba muchísimo más turbador. Tal vez, aquí sí, no fuera recomendable del todo recorrerlo por tierra y mejor coger la alternativa aérea para mayor seguridad del viajero.
En el primer chekpoint cuando pidió los militares la documentación a los pasajeros enseñé mi pasaporte con celeridad. Nos mantuvieron diez minutos parados hasta que consiguieron descubrir que mi visado estaba al día. Muchos de ellos desconocían el alfabeto latino y eso parecía ser la causa principal de la demora. Como mi fisonomía no era muy diferente a la de los autóctonos me pidió el conductor si me podría hacer el dormido para no perder tanto tiempo. Y funcionó en los siguientes controles. Ningún militar quiso “despertar” al pasajero.
Después de una parada de media hora en un área de servicio, llegamos a la frontera del Kurdistán iraquí. Todos los pasajeros debían pasar por unas oficinas de inmigración, a los árabes de Irak les daban una especie de resguardo con sus datos y su foto. A los extranjeros nos tenían reservado en la segunda sala una ventanilla enumerada con el número 2 donde en un rápido trámite comprobaba que la visa fuera correcta y te deseaba el funcionario una cálida bienvenida a la región autónoma.
Muy importante: La visa que dan si llegas primero al Kurdistán iraquí por cualquiera de sus fronteras, terrestres o aéreas, no sirve para el resto del territorio. En la frontera interna que cruce hay un control muy laxo para entrar desde el Kurdistán a la región árabe, todo lo contrario que al revés. Y puede ocurrir que no te pidan el pasaporte hasta que estés a mitad de camino, como me ocurrió a mí. Y no tener la visa que reconoce el gobierno de Bagdad podría crear problemas innecesarios al turista.
En cinco horas y media llegamos a las afueras de Erbil.
Un taxista me lleva por 8000 dinares al centro de la ciudad.
El centro era un hervidero de gente repleto de comercios. No cabía ni un alfiler. Había un mogollón de hoteles alrededor del Bazar. Como no tenía muchas ganas de buscar me quedé con el primero que entré, que no era gran cosa y no recomendaré al menos que no sea una emergencia. El hotelucho estaba al lado del Hotel Montana. El cartel de sus caracteres solo estaba en kurdo. Su clientela, desde luego, no era occidental, más bien autóctona.
Habitaciones muy espartanas con ventilador y letrina. 20000 dinares la noche.
A continuación, después una ducha fría, me acerqué al bazar, refugiado en la planta inferior de un bloque, tenía acceso por todos sus lados y ocupaba también espacio del soportal, decorado exteriormente con arcos ojivales y ladrillo ocre, que rodeaba un moderno edificio. Era un placer pasear apaciblemente y observar la actividad mercantil; repletos de vida y vendedores cordiales que en ningún momento asediaban a los visitantes. Podía pararme en un local y mirar sosegadamente los productos sin sentir el aliento del dependiente. Los bazares iraquíes no tenían la enfermedad del turista, sus vendedores todavía vivían ajenos a la adicción que produce las masas de turistas en los comercios tradicionales.
Luego, solo cruzando la calle, fui al corazón de Erbil: Shar Garden Square, siempre concurrida y bulliciosa. Al anochecer ponen en marcha las fuentes convirtiéndose en una de las plazas más fotogénicas de la ciudad y los flashes de los móviles convierten el lugar en un cortejo de luciérnagas. Teniendo un papel destacado en la farándula de la plaza los vendedores ambulantes de té, globos u otros productos, ataviados con ropas tradicionales o disfrazados de héroes de Marvel. Esta plaza en sí misma es un espectáculo digno de disfrutar con calma. En un lado, hay una torre con un reloj que recuerda al Big Ben de Londres y un minarete corriente. Y enfrente, en una pronunciada elevación: la famosa Ciudadela de Erbil. Ocupando, mientras no se diga lo contrario, el asentamiento humano ininterrumpido más antiguo de la humanidad. La visita la dejé para el día siguiente porque solo está abierto por las mañanas.
A pesar de que oscureció, me dirigí a visitar el parque Minarete Park, treinta minutos a pie desde el centro, ya que me pareció después de unas horas de estar allí acertada la expresión “La ciudad sin ladrones” que hizo Nelo en su página Viaja o Revienta sobre el artículo que escribió en su estancia en la ciudad, si bien sería ingenuo pensar que en una población urbana de casi un millón no hubiera ningún amigo de lo ajeno, pero , por regla general, era un sitio muy tranquilo, muchísimo más tranquilo que muchas ciudades europeas.

El mayor interés cultural que tiene este parque es el decapitado minarete de Muzzafariya, le falta la parte superior, data del siglo XII o XIII. El parque es bastante grande. En aquellas horas era yo el único visitante. Dejé el antiguo minarete y me dirigí a un pequeño anfiteatro por un paseo flanqueado por bustos de personajes desconocidos. Hice unas fotos y me fui a tomar una coca cola a un kiosco que había en una de sus entradas. Estuve charlando un rato con el dependiente. Era libanés, aunque llevaba casi una década viviendo en la capital kurda.
Cené algo liviano en un local del centro, y después de un rato de ver la actividad nocturna del centro, animada por los mercadillos de alrededor de la plaza Shar Garden, fui a descansar a mi hotel.


