Hoy de nuevo nos hemos levantado con el escándalo de la familia de chimpancés. Durante el desayuno los oímos llamándose excitados, y los turistas que estamos en las distintas mesas nos miramos unos a otros con una sonrisa cómplice al escucharlos comunicarse con tanta algarabía. Desayunamos al estilo británico con huevos, salchicha y bacon, tostadas, fruta, zumo y café con leche con mini cruasanes… ¿qué? Estamos de vacaciones, ¿no? Todo un desayuno de lujo para despedirnos de este Lodge tan encantador del que, como decía ayer, nos vamos con muchísima pena, pero nos queda un largo camino hasta Kisoro. Salimos a las 7, conduciendo por una pista por el interior del parque nacional en dirección sur, hacia Ishasha, justo en la frontera con el Congo. Por el camino vimos algunos animales, entre ellos los topis, que no los hay en el norte.
Llegamos a la región de Ishasha sobre las 9’30 y Richard se desvió para hacer un pequeño safari extra en esta zona. Como decía anteriormente, nuestro objetivo era conseguir ver los leones trepadores. Estuvo preguntando en un camping donde había varios Rangers y le indicaron por qué zona los podríamos ver (eso sí, con suerte). Íbamos mirando atentamente las copas de todos los árboles. Los leones rara vez trepan a las acacias, porque las ramas no son lo suficientemente fuertes como para soportar su peso. Por eso nos dirigimos hacia una zona en donde abunda otro tipo de árbol, una especie de ficus, de gruesos troncos y ramas sin espinas, que son los preferidos de los leones. Al cabo de un ratito el esfuerzo de Richard se vio recompensado. En uno de los árboles más grandes había 3 leonas de considerable tamaño, estratégicamente distribuidas por las ramas, con las patas y la cola colgando, tendidas cuan largas eran, durmiendo con una cara de felicidad increíble. Parecían gatitos dulces e inofensivos. Una de ellas tenía una postura inverosímil que parecía incomodísima, aunque su cara, de relax total, no hacía pensar que estuviera demasiado incómoda. Estuvimos un gran rato debajo del árboles, observándolas, sacándoles fotos desde mil ángulos. Nos habríamos estado todo el día allí, de hecho, pero el camino que nos quedaba por delante era larguísimo y Richard daba sutiles señales de estar impaciente por reanudar el viaje.




De todos modos, Marimar con su habitual habilidad para ver bichos por muy escondidos que estén, localizó a una cuarta leona que estaba echada entre la hierba, bastante camuflada al otro lado del coche. Llevaba un collar con un transmisor de radio de los que usan los investigadores del Lion Project para estudiarlos y tenerlos localizados. La leona se levantó y se puso a hacer caca tan campante. Lógicamente esto, sin respetar en absoluto su intimidad, quedó convenientemente recogido en vídeo. En este intervalo se nos había unido otro coche con 3 italianos con los que habíamos ido coincidiendo durante todo el viaje. Aquí en Uganda el turismo es aún tan escaso que esta situación es bastante común y te vas encontrando con la misma gente una y otra vez por distintos puntos del país, y poca gente nueva ves (turistas, quiero decir).
Bueno, pues volviendo a la leona, los turistas italianos decidieron marcharse del árbol antes que nosotros. Pararon su coche delante de la leona que hizo caca, que se había echado ahora justo al lado de la pista. Nosotros nos dirigíamos ya hacia ese mismo lugar cuando la leona se mosqueó y empezó a rugirle al italiano que estaba en pié en el coche sacándole fotos, e incluso llegó a amenazarlo lanzando un zarpazo al aire. Te acojonas. Ahí ya no parecía un tierno gatito en absoluto. El coche de los italianos puso pies en polvorosa, y Richard en su deseo de agradarnos paró el coche justo en el mismo sitio, teniendo la precaución de subir la ventanilla de su lado. Yo quise sacarle una foto pero la verdad es que sentí miedo. La leona estaba realmente mosqueada y tenía sus redondos ojos clavado en los míos, echada en una postura de alerta total, moviendo la cola nerviosamente de un lado a otro. Cualquiera que tenga gatos sabe que en esa postura los felinos están preparados para saltar, ¡¡Y nuestro coche llevaba el techo descubierto!! Yo estaba preocupado de verdad, y le dije a Richard que arrancáramos, que no quería tener un disgusto. Lo sentí como nuestro tercer “casi-ataque” de animales salvajes en este viaje: 1) el elefante que tenía intención de cargar contra el coche en Murchison Falls; 2) el hipopótamo que saltó para proteger a sus crías justo al lado de Marimar; y 3) esta leona cabreada en Ishasha… yo creo que ya está bien para un solo viaje.

Con la adrenalina aún por las nubes salimos del parque mientras iba revisando el montonazo de fotos en ráfaga que habíamos sacado, para eliminar las duplicadas, ya que ando algo preocupado no sea que me vaya a faltar memoria en la cámara para lo que falta de viaje. Traje dos memory sticks, uno de 4 Gb y otro de 2, y se me va a hacer poco. Le pregunté a Richard si por casualidad no habría algún sitio donde comprar uno y casi se me descojona de la risa… ¡Bueno, por preguntar que no quede!.
Al cabo de un rato abandonamos la pista en más o menos buen estado de Queen Elizabeth para someternos a otra intensa sesión de African Massage en nuestro camino hacia Bwindi-Kisoro. A medida que iban pasando los kilómetros el paisaje iba cambiando radicalmente, a la par que la carretera se iba haciendo cada vez peor. La principal diferencia es que íbamos entrando en una zona bastante montañosa y la carretera, de tierra y llena de baches, zigzagueaba dejando pronunciadas laderas a derecha e izquierda. Esta zona es completamente agrícola (bueno, como casi todo el país, pero aquí quizás se notaba mas). También la gente se notaba algo diferente, menos amable quizás. A medida que íbamos ganando altura se notaba algo más fresco y la gente iba bastante abrigada (eso también porque los africanos en general son bastante frioleros). El paisaje es precioso por aquí. Las laderas de las montañas están completamente cultivadas y como no hacen terrazas de cultivo como en Canarias, los cultivos son en pendientes inverosímiles. Ves a la gente trabajando el campo en sitios donde mantener la verticalidad parece imposible. Yo creo que incluso deben agarrarse a alguna platanera o algo para no caerse ladera abajo. Por todos lados ves a montones de gente llevando sacos de papas, de batatas o enormes racimos de plátanos, principalmente las mujeres y los niños (hasta los más pequeños, de 5 ó 6 años), y gente con rudimentarios aperos de labranza de aquí para allá, subiendo y bajando laderas, solo aptas – a ojos de un occidental – para cabras montesas.

El paisaje es rabiosamente verde, y eso que estamos al final de la estación seca. Está además salpicado aquí y allá por preciosos laguitos. Pasamos por uno de considerables dimensiones que Richard nos explicó que es el segundo lago más profundo de África, con 1450 metros en su parte más honda. De repente, tras varias horas de camino, tuvimos la primera visión de Bwindi, el Bosque Impenetrable, en donde entraríamos al día siguiente en busca de los gorilas de montaña. La verdad es que corta el aliento, y además con ese nombrecito impresiona pensar que entraremos en su espesura en pocas horas. Se te ponen los pelos de punta al pensar que estas tan cerca del hogar del preciadísimo gorila de montaña, así como de otras muchas especies como el elefante de bosque, búfalos, otros primates, etc,… Pero la carretera atraviesa solo un trocito de unos 15 kms de este precioso bosque. Como pertenece la Parque Nacional de Mgahinga Gorilla Mountain, la carretera tiene una barrera en cada extremo, y se registra a todo el que entra. Cuando salimos de este tramo de carretera paramos en un recodo del camino para tomar el almuerzo. Son tan pronunciadas las laderas que tuvimos problemas hasta para hacer pis fuera de la carretera buscando un poco de intimidad.

Aquí también compartimos nuestro almuerzo con algunos niños que educadamente estaban sentados a unos cuantos metros de nosotros, pero sin quitarnos ojo de encima… ¡imposible no hacerlo! No es que estén pasando hambre, pero un poco de variedad en su monótona dieta de matoke (que es una especie de masa hecha con plátano verde cocido, mezclada con ajo picado, cebolla, pimiento y en las ocasiones especiales carne), alubias, papas y boniatos seguro que les hace ilusión.
Seguimos ruta inmediatamente porque se nos estaba haciendo bastante tarde. La carretera se tornó imposible porque encima estaba en obras y el polvo se te metía hasta en el cerebro. Las últimas 3 horas de camino se nos hicieron interminables, pero por fin llegamos a Kisoro algo antes de las 5. A la entrada de Kisoro pudimos comprobar una de las caras más amargas de este castigado continente: el campo de refugiados de la ONU para la gente que huye del Congo cuando se recrudece el conflicto armado latente desde hace años en este país. Ahora afortunadamente hay pocas tiendas de campaña (calculo que unas 40), pero la explanada es enorme, preparada para acoger a varios miles de personas y nos dice Richard que el la ha visto llena en varias ocasiones… No comment!

A unos 5 kilómetros de allí, justo a la salida de Kisoro está nuestro hotel. El Travellers Rest Hotel es un histórico lugar que ya ha cumplido los 50 años. Es el punto de reunión de los científicos y viajeros que vienen de todas partes del mundo a estudiar, o simplemente a admirar a los gorilas de montaña. Alojó entre sus paredes tantas veces a Dian Fossey que ella solía decir que esta era su segunda casa. Actualmente está llevado por una pareja de holandeses, si bien el propietario es el dueño de Gorilla Tours (la agencia con la que hemos organizado este viaje). El lugar tiene una atmósfera especial porque todos los que allí nos alojamos tenemos un punto en común: el interés por los gorilas. Tienen una extensa biblioteca con toda la bibliografía imaginable sobre estos y otros animales. También exhibe en sus paredes y muebles una extensa colección de máscaras y esculturas antiguas africanas, procedentes principalmente de las tribus del Congo

Como era temprano nos dimos una ducha y fuimos a dar una vueltecita por la ciudad de Kisoro, donde ese día además tenían una fiesta con cantos tradicionales mezclados con hip-hop africano… muy curioso. También en el hotel hubo una exhibición de danzas tradicionales de la región interpretada por los niños y cuidadores de un orfanato local. Según nos explicó luego Apollo, el responsable del orfanato, la mayoría de estos niños no son realmente huérfanos sino que son abandonados por sus padres al carecer de recursos para cuidar de ellos. Hay que tener en cuenta que la mayoría de las familias tienen aún entre 7 y 15 hijos. Nos pidieron que si queríamos colaborar económicamente con ellos, cosa que hicimos gustosos.
En este hotel coincidimos con 2 parejas de chicos catalanes muy simpáticos – los primeros españoles con que nos cruzábamos - y estuvimos contándonos experiencias de nuestros respectivos viajes. Llegó la hora de la cena y prontito a la cama porque mañana será un gran día: el de nuestro primer encuentro con los gorilas de montaña.