Hay algo que no te cuentan cuando planificas un viaje a China, y es que una buena parte del tiempo la vas a pasar en trenes. Trenes de alta velocidad, eso sí, que van a trescientos por hora y son más puntuales que cualquier tren que haya cogido en España. Pero horas al fin y al final. La etapa de Jiangnan se cerró en Suzhou, y la siguiente parada era Pekín. Cinco horas de tren. Y la verdad es que me apetecía.
No sé si es que ya llevo días en China y el ritmo de viajar se ha vuelto normal, o si simplemente necesitaba un descanso. Después de ocho días moviéndome entre ciudades, pueblos, templos y jardines, la idea de sentarme cinco horas sin tener que decidir nada me resultaba atractiva. Que el tren supiera a dónde ir y yo solo tuviera que mirar por la ventana.
La estación de Suzhou era enorme, como todas las que he visto aquí. Pasillos larguísimos, torniquetas que escanean el documento, pantallas con los horarios en chino y en inglés. El andén era amplio y limpio, y la gente esperaba en filas ordenadas, algo que me sorprendió porque en otros sitios de China el orden no es exactamente la norma. Cuando el tren llegó, subir fue rápido. Cada vagón tiene un número asignado, cada asiento también, y todo está etiquetado con una pulcritud que casi parece excesiva. Pero funciona.
El asiento era cómodo, amplio, con un respaldo que se reclina lo justo. Delante de mí, en el respaldo del asiento de delante, había una pantalla con la velocidad del tren, la temperatura exterior y un mapa que mostraba el recorrido. Trescientos siete kilómetros por hora. A esa velocidad el paisaje se devora, pero al mismo tiempo da tiempo a mirarlo, porque el tren es tan estable que no se tambalea. Es una sensación rara: vas rapidísimo pero dentro todo está quieto.
Lo primero que vi al salir de Suzhou fue lo que ya conocía: arrozales, canales, pueblos de casas bajas con tejados oscuros. Era ese verde de Jiangnan, intenso y húmedo, que ya se me había quedado como la imagen del sur. El cielo estaba gris, como casi siempre por aquí, pero no era un gris feo, era un gris suave que le daba al paisaje un aspecto de acuarela. Pensé que era un buen comienzo para el trayecto, como si el sur me estuviera despidiendo.
A medida que el tren avanzaba hacia el norte, el paisaje cambió. No de golpe, sino poco a poco, casi sin darte cuenta. Los arrozales fueron desapareciendo, sustituidos por campos de trigo, más secos, más amarillos. Los canales se fueron espaciando, y el agua, que en Jiangnan estaba en todas partes, se volvió más escasa. Los pueblos cambiaron también: las casas ya no eran blancas con tejados oscuros, sino de un color tierra, más toscas, más cuadradas. El verde húmedo del sur se fue tornando en un marrón claro, en un ocre que no sabía que iba a echar de menos hasta que lo vi.
Hubo un momento, quizá a las tres horas de viaje, en que miré por la ventana y el paisaje era completamente distinto al del principio. Llanuras inmensas, casi sin árboles, con campos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El horizonte se veía lejano y plano, sin las colinas suaves del sur. Y el cielo era otro: más amplio, más abierto, de un azul que en Jiangnan no había visto. Empecé a entender lo que querían decir en el foro cuando hablaban de que el norte de China es "otro país".
En el tren también había una vida que observar. A mi lado se sentó una mujer de unos cincuenta años que llevaba una bolsa de tela con fruta y un termo de té. Nada más sentarse, desdobló un pañuelo sobre la mesita plegable, sacó unas semillas de girasol y se puso a comerlas con una destreza que daba gusto verla. Cada semilla entraba, se partía, salía la cáscara y volvía a entrar la siguiente, todo en un movimiento fluido que parecía casi automático. Me ofreció unas cuantas sin decir nada, solo extendiendo la mano hacia mí con la palma abierta. Las cogí, le di las gracias, y nos quedamos las dos comiendo semillas en silencio durante un buen rato. Fue uno de los momentos más bonitos del viaje.
Más adelante, un hombre en la fila de delante se levantó y empezó a hacer ejercicios de estiramiento en el pasillo. Primero pensé que era algo suyo, pero luego vi que otros hacían lo mismo: se levantaban, caminaban un poco, estiraban los brazos, giraban el cuello. Como si el tren fuera un parque. En España la gente se queda sentada hasta el final, aguantando que se le duerman las piernas. Aquí la gente se mueve, y nadie los mira raro. Me pareció una forma muy sana de viajar.
El servicio de comida era sencillo pero eficiente. Pasó una azafata con un carrito, y aunque no entendí nada de lo que decía, le señalé un bollo que tenía pinta de estar caliente. Era un panecillo relleno de algo dulce, aún tibio, y costaba muy poco. También pedí té, que viene en un vaso con tapa y hojas sueltas que flotan dentro. Me quedé con mi té y mi bollo, mirando por la ventana cómo el paisaje seguía cambiando, y pensé que esto era exactamente lo que necesitaba. Sin planificación, sin prisa, sin tener que decidir a qué templo ir o qué jardín ver. Solo el tren, la ventana y el té.
A medida que me acercaba a Pekín, empecé a notar otra cosa: el paisaje se fue volviendo más urbano, pero de una manera distinta a Shanghai. No eran rascacielos de cristal, sino edificios grandes, grises, de líneas más pesadas. Bloques de viviendas, fábricas, algo que parecía industrial. Y luego, de pronto, la ciudad. Pekín aparece ante el tren como una enorme masa urbana, no como una exhibición. Shanghai te recibía con sus torres y su luz; Pekín te recibe con su tamaño.
La estación era monumental. No exagero. Andenes inmensos, bóvedas altas, pasillos que se cruzan en varios niveles. Salir a la calle fue como cambiar de planeta. El aire era distinto: más seco, con mucha menos humedad pero con algo que no sabría identificar, quizá polvo. El sol caía distinto, más directo, sin esa bruma del sur que lo filtraba todo. Y la luz era otra: más blanca, más dura.
No voy a mentir: Pekín me dio un vértigo distinto al de Shanghai. Shanghai era grande y moderna, pero había algo en ella que se parecía a otras ciudades que conozco. Pekín no. Pekín se siente como si pesara. No sé cómo explicarlo. Es como si la ciudad misma llevara encima los siglos, aunque los edificios que veía no fueran antiguos. Hay algo en el aire, en la escala de las avenidas, en la forma en que la gente se mueve, que te dice que esto no es una ciudad nueva. Esto lleva aquí mucho tiempo.
Llegué al hotel cansada, pero de ese cansancio bueno, el de quien ha viajado y ha visto cambiar el paisaje por la ventana. Me asomé a la ventana de la habitación y vi una avenida ancha, árboles alineados, edificios de ladrillo rojizo al fondo. No era bonito como el Lago del Oeste, no era impresionante como el Bund. Era otra cosa. Era el norte.
Mañana empiezo de verdad. Ciudad Prohibida, dicen. El nombre solo ya da respeto. Veremos si la realidad se parece al peso que tiene el nombre.