Martes 8 de diciembre:
Madrugón. Antes de las 5 de la mañana. El shuttle the Río Dulce Travel pasaba a recogerme a las 6 para ir hacia Río Dulce.
Para ser la hora que era, el desayuno fue más consistente de lo que esperaba: un té, un zumo de naranja y un par de croissants grandotes con mantequilla y mermelada.
Antes de las 6 de la mañana estaba en la calle esperando a que llegase el shuttle y al final no lo hizo hasta las 6:30. Pensaba que yo sería el último pasajero, pero aún volvimos hacia el centro a recoger a algunas personas más. La furgoneta era por lo menos de 18 plazas y tenía hasta asientos abatibles en el pasillo central. Iba completamente llena, con el equipaje detrás, por lo que a mí me daba la sensación de ir cual sardinas en lata. Además me fijé en los otros viajeros, mochileros la mayoría, y salvo unos pocos, el resto iba sin mascarilla. De nuevo...¿qué le pasa a los turistas/gente de ciertos países para no llevar la mascarilla en un transporte cuando es obligatoria todavía? Por supuesto, el conductor, que iba también sin mascarilla, no les dijo nada, pero obligatorio era.
El viaje estaba previsto que durase 7 horas para llegar a Río Dulce, pero fue una plasta y se alargó hasta las 15:15. Atravesar Ciudad de Guatemala fue eterno y dimos muchas vueltas. Además, recogimos en una estación a otra persona, que no tenía pinta de ser ni turista ni nada por el estilo. Alguna parada técnica que otra. 2 paradas por obras en la carretera que al menos nos retrasaron 1 hora. Lluvia.
Al llegar a Río Dulce, el autobús nos dejó junto al café Colifato, en un centro comercial. Ahí tiene su sede, o una de ellas, la agencia Río Dulce Travel. Lo primero que hice fue pagar el trayecto del día, la excursión en modo privado a Livingston y el traslado a Flores del día siguiente a la excursión. Luego me pidieron un tuk-tuk para ir hasta el hotel Nanajuana, por 15 GTQ.
Es un hotel muy integrado con la naturaleza donde hay un edificio central de recepción y las habitaciones están distribuidas alrededor en cabañas más o menos rústicas dependiendo de la categoría. Grandes son todas.

La mía era una habitación superior con vistas al jardín. Me sorprendió sobre todo la gran altura del techo del dormitorio y del cuarto de baño. La habitación tenía 2 ventanales de pared a pared con su mosquitera, por lo que tenía una gran luminosidad. Tenía una cama de 1'35 m, con el colchón quizás demasiado duro, TV plana, escritorio, 2 lámparas pequeñas, aire acondicionado, múltiples puntos para conectar dispositivos, armario (aunque con muy pocas perchas). Cada día ponían botellas de agua gratuitas.

El cuarto de baño y la ducha eran amplios, toallas buenas, jabón y champú.
En el recinto había una piscina y un supermercado pequeño, aunque no estuve en él. Puede venir bastante bien.

En lo que se refiere al restaurante, está abierto de 7 a 22:00. El desayuno, a la carta, no estaba incluido.
Lo primero que hice tras hacer unas cuantas fotos del hotel y del paisaje del río Dulce, fue ir a merendar al restaurante. Como era bastante tarde y quería cenar luego por la noche, me tomé sólo una piña colada. Luego por la noche cayó un plato de camarones en salsa de maracuyá con papas fritas. 220 GTQ.

Un rato leyendo en la habitación y curioseando los canales de TV antes de acostarme.
Miércoles 9 de diciembre:
Tras desayunar me dirigí al embarcadero del hotel, donde iban a buscarme a las 9:00 para hacer la excursión en barca por el Río Dulce hasta Livingston, en modo privado por 750 GTQ, probablemente otro gasto innecesario durante el viaje.

Navegando en dirección hacia el lago Izabal llegamos en unos minutos al castillo de San Felipe, antiguo fuerte defensivo. En primer lugar hicimos una panorámica del castillo para verlo por todos los lados desde el río. El capitán de la barca me propuso visitarlo y aunque no lo tenía previsto de antemano decidí hacerlo. Un poco cara sí que es la entrada: 75 GTQ.

El castillo está en un parque que está protegido y donde se puede hacer picnic y hay una sección de playa.
Rodeado por una pequeña muralla con unos torreones y las palmeras junto al río, resultaba muy bucólico para una foto.

En el interior vi la cocina y comedor, el patio principal, la despensa, la batería de cañones.


Contemplar asimismo la panorámica del río.

Tras finalizar la visita en menos de 45 minutos, seguimos el paseo en barca en dirección contraria, volviendo a pasar por debajo del río Dulce y dejando a un lado el hotel en el que me alojaba.
Me sorprendió en el primer tramo la amplitud del río de varios km entre margen y margen, ensanchamiento conocido como El Golfete, la vegetación, las islas en medio del río, las casas.

La primera parada fue junto a las conocidas como islas de los Pájaros, un par de islotes con multitud de aves acuáticas.

En la siguiente parada atravesamos una zona de nenúfares entre manglares. Había además casas sobre pilares de madera a modo de palafitos. Como pasamos a muy baja velocidad pude grabar algunos vídeos.

El siguiente lugar de interés era una zona del río con una fuente termal de la que manaba agua sulfurosa por una roca. Es posible bañarse allí. No tiene precio de entrada como tal, pero se puede dejar una propina para conservación del lugar.

Un poco después se atraviesa la parte más bonita del río, en la que éste se estrecha al adentrarse en un cañón conocido como la Cueva de la Vaca. Las paredes de este cañón están cubiertas de tupida vegetación en la que hay aves tropicales.
La Pintada es una escarpadura con grafitos.

Al salir del cañón, nos fuimos aproximando a la desembocadura del río en el mar Caribe, y con ello, a la población de Livingston. El paisaje estaba conformado por vegetación exuberante, muchas palmeras por ejemplo, casas y barcos junto al margen izquierdo del río, pelícanos.

Al salir de la zona de embarcadero me fui por una calle cuesta arriba en la que había un mercado, pero no me alejé apenas porque me estaba dando cuenta de que en vez de estar mejor del pie, la molestia en éste iba a peor. De todos modos no hubo nada que me sorprendiera en lo que vi, más allá de que unas pocas personas con las que me crucé eran garífunas.


Volví por donde había llegado y seguí por la calle paralela al río, para ir a comer al restaurante Casa Nostra. Para recorrer los 10 minutos de distancia que había como mucho desde el embarcadero me tuve que parar varias veces. Sin ser nada especial, me encontré de camino un lavadero y varios murales representando a la población garífuna.

En el restaurante me dijeron que estaban limpiando y que no abrirían hasta las 14:00 aproximadamente. No me hizo gracia porque eran las 12 como mucho y no tenía nada que hacer. Después de esperar unos minutos en la calle, insistí llamando a la puerta y me dejaron entrar.

Mientras que esperaba para almorzar, que finalmente no iba a ser tan tarde como me habían dicho primero, me entretuve contemplando el río, las barcas, los pelícanos.

Pedí lo siguiente:
- Agua y zumo de melón
- Nachos con pico de gallo
- Tapado: plato típico de la zona que lleva pescado, mariscos y leche de coco.
Me gustó bastante la comida, aunque cuando me puse con el tapado estuve entretenido comiendo y espantando las moscas simultáneamente.
La cuenta fue de 178 GTQ.
www.tripadvisor.es/ ...tment.html
Estando allí se puso a llover con intensidad. No duró mucho afortunadamente y en una pausa aproveché para volver al embarcadero.

La vuelta fue de una vez, sin paradas, y fue desagradable, no ya por el viento y porque estaba lloviendo algo, sino porque tuve la impresión de que íbamos a más velocidad comparado con la del trayecto por la mañana y creía que en una de éstas salía volando de la barca. Además de vez en cuando daba algunos saltos y ya había tenido suficiente con los que había “disfrutado” en el lago Atitlán.
Después de un rato de descanso, lectura y TV en la habitación del hotel, fui a cenar. En esta ocasión tomé un lomito a la mostaza y pan de banano con helado de vainilla. Todo muy bueno y de nuevo unos 220 GTQ.
