Aunque en noviembre la luz ya no se prolonga demasiado por la tarde, decidimos tomarnos el viajecito con calma. Salimos temprano pero sin madrugar demasiado, con idea de almorzar en Ezcaray.
Itinerario de la jornada según Google Maps. Un total de 366 kilómetros y casi cinco horas de coche.

Pese a que la distancia entre Madrid y Ezcaray es solo de 319 kilómetros, la falta de autovías y autopistas hace que el tiempo que se tarda en recorrer tal distancia ronde las cuatro horas. Pasada la localidad de Fresneda de Sierra Tirón, afrontamos carreteras serranas y el paisaje se vistió de bonitos colores otoñales, si bien un pelín pasado ya su mejor momento. Aunque la mañana era fresca lucía el sol, pero al tenerlo de frente me incordiaba a la hora de tomar fotos. Aun así, alguna salió.


Ezcaray.
Ezcaray es un municipio de la Rioja Alta que cuenta con una población de unos dos mil habitantes. Su actividad económica está en la actualidad bastante enfocada al turismo rural y a los deportes de invierno por su cercanía a la estación de esquí de Valdezcaray.

También recibe ingresos de la micología, la industria maderera y la artesanía. Su historia se remonta al neolítico, época de la que se han hallado restos de hachas pulimentadas. Aquí se establecieron la tribu prerromana de los berones y la celtíbera de los pelendones. El valle fue colonizado por los romanos y más tarde pasó al ducado visigodo de Cantabria, quedando despoblado a partir del año 711 con la llegada de los musulmanes. En el siglo X, Sancho Garcés I, primer rey de Navarra, conquistó el lugar, fundándose poco después Haitz-Garai, cuya traducción del vasco significa “peña alta”, en alusión a la Peña de San Torcuato, que se alza a la entrada del valle con una altura de 200 metros. En 1076, fue anexionado a Castilla por Alfonso VI, y en 1312, Fernando IV le concedió un fuero poblacional.

A partir del siglo XVI, comenzó a desarrollarse en la zona una importante industria lanera que llevó a la fundación por parte del Marqués de la Ensenada de la Real Fábrica de Paños de Santa Bárbara en 1752, lo que trajo mucha prosperidad a la villa hasta que cayó en declive al verse muy perjudicada por los conflictos bélicos del siglo XIX. En el gran edificio que fue la Fábrica se encuentra actualmente la sede del Ayuntamiento de Ezcaray. También funciona como teatro y albergue.

Era domingo, con lo cual habíamos encontrado poco tráfico por el camino; en contraste, la población estaba a tope cuando llegamos. Aparcamos gratuitamente en una calle de las afueras, lo que no fue ningún problema pues apenas tardamos tres minutos en llegar caminando al casco antiguo. Enseguida nos percatamos de que los restaurantes estaban llenos. Como no era cuestión de requerir "fisnezas", nos sentamos en la única mesa libre de un local donde servían raciones y hamburguesas artesanas. Estuvo bien, pero tampoco creo necesario dedicarle más comentarios. A continuación, dimos una vuelta por los alrededores. Como la Oficina de Turismo estaba cerrada, eché mano de mis apuntes y seguí una pequeña ruta que tenía peparada.

Lo primero que vimos nada más llegar fue la estampa de la Iglesia de Santa María la Mayor, catalogada como Monumento Nacional. Es un gran edificio de sillería roja con aspecto de fortaleza, cuya construcción se llevó a cabo entre los siglos XII y XVI. Estaba carrada, así que no pudimos visitar el interior, donde destaca el Retablo Mayor del siglo XVI.

Muy cerca, se hallan el Palacio del Ángel y el Palacio de Barroeta, ambos del siglo XVIII. Otro punto destacado es el Crucero de San Lázaro, cuyo origen se remonta al siglo XVI, si bien fue reconstruido en el siglo pasado.

El casco histórico es pequeño pero muy bonito. No en vano su conjunto de arquitectura popular está considerado uno de los más interesantes y mejor conservados de La Rioja. Y aquí se va un buen rato, ya que es una delicia pasear por el laberinto de calles, algunas porticadas, donde se desarrollaba antaño el comercio y la vida social incluso en los duros inviernos.

Las plazas más interesantes son la del Quiosco y la de la Verdura, en torno a las cuales descubrimos antiguos palacios y casas blasonadas, aparte de muchos ejemplos de casas típicas, que contaban normalmente con tres plantas: la baja la ocupaban los animales, en el establo y la cuadra; en la primera, residía la familia y en la segunda, se hallaba el almacén para guardar los víveres y el forraje.

Más tarde nos acercamos hasta las orillas del río Oja, que se puede cruzar por varios puentes, desde los que vimos un paisaje otoñal muy seductor. En los alrededores, hay paseos y rutas de senderismo. También pudimos ver la que fue estación de ferrocarril, hoy en desuso.


Desde el puente, girando a la izquierda, tomamos una vereda paralela al río que por un agradable camino nos condujo hasta la Ermita de la Virgen de Allende, situada en un pequeña colina, a la que se accede por unas escaleras. De una sola nave, se terminó de construir en 1670, excepto la casa de los ermitaños, a los pies del templo, que data de 1710.

El conjunto es muy fotogénico, si bien su mayor interés radica en el interior, donde destacan las pinturas murales del camarín, de 1706. Se trata de una colección de diez cuadros que representan a ángeles, seis de los cuales portan un arcabuz en lugar de la tradicional espada y que fueron donados por el arzobispo de Lima.

También hay que fijarse en la imagen de la Virgen de Allende, Patrona de la Villa, que data de principios del siglo XIV. La ermita estaba abierta, así que pude verlo todo tranquilamente.

Nos gustó mucho Ezcaray, pero como a esas alturas del otoño la luz se desvanece pronto, decidimos dejar para otra ocasión visitar los alrededores más a fondo y, sobre todo, hacer algunos paseos y rutas de senderismo que vimos aconsejados en varios páneles informativos.

Valdezcaray.
Pensamos si ir a echar un vistazo o dejarlo para la vez siguiente. Al final, la estampa de la nieve en la lejanía nos animó a acercarnos. La Estación de Esquí dista 17 kilómetros de Ezcaray, distancia que se tarda en cubrir unos veinticinco minutos largos, pues la carretera que asciende 750 metros es muy virada, lógicamente. Por el camino, nos encontramos unas vistas muy bonitas, aunque la oscuridad caía rápidamente. También aquí notamos que las hojas otoñales ya no estaban en su mejor momento, quizás por el mal tiempo habido unos pocos días atrás y que originó la primera nevada de la temporada.

Cuando llegamos, el aparcamiento estaba completamente vacío y la estación estaba a punto de cerrar. De hecho, ya no se podía aparcar. Tras contemplar la panorámica durante unos minutos, nos marchamos. Desde un punto en la carretera, divisamos una estupenda perspectiva de Ezcaray, abajo, en el valle.

A continuación, seguimos nuestro viaje hacia Santo Domingo de la Calzada, donde pernoctamos esa noche.
Al otro lado del río Oja, se conserva la antigua estación de tren, hoy es...