Menos mal que no reservé ninguna noche en la Little Island, pues se habían suspendido los traslados en barca, dos al día para ir y dos para venir por fuertes vientos. Eso sí, pusieron un barco más grande, para que los turistas que estaban en la isla pequeña, pudiesen venir a la grande, que es donde está el pequeño aeropuerto.
Estamos reventados de tanto andar el día anterior, pero eso no hace, que volvamos a intentar hacer snorkel en las playas del norte, que son las mejores para eso.


Pero antes paramos en la lonja del muelle. Joder, ni el Banco de España tiene más seguridad que allí. Yo imaginaba la típica lonja callejera, pero no, unos edificios enormes, limpísimos y con unos caribeños bien grandes, con una porra en cada puerta. Con la tontería de que íbamos a comprar langosta (mentira, sólo queríamos ver), íbamos pasando de sala en sala, cada vez todo más serio. Los trabajadores del pescado,impecables de blanco con sus mascarillas y todo , nos iban indicando para llegar a las cámaras de las langostas. Cada vez más acojonaos, éramos los únicos que no eran de allí, llegamos a la zona de las básculas para ya pesar y comprar, y en un descuido que no había nadie, salimos por patas, volviendo a cruzarnos con todos los de las porras.
Dentro de mi locura, siempre tengo un aire de cordura, así que no estuvimos haciendo mucho tiempo snorkel, pues no me daba la sensación de seguridad ese viento que aún se notaba más en la zona norte, que es donde están las rocas perfectas para ver lo que se cuece debajo del agua.



Aproveché para darme el último baño en la isla, ya que nos íbamos en la mañana temprano, justo cuando venía el tiempo bueno. Casi tres días sin que funcionase la Wifi y con los datos solo el WhatsApp.
Cenamos pollo frito enterrado en plátano frito, creo que se llaman patacones, en el comedor de la Mari, que es donde iban todos los locales.
