Sergio es mexicano, de Puebla, tiene mujer y dos hijos y vive desde hace cuatro años en Nueva York. Es arquitecto, pero lo conozco al atenderme en un puesto de hamburguesas. Le echa una mano a un amigo. Ya he comentado que es habitual comer en la mesa de cualquier parque, pero no pensaba que podría comerme mi hamburguesa en el jardín del Instituto Cervantes. Primero ando buscando el edificio para bañarme de un poco de literatura en castellano. Sé que está cerca y le pregunto a Sergio mientras me prepara la hamburguesa. Resulta que mi destino se encuentra casi a la vista. “El edificio tiene un jardín interior, un bonito rinconcito donde usted puede comer su hamburguesa. Es ideal”. “Comer en el jardín del Cervantes”, pienso receloso. Pero cuando llego, efectivamente, el patio ajardinado tiene varias mesitas. Me siento en una y, a pocos metros del exterior ruidoso, pienso lo tranquilo que estoy aquí y lo extraño que me parece comer una hamburguesa con una Coca Cola en el interior de un edificio oficial. La visita rápida por la biblioteca incluye una pequeña charla con Carmen Delibes, sobrina de Miguel Delibes y directora del Cervantes en Nueva York. Hay apartados dedicados a la literatura catalana y gallega, pero apenas algún volumen de literatura vasca. Me habla de la necesidad de donaciones, ya que el presupuesto para adquirir obras es muy limitado. ¿Qué me cuenta de su tío? Que un privilegio conocerle y que era muy cariñoso y familiar. Por mi parte, solo puedo decir que nadie que yo haya leído como él para conocer el carácter castellano. Literatura limpia, de estilo sencillo, de fuerza en los personajes y de intensidad dramática.
Al salir del Instituto Cervantes me encuentro con Sergio, que está esperando el autobús. Grata coincidencia que me ofrece la oportunidad para agradecerle el acierto de su consejo. “¡Qué sorpresa! ¿Visitó usted el Instituto Cervantes?”. “Sí, y comí allí también mi hamburguesa”, bromeo. El autobús que espera no termina de llegar y Sergio nervioso. “¿Hacia dónde va usted?”. “Hacia la zona oeste”, le contesto. Duda y, por fin, me propone. “¿Le molesta que le acompañé? Si no tiene prisa le puedo enseñar el vestíbulo del Hotel Astoria y le llego hasta la Ópera. Me cae de paso”. “De acuerdo”, asiento, aunque despierta en mí un cierto recelo. La precaución se agudiza en territorio desconocido.
Charlamos y enseguida paso a encontrarme cómodo. No me pregunta cuestiones que no hay que responder, como dónde me alojo o cuánto dinero llevo encima. Me cuenta que es de Puebla y vino con su familia de vacaciones. En México no tenía trabajo. “Vine para quince días y ya llevo cuatro años”.
“¿En qué trabajas?”, pregunto.
“Bah, en lo que sale. Ahora estoy en el puesto de hamburguesas. Aquí hay trabajo y no hace falta saber inglés”.
“Ah, ¿no?”.
“Hay mucho hispano en la ciudad. Además, el español está de moda. Los propios neoyorquinos aprenden español”.
Enfilamos por Park Avenue hasta llegar al Hotel Astoria. Con Sergio cuento con el privilegio de recorrer durante una hora Nueva York acompañado de un arquitecto. Nos encontramos frente a la elegante entrada del impresionante edificio.
“¿Se puede entrar solo para ver el interior?”, pregunto.
“Claaaro pues”, me responde resuelto. “Áaaaandele pues”, pienso yo. Sergio continúa la explicación: “En Nueva York puedes entrar a los edificios nomás y verlos. Esta es una ciudad para disfrutarla”. Ya en el interior me explica que todo el vestíbulo es de estilo art-decó y que el edificio se reubicó en 1930, después de que el original fuera derribado para construir sobre él el Empire State.
Seguimos. Sergio es un entusiasta del arte. “¿Visitó la Iglesia Saint Thomas?”. “Sí”. Me explica la alucinante historia de que Saint Thomas no hace referencia a Santo Tomás sino a Thomas Jefferson, uno de los firmantes de la Declaración de Independencia de 1776. “Un padre de la patria elevado a categoría de santo. Los yanquis construyen su historia y sus templos como les viene en gana”, pienso. Vaya con la política y los santos. Ideología y religión tienen muchos puntos comunes, pero aquí se trata de ingredientes que mezclan sin ningún problema para una buena receta de patrioterismo. De hecho, la figura de la parte central del retablo en Saint Thomas es Thomas Jefferson y, junto a él, aparece George Washington.
Continuamos caminando mientras descubro que mi compañero no tiene precio como guía. “¿Estuvo en el Moma?”. “No”, le respondo. Me dice que los viernes es gratis de cuatro a ocho de la tarde. Hay que ir un poco antes porque la cola es larga, pero merece la pena. Le hago caso y la tarde del viernes la dedicaré al museo Moma. Efectivamente, cola larga pero muy fluida y enseguida me encuentro en el interior de este templo del arte de seis pisos de altura que alberga exposiciones temporales de arte moderno junto a obras permanentes ya consagradas; Van Gogh, Miró, Matisse, Dalí (La persistencia de la memoria, para mi sorpresa es un cuadro pequeño) o Picasso, con Las señoritas de Avignon o mi admirado Los tres músicos.
Ya junto a la ópera me despido de Sergio. Una última recomendación: “Pasée por la High Lane. Es una línea de metro que atravesaba la Décima y que se anuló porque se consideraba un trayecto peligroso. Ahora es un bonito paseo desde la calle 30 hasta la 10”. Al separarnos siento una punzadita de culpa por haber tenido al principio un sentimiento de cierta desconfianza hacia él, pero decido que es natural si se piensa que hay ser precavido. Me despido muy cordialmente de Sergio tratando de responder, aunque sea muy superficialmente, a su gran generosidad.

Instituto Cervantes. Con ese nombre parece que vas a entrar en un recinto inmenso y, tratándose de Nueva York, camino de ser un rascacielos. ¡Pues no!, es un pequeño espacio al que se accede a través de un jardincillo (en la imagen). Puedes sentarte en una de esas mesitas coquetas, casi propias de una casa de muñecas, y disfrutar de la tranquilidad mientras das cuenta de tu comida previamente adquirida to go. Luego adentro, a disfrutar de la biblioteca. Se encuentra en la calle 49 entre la Segunda y la Tercera Avenida. Obsérvese la atrayente, casi hipnótica, figura del gato rojo en la parte superior izquierda de la imagen.