Último día del viaje. Casi un mes después de que empezáramos por Moscú terminamos finalmente en Pekín. De una ciudad europea con aire soviético al bochorno y caos de Pekín.
Hemos desayunado en la habitación del hotel y con algo de pereza nos hemos puesto en marcha tras dejar las mochilas en la recepción. El bochorno que hace en Pekín te quita las ganas de vivir. Teníamos pensado para hoy visitar un par de templos que nos quedaban, el del Cielo y el del Lama, pero viendo la locura de masificación turística que hay los hemos descartado. Paso de meterme en colas y andar como borregos para ver un templo más. Pereza máxima ese turismo.
Hemos arrancado por los hutongs que hay cerca del alojamiento. Para ir a recorrer dos barrios donde apenas llegan los turistas y es más la vida del día a día que otra cosa. Hemos empezado por el hutong de Shijia y hemos empezado andando y serpenteando por las calles. Están curiosas, recuerdan a los barrios de Corea pero con un toque más hecho polvo. Los farolillos, ropa tendida, motos eléctricas por todas partes... Andando nos hemos topado con el centro cultural del barrio y escuchando una especie de castañuelas nos hemos metido a cotillear. Había un barecillo en un patio y dos hombres con una especie de castañuelas de bambú. Nos hemos pedido dos cafés para tomarnos en el patio y el chaval de las castañuelas me ha hecho entender que en diez minutos empieza un show muy “divertido” por 5 euros. Cómo no hacerle caso? Nos hemos metido en una especie de aula escolar y de repente nos hemos cascado media hora de un chino contando un cuento que no nos hemos enterado de una mierda. Si te dicen tocando castañuelas que va a empezar un show te imaginas algo rollo percusión, en qué momento me iba a imaginar que era un cuentacuentos. También el chino se habrá partido el culo de ver que no nos enterábamos de nada. He intentado poner el traductor pero no hay manera. Algo de un zorro inmortal que lo decapitaban y no sé si se comían infinitas cabezas o qué pasaba. Nosotros dos y una familia con sus críos, más un hombre grabándonos porque imagino que será la primera vez que se meten dos españoles a escuchar el cuento del amigo. Entre los cafés y el cuentacuentos 20 euros se ha llevado la asociación de vecinos de nosotros, colaborando.
Al salir del centro cultural nos hemos topado con dos bicis azules y hemos probado a desbloquearlas con el Alipay. Facilísimo, en un par de minutos teníamos las dos bicis desbloqueadas y hemos recorrido el hutong con la bici, pasando al barrio de al lado que se llama Dongsi para llegar a una calle más al norte llena de restaurantes, Guijie. Lo de ir en bici por la calle tiene su aventurilla, en los cruces hay que echarle fe porque la gente aun cruzándose coches sigue avanzando y uno no va a ser menos. Nos hemos hecho 7 kilómetros con la bici tan curiosos.
En la calle de los restaurantes parece que lo típico es una especie de cangrejo de rio picante, hasta el punto de que hay dos restaurantes con una de las colas más largas que he visto yo en tiempo. Hemos cogido la vez y la camarera nos ha dicho que tenemos 68 mesas por delante y que al menos hora y media de espera... De locos. Nos hemos metido a un bar que había al lado de sopas y hemos terminado comiendo la sopa más rara que había en la carta yo creo. Una sopa enorme de jengibre y pimienta a la que le echas lo que tú quieras, desde tripas, ranas a cosas más normales como ternera, tofu, champiñones y demás. Hemos intentado hacerla lo más normal posible pero la mezcla de sabores del jengibre y la pimienta se hace potente, además las cervezas chinas yo no sé por qué pero todas las que hemos probado son aguachirri, en los 7 días no he dado con una cerveza en condiciones. Esta vez no hemos acertado con la comida.
De la zona de restaurantes hemos ido andando al hutong más turístico de todos. Nanluoguxiang. Vale que es megaturístico pero está curioso, desde tiendas de Pokémon, cremas, comida, hasta uno de los puestos más desagradables que he visto yo en tiempo. Una especie de puesto donde la gente se tumba a que le quiten tapones de cera de los oídos pero lo mejor es que antes de quitarle los tapones a la gente le meten una microcámara por el oído que proyecta la imagen en una pantalla para mostrar dónde está el tapón y cómo lo quitan. Yo habré mirado durante un microsegundo y ha sido suficiente para traumatizarme y tirarme todo el día con imágenes intrusivas del momento. Qué cosa más asquerosa, pero es que la gente estaba mirando. Ni en los puestos de comida de Pakistán he visto yo semejante guarrada.
De tienda en tienda hemos ido andando hasta la Torre del Tambor. Aprovechando que no había mucha gente hemos subido a la Torre del Tambor para ver una vista curiosa de Pekín en lo alto. Siguiendo el río hemos vuelto al alojamiento pasando por una zona llena de bares con conciertos en vivo, lo curioso es que el concierto lo hacen para llamar la atención porque la gran mayoría de bares tienen a la persona cantando ante nadie, con el bar vacío cantando a todo volumen. Cuando hay un negocio que funciona ponen 20 iguales en la misma calle.
A las 18:00 hemos puesto ya punto final. Didi al aeropuerto y 25.000 horas de avión y esperas hasta Madrid. Buen último día agradable de paseo por Pekín, así da mucho más que metiéndote en los templos.