Nos levantamos tempranísimo, desayunamos y a las 6 ya estábamos en marcha, aún de noche. Estela, la chica de Barcelona, nos comentó que había dormido muy poco de los nervios que tenía por subir a ver los gorilas. La verdad es que nosotros también estábamos algo nerviosillos. Tanto nos habían dicho acerca de la dificultad de la caminata, de la cercanía de los gorilas, de los machos silver-backs y como comportarse ante ellos para evitar problemas,… que te va entrando un no sé que en el cuerpo. Durante el desayuno notamos una extraña emoción en el comedor. Allí estábamos los 6 españoles y un americano muy peculiar, con el que ya habíamos coincidido en Kibale Forest y que había contratado 5 subidas consecutivas a los gorilas, todos parloteando como loros a las 5’30 de la mañana.
Tuvimos unas 2 horas de conducción hasta las oficinas que tiene el UWA para el Nkuringo Group, que es el que nosotros teníamos asignado en nuestro permiso. Cada familia de gorilas tiene un nombre que, o bien es el de la localidad en que se encuentra, o bien toma el nombre del macho silver-back. Llegamos a las 7’45 y tuvimos que entregar los permisos junto con los pasaportes. Aprovechamos el lento papeleo para ir al “baño” que no es más que una humilde caseta de madera con un agujero en el suelo, y nos llaman a todo el grupo para darnos una charla preliminar (o briefing como lo llaman aquí). Se trata de explicaciones sobre los animales que vamos a ver, la composición de la familia, las fotos de los gorilas de esta familia, y también indicaciones sobre cómo comportarse, las normas y demás.
Los grupos para subir a ver los gorilas son de 8 personas como máximo. En nuestro caso el grupo lo formabamos una de las parejas de españoles (Estela y Marc), el americano nervioso, los 3 italianos del incidente con la leona de Ishasha, que por aquí estaban de nuevo, y nosotros 2. El ver a los italianos nos tranquiliza porque si ellos están dispuestos a la caminata nosotros también, y es que esta gente debe andar rozando los 70 años (aunque están en muy buena forma, todo hay que decirlo).
Una vez terminado el briefing aún tenemos que conducir unos 25 minutos más hasta el inicio de la caminata. Hemos cogido un porteados (15 USD) porque nos lo ha recomendado Richard y también el Ranger, por lo empinado del terreno, y se viene con nosotros en el coche. En total el grupo está formado por 3 rangers, 2 de ellos armados, 4 porteadores y los 8 turistas. Nos proporcionan bastones de caminante (unos palos largos), y comenzamos nuestro camino bajando una empinadísima ladera. Pasamos primero por un bosque de pinos y eucaliptos, y luego por tierras cultivadas y pequeñas chozas de barro, todo ello en una increíble pendiente. Hay montones de niños pequeñísimos, como en todo el país, que nos saludan sonrientes. Estuvimos bajando como una hora. Al final el camino ya era menos empinado porque habíamos llegado casi al fondo de un barrando y solo teníamos pequeñas subiditas y bajadas. Nuestro porteador llevaba las 2 mochilas (el se empeñó, porque yo iba a llevar la mía) e iba todo el tiempo pendiente de Marimar, dándole la mano para ayudarla. Ella me miraba con cara de circunstancias porque está acostumbradísima a andar por el monte sin ayuda alguna, pero el chico era tan amable…

El ranger principal mantenía comunicación por radio con los rastreadores, que salen muy temprano, a las 4 de la mañana, para localizar a los gorilas en la montaña y garantizar así que los turistas los veamos. En un recodo del camino, cuando más tranquilos estábamos, ya cogido el ritmo de la caminata, charlando bajito, el ranger se paró y nos dijo: “Están a 200 metros de aquí”. No sé explicar que te entra en el cuerpo cuando oyes eso: una mezcla de emoción, de respeto por la naturaleza, y quizás algo de miedo a lo desconocido… ¡¡uf!! El ranger nos dijo que debíamos dejarlo todo allí, las mochilas, el agua, los bastones… todo menos la cámara de fotos. Los porteadores y los ranger se quedan aquí también . A los gorilas solo accedemos nosotros, un rastreador y el ranger principal (sin arma de fuego). Estos últimos 200 metros de camino fueron casi imposibles. De repente entiendes el porqué del nombre del bosque. La ladera tiene un ángulo de 45º y la vegetación es tan densa que pisas sobre ella, agarrándote como puedes de las ramas sin que los pies toquen el suelo en ningún momento, sólo pisas vegetación. Hay que mirar muy bien donde pones el pie a cada paso que das, por lo que la marcha es muy lenta porque además vas mirando para todos lados, con los ojos abiertos como un cherne, a ver si ves a los gorilas. En ocasiones bajas arrastrándote porque parece más seguro así. De repente en un recodito me parece divisar una bola negra entre la verde vegetación. No me podía creer que estuviera viendo mi primer gorila porque al estar en una maraña de vegetación lo dejaba de ver por instantes. Pero sí era. Era un jovencillo de 8-10 años que estaba sobre un arbolito comiendo a 2 manos tranquilamente. Pasamos cerquísima de el y ni se inmutó. Nos miró de reojo (los gorilas no miran de frente) y siguió comiendo tan tranquilo. Estábamos flipando.

Lo dejamos atrás para lograr una mejor visión del resto de la familia y de repente, como surgidos de la nada, ahí estaban todos, prácticamente rodeándonos, todos comiendo pacíficamente. El silver-back estaba echado dándonos la espalda, pero había muchas hembras en los árboles o en el suelo. El único sonido que se escuchaba era el de la naturaleza y el de los objetivos de nuestras cámaras disparando ráfagas de centenares de fotos. El día estaba precioso, la luz perfecta y nuestros modelos ahí posando para nosotros tan tranquilos. Es increíble que estos gigantescos animales, que sólo se alimentan de hojas y raíces, sean tan pacíficos. ¡Es una auténtica pasada!
Nos habían dicho que debíamos evitar el contacto directo de la mirada, especialmente con el silver-back, pero en este caso no había problema porque estaba todo el rato dándonos la espalda. La familia de gorilas se iba acercando a nuestra posición (por casualidad imagina, dado que nos ignoraban por completo) lo cual era una suerte debido a lo abrupto y complicado del terreno. Hasta el punto de que Marimar se sentó tranquilamente a observarlos mientras yo sacaba decenas de fotos y algunos clips de video. Conseguí sacarle una foto muy buena con el silver-back justo detrás de ella.



La hora que podemos pasar con ellos una vez avistados se pasa en un suspiro. Cuando nos avisaron de que faltaban 5 minutos para irnos parecía que solo habían pasado eso: 5 minutos. En fin, que llegó el momento de emprender el camino de regreso, es decir, subir la empinada cuesta que habíamos bajado. Fue duro pero, a decir verdad, no tanto como habíamos imaginado. Hasy que tener en cuenta que estamos bastante acostumbrados a patear por el monte, así que estamos entrenados. A mitad del camino paramos delante de una casita para, según ellos, tomar el lunch, pero eran las 11’30 solamente y no teníamos nada de hambre, por lo que sólo nos comimos un plátano y 2 galletas y a seguir el camino. El sitio estaba repleto de hormigas safari . Estas son las hormigas nómadas que forman la marabunta, como la película. El problema de estas hormigas es que muerden, las jodías, y aunque no son venenosas, como son muchas pueden hacerte mucho daño. Las más grandes, las soldado, pueden llegar a hacerte hasta sangre. Ya se me habían metido una cuantas decenas de ellas por la bota y nuestro porteador, muy amablemente, me ayudó a quitármelas de encima.

Seguimos subiendo y casi al final volvimos a parar por delante de otra casa a tomar resuello (aunque desde aquí ya se veían los coches unos 150 metros ladera arriba). De esta casa salieron lo menos 10 ó 12 chiquillos a mirarnos. Estela les sacó fotos y después se las enseñó en la pantallita de la cámara digital. Los chiquillos se descojonaban al verse en la pantalla… ¡son tan inocentes!

De vuelta al coche nos esperaba de nuevo la media hora de camino hasta las oficinas del UWA, donde nos hicieron entrega de un diploma acreditativo de haber localizado los gorilas con una pequeña ceremonia. Después, de nuevo 2 horas y pico de African Massage hasta el hotel. Siguiendo la apretada agenda de este movido viaje teníamos sólo una hora y media para ducharnos, comernos el sándwich que nos habíamos llevado y que vino de regreso y salir de nuevo, esta vez hacia la frontera con Ruanda. Richard quería llegar con tiempo suficiente a la frontera porque cierra, y aquí en África a se sabe, el papeleo es mucho y Pole-Pole. La frontera está muy cerca de Kisoro, a sólo 12 kilómetros, y llegamos enseguida. Arreglamos todo el papeleo, pagamos el visado de entrada (60 USD) y ya estábamos listos. El papeleo de Richard con el coche era algo más tedioso, por lo que estuvimos esperando por allí fuera. Mientras esperábamos conocimos a un chico de Madrid que nos dejó flipados. Pegó la hebra con nosotros porque estaba teniendo problemas para entrar en Ruanda porque no tenía visado, que hay que solicitar con antelación en la embajada o por Internet, cosa que el no había hecho. Total que había tenido que volver a Kisoro a un Internet-café a solicitarlo y estaba intentando entrar con el justificante de haberlo solicitado. Pero lo que nos alucinó de este tío es que lleva más de un mes en África en plan mochilero y le estuvimos preguntando cómo lo hacía. Es flipante el valor que tienen algunos, usando el transporte público de allí, que es poco menos que comprar boletos para el suicidio, durmiendo en donde le pillara, yendo a los parques nacionales en transporte público. Marimar lo miraba de arriba abajo, boquiabierta… Lo hubiéramos llevado unos kilómetros pero iba con otro chico italiano y las leyes ruandesas son mucho más estrictas que las ugandeses, y Richard no quería que le parara la policía por exceso de pasajeros.
La verdad es que existe bastante diferencia entre ambos países y se nota desde que entras en la frontera, para empezar porque hay una hora más, se conduce por la derecha y se habla en francés. A nosotros nos da la impresión de que Ruanda está más desarrollada que Uganda. Se lo comentamos a Richard y dice que no, que es justo al revés, que Uganda es un país que está mejorando mucho y muy rápidamente (¿Cómo sería antes? ¡No me lo puedo ni imaginar!), y que Ruanda va mucho más lento. Dice que lo que vemos alrededor de la frontera es eso: sólo allí. Nosotros tenemos nuestras dudas pero bueno, si el lo dice…
Hay centenares, si no miles, de personas caminando por la carretera, vestidas de vivos colores, ajetreadas de aquí para allá con sus productos agrícolas. Durante los 45 minutos que condujimos hasta el Lodge no paramos de ver montones increíbles de gente.

Entramos en el Parque Nacional de los Volcanes. Los majestuosos volcanes Virunga forman una majestuosa corona que corta el aliento. De nuevo estábamos en un Lodge precioso, el Gorilla Mountain View Lodge, situado justo en la falda del volcan Mgahinga (3474 m), pero del lado ruandés. El terreno es volcánico pero muy frondoso. El Lodge está formado por una serie de chalets enormes diseminados por una gran extensión de terreno volcánico que a mi me recuerda un poco a Lanzarote pero en verde. Como decía los chalets son enormes y tienen una chimenea que agradecimos mucho porque estaba empezando a hacer bastante frío al caer el sol.

A todas estas Marimar llevaba desde que volvimos de ver a los gorilas diciendo que le picaba todo el cuerpo. Habían empezado a hinchársele un poco los párpados, la nariz, la mano y tenía ronchas por distintos sitios del cuerpo. Empezó a emparanoiarse un poco pensando en si le daba un edema de glotis como consecuencia de la reacción alérgica que estaba sufriendo. ¿A qué? No lo sabemos, tal vez las plantas sobre las que estuvo sentada, tal vez el polen de helechos que había por todos los lados, tal vez a los propios gorilas por lo cerca que estuvimos de ellos (no había los 7 metros reglamentarios ni de coña). Lo cierto es que cada vez estaba más preocupada porque estábamos en el culo del mundo y aquí, como es sabido, los médicos brillan por su ausencia. Total, que se tomó un antihistamínico (siempre llevamos un pequeño botiquín cuando viajamos) y la convencía para que cenara algo. Tal era su preocupación que apenas probó bocado. Yo le quitaba hierro al asunto diciéndoles que era sólo una pequeña reacción alérgica y que no se preocupara, que enseguida se le pasaría. Nos acostamos con la esperanza de que durante la noche el medicamento hiciera su efecto y al día siguiente se encontrara como nueva. Yo estaba convencido de que así sería.