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de por aquí, de por allá -Diarios de Viajes de Africa- Juliomad
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Diario: de por aquí, de por allá  -  Localización:  Africa  Africa
Descripción: relatos de mis viajes por Angola, Namibia y Santó Tomé
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Índice del Diario: de por aquí, de por allá


Etapas 1 a 3,  total 16
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Etapa: Quissama I  -  Localización:  Angola Angola
Descripción: relato de la exscursión al parque de Quissama Angola
Fecha creación: 09/07/2019 10:59  
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Por el horizonte clarea un día que amenaza con ser caluroso y húmedo. Grandes nubarrones negros cubren el cielo de Luanda impidiendo que el sol comience a iluminar las miserias de la ciudad. No son aún las seis de la mañana cuando Adri y yo abrimos el portón de la casa y salimos a la calle para esperar el coche que debe venir a buscarnos. Desde detrás de la furgoneta, aparcada en el patio, sale todo presuroso y algo adormilado Bonito nuestro guardia para despedirnos. Andamos por el centro de la calzada camino de la avenida, los “seguranzas” que dormitan arrebujados bajo una manta en sus sillas delante de las viviendas, abren un ojo a nuestro paso y nos saludan con un gesto de la mano. Nosotros les devolvemos el gesto. No hemos llegado a avanzar unos cincuenta metros cuando desde la calle principal, aparece haciendo un giro un inmenso land rover con todas las luces encendidas que avanza rápido hacia nosotros. Nos hacemos a un lado. El vehículo de color amarillo y con el nombre de una empresa de turismo pintado en sus laterales se detiene a nuestra altura. Un hombre asoma la cabeza por la ventanilla y sonriendo pregunta por Adriana. Tras confirmarlo, nos abre la puerta y subimos al todoterreno.

[align=justify]El interior del vehículo está oscuro, pero adivino que además de la persona que nos ha hablado y el conductor, hay otros dos asientos ocupados. Saludo en inglés y portugués, los hombres, luego averiguaremos que son alemanes, devuelven el saludo en inglés. Tras acomodamos en la fila de asientos del medio y abrocharnos los cinturones de seguridad, el coche se pone de nuevo en marcha. Pasamos por delante de la puerta de nuestra casa y veinte metros más allá llegamos a la calle de tierra que marca el límite entre nuestro pequeño barrio de clase media y el inmenso barrio de chabolas. Oigo como los dos alemanes, sentados en la última fila de asientos, cuchichean entre si al ver las humildes casitas que se amontona unas sobre otras y a las mujeres y niños que ya a esas horas forman cola delante de la única fuente de agua potable que hay, para conseguir llenar en el caño sus bidones y barreños.

Realmente cada vez que he venido hasta este punto de la calle y han sido varias, ya que solemos comprar los tomates y los pimientos para las ensaladas a unas mujeres que ponen aquí su puestecito, siento que estoy en un frontera. Concretamente en la frontera más clara y nítida de todas en las que haya estado nunca. No es una frontera física, o quizás sí, entre países, ni entre etnias, no hay puestos de control tampoco garitas, ni policía, ni oficiales de inmigración ni tienes que enseñar el pasaporte, tampoco hay banderas con colores distintos. Es una frontera mucho más profunda y diferenciadora entre dos mundos. A un lado el mundo de casas de tres plantas, espaciosas, de buena construcción, con teles planas de cincuenta pulgadas y antenas parabólicas en los tejados, de aires acondicionados en cada habitación, de wi-fis, de pequeños jardines de cuidado y verde césped protegidas por altos muros, y sobre todo con agua corriente saliendo de los grifos, regando los jardines, llenado las cisternas y lavadoras, saliendo de las alcachofas de las duchas. Y al otro lado el submundo de calles y callejuelas de tierra apisonada, con regueros de agua macilenta corriendo por su medio, con viviendas bajas de como mucho 15 metros cuadrados, con sus paredes hechas de adobe y excrementos con tejados de chapa, plástico o uralita, hacinadas unas al lado de otras, insalubres, sin servicios de ningún tipo, sin luz, más allá de la que alguien roba por medio de una cable que cuelga flácido de una farola cercana o la que proporciona una lámpara de petróleo y sobre todo sin agua. Cuesta imaginar una vida en la que no hay agua para que la gente pueda bañarse, pueda cocinar, pueda limpiar, asear su casa, lavar sus platos más allá de las que puedan acarrear las mujeres y los niños desde la fuente en los bidones.
Tras una maniobra y tras cambiar de sentido, dejamos atrás las chabolas y nuestra casa y nos introducimos de cabeza en la gran avenida, que vertebra nuestro barrio luandés de “Maianga”, por lo temprano de la hora aún no hay mucho tráfico pero pese a ello el anuncio de las congestiones que se formaran un poco más tarde ya está presente. No han pasado ni cinco minutos desde que nos recogieron pero ya ha terminado de amanecer. Siempre me han gustado los amaneceres, tienen un algo mágico como de renovación. Un nuevo día cargado de ilusiones y anhelos, de sueños forjados por las noches aun por cumplir, de esperanzas aun intactas, de oportunidades dispuestas y listas para ser aprovechadas. Es un lienzo en blanco aun no manchado por las miserias del día a día Mientras avanzamos hacia el exterior de la ciudad, nuestro guía nos comenta como será el día. Cómo discurrirá la excursión al parque nacional de Quissama.

Hemos dejado atrás la ciudad y avanzamos a buena velocidad por la carretera que va al sur, hacia cabo Ledo, el trafico como en todas las carreteras angolanas es caótico e imprevisible. Al final el día está nublado y poco luminoso y parece que va a hacer bochorno. Lo alemanes hablan entre ellos y Adri dormita apoyada en mi hombro, yo voy contemplado el paisaje. La carretera discurre entre el gris del océano atlántico a la derecha y un bosque interminable de inmensos baobabs a la izquierda que se levantan sobre el seco terreno que forma aquí la costa angolana. Son los baobabs, arboles solitarios y gigantescos, literarios, de tronco inabarcable y altas ramas terminadas en pequeñas hojas verdes y de semillas tan grandes como melones que cuelgan de las ramas y que llaman “macua” y de las cuales los angolanos tras rayarlas y dejarlas fermentar, producen un licor casero de sabor agradable y ligeramente alcohólico. De esto último puedo dar fe que no es enteramente cierto y que el resultado es algo más que ligeramente alcohólico.

Habrá transcurrido más o menos una hora desde que salimos de Luanda, cuando hacemos nuestra primera parada. Dejando la carretera, nos introducimos por un camino de tierra y al poco llegamos a lo que llaman el “Miradouro da lua”, el Mirador de la luna. Descendemos del coche. El aire es pegajoso, húmedo, pesado. Andando nos dirigimos al borde de la escarpadura. A nuestros pies se extiende una visión casi mágica, fantasmal, un lugar donde la lluvia y el viento ha producido al erosionar la tierra un paisaje donde cientos de montículos de color marrón o gris y de diversas alturas se extienden hasta la misma orilla del océano y en el que solo algunos arbustos dispersos aquí y allá rompen con su verdor la monocromía imperante. El mirador en si es un despeñadero que se extiende kilómetros a ambos lados de donde estamos situados y es un espectáculo en sí mismo. Bandas de tierra de colores ocres, de rojos, de amarillos recorren longitudinalmente sus paredes provocando un vivo contraste con lo que vemos una centena de metros más abajo, con el azul del mar y con el gris negruzco de las nubes que cubren todo el cielo. Impresiona mirar a la derecha o la izquierda y ver como los colores terminan por difuminarse y fundirse en el horizonte. Realmente el nombre del lugar no puede estar mejor elegido, es como estar dentro de una alucinación y no desentonaría en una película de ciencia ficción formando parte de un paisaje lunar.
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Ver Etapa: Quissama I




Etapa: Quissama II  -  Localización:  Angola Angola
Descripción: relato de nuestra excursión al Parque de Quissama ( Angola)
Fecha creación: 09/07/2019 11:00  
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Hemos llegado al segundo de nuestros destinos, una especie de reserva de europeos aficionados a la observación de aves. Un lugar con un cuidado sendero de grava de donde como las ramas de un árbol desde el tronco principal salen pequeños caminos que llevan a una decena de coquetas cabañas hechas en madera, en cuyas terrazas y al lado de sillas y tumbonas se amontonan potentes binoculares e impresionantes cámaras de fotos dotadas de gigantescos teleobjetivos que apuntan a la otra orilla del rio. El lugar está situado en la misma desembocadura del rio Kwanza. El rio que sirvió de entrada al interior de Angola a los conquistadores portugueses y de salida a millones de personas esclavizadas de camino al nuevo mundo.
Avanzamos por el sendero que discurre entre un cuidado césped y preciosos parterres de flores cuando nuestro caminar al edificio central del complejo se ve interrumpido por una inmensa cerda rosada con manchas negras que tumbada en medio de la grava amamanta a no menos de ocho pequeños lechones. Al acercarnos la cerda levanta la cabeza y lanza un gruñido, los cerditos ajenos a nuestra presencia siguen mamando ávidamente. Decidimos por precaución salirnos del paseo y pese a los carteles prohibiendo pisar la hierba, es justo eso lo que hacemos, pisar la hierba para evitar a la cerda.
El edificio central no es solo la recepción, sino también una tienda de recuerdos, que solo tiene el nombre, un espacio común que sirve como zona de encuentro y el restaurante. Es a este último lugar a donde nos dirigimos para desayunar. El sitio aparte del consabido buffet, con huevos revueltos, salchichas, beicon, diversos embutidos, quesos frescos, zumos de frutas tropicales, café y té, tiene las paredes de madera completamente cubiertas con fotos donde orgullosos pescadores , todos ellos blancos, posan junto a sus ayudantes, todos ellos negros, mostrando sus piezas capturadas, todas ellas peces gigantescos. Tras llenar mi plato con huevos, salchichas y un poco de queso y coger un café y un zumo, me dirijo a la gran terraza que da al rio y me siento en la mesa comunal junto con Adri, los alemanes y nuestro guía. Bromeamos con las fotos y contamos chistes sobre pescadores. Una pequeña lancha con dos hombres en ella cruza el rio por delante nuestro a toda velocidad, a su paso unas aves levantan el vuelo desde la otra orilla. Una pequeña garza blanca, sin embargo sigue posada en uno de los pilotes que forman el embarcadero. João el guía nos comenta que el lugar donde estamos está cogiendo fama entre los europeos y norteamericanos como un buen sitio para practicar la observación de aves. La verdad es que el sitio está perfectamente enclavado justo en la desembocadura de un gran rio, con la selva rodeándole y alejado de cualquier perturbación que impida el disfrute de la visión de los pájaros a los amantes de esta tranquila actividad.
Desde el embarcadero y dando un pequeño salto no subimos a la barca en la que haremos la excursión por el rio. Es una nave de plástico, de color blanco, grande, que puede acoger sin problemas a una decena de personas aunque hoy solo viajamos la mitad, con un potente motor fuera borda. Una vez nos acomodamos en nuestros asientos y despacio comenzamos la travesía. Tras cruzar navegando bajo el gran puente, que permite a la carretera salvar el rio, y saludando con la mano a los obreros que 30 metros más arriba están repintando por la parte inferior el tablero del mismo y dejar a nuestra izquierda las ruinas de lo que alguna vez debió ser el edificio principal de una hacienda nos despedimos de lo que de alguna forma se puede entender como civilización y porque no, de lo que llamamos realidad.
De pronto y tras un recodo las orillas se ven ocupadas por una muralla verde y marrón formada por centenares de arboles de todos los tamaños y tipos. Algunos de ellos intentan sobresalir sobre el resto de sus congéneres en altura, otros tienen grandes hojas, de algunos se desprenden lianas, gruesas como una maroma, que llegan hasta el rio y por las que de vez en cuando descienden monos, pequeños y rojos, para beber agua, otros tienen llamativas orquídeas en sus ramas. Nuestro horizonte visual de repente se ha visto limitado a las oscuras aguas del rio Kwanza, al nublado cielo angoleño y el verde oscuro, casi ominoso de la arboleda. Solo el sonido de restos de ramas, de hojas, de restos de plantas, de nenúfares que arrastra el rio y que golpean la proa del barco en nuestra navegación nos hacen sentir que avanzamos.
Del interior de la selva, intrincada, oscura, de aspecto poco amistoso nos llegan los gritos de los monos y los cantos de aves que no vemos. De repente sin hacer ruido un águila blanca levanta su pesado vuelo desde la rama donde estaba posada. Seguimos remontando el rio, el paisaje permanece inalterable, el mismo cielo encapotado, el mismo aire pegajoso, la misma agua oscura casi negra, los mismos arboles en ambas orillas en cualquier tonalidad de verde, el mismo meandro un poco más adelante, y al adentrarnos en él no cambia nada, quizás solo el color o la disposición de las flores que adornan algún árbol y que quizás notar que el siguiente meandro se abre en la otra dirección.
Nos acercamos a una orilla, da igual a cual son indistinguibles en busca de cocodrilos. Desde la tierra nos llega un olor dulzón, a humedad, a moho, a podredumbre y descomposición. Con una linterna João ilumina los rincones más oscuros y recónditos debajo de las marañas de raíces, lianas y de ramas caídas en busca de un brillo, de un resplandor, que delate los ojos de las bestias. Todos miramos expectantes, sin saber muy bien que tenemos que descubrir o ver pero no tenemos suerte. Parece que hoy los cocodrilos han decidido no venir a su cita con los turistas.
Reanudamos la marcha y al poco sorprendentemente nos cruzamos con un pequeño bote de madera y en el hay un pescador de pie, manejando la barca con un largo palo. Nos hace un saludo con la mano, nosotros le saludamos también. Instantes después tras un recodo del rio y en un claro de la selva junto a la orilla vemos un poblado. Tres chozas muy humildes, construidas con barro, delante de una de ellas hay una lumbre encendida con un gran puchero humeante encima, al lado de otra de las casitas y medio oculto por la maleza hay un pequeño huerto donde hozan un par de pequeños cerdos. Hay ropa extendida en el suelo puesta a secarse. Unos pollos que andan libres por todo el terreno picotean de vez en cuando el suelo. Unos niños juegan en el centro de la minúscula aldea. Desde la barca vemos sus caras sonrientes y nos llegan sus gritos y risas. Es una visión que dura segundos. Mentiría si dijese que unas cuantas imágenes literarias y cinematográficas no acuden en este instante a mi mente pero ni pertenezco a la compañía, ni buscamos a Kurtz, ni este con la imagen de un sudoroso, febril y clarividente Marlon Brando nos muestra el horror desde el fondo oscuro de su alma.
Lo único cierto es que la sensación de irrealidad se vuelve cada vez más real. Avanzamos pero parecemos estar siempre situados en el mismo sitio. El rio avanza entre la selva retorciéndose sobre si mismo como una serpiente. El cielo sigue cubierto de nubes negras que amenazan con dejar caer el diluvio sobre nosotros en cualquier instante. El agua tan oscura que simula ser casi solida, parece querer llevar la contraria a aquel filosofo de hace 2500 años con el que comparte adjetivo y aparenta ser siempre la misma, el aullido de los monos y el canto de las aves suenan exactamente igual que los que oímos hace 10, o puede que fueran 15 minutos, los arboles que pueblan las orillas son indistinguibles unos de otros y exactamente los mismos, incluso diría que se tuercen de la misma manera, que los que dejamos atrás en la última revuelta. Las flores, siempre blancas o rojas, aparecen siempre en los mismos arboles y a la misma altura. El monótono sonido de las ramas que arrastra el agua al chocar contra nuestra embarcación nos acompaña desde el mismo comienzo. Todos estamos en silencio. Sí sé que avanzamos es porque la excursión dura dos horas y aún no hemos dado la vuelta.
Por fin, después de introducirnos por un recodo del rio, noto un cambio, y veo como las plantas, las hojas, las ramas desprendidas de los arboles que golpeaban el barco ahora avanzan en nuestra misma dirección. En un momento dado la selva se aclara y al fondo se ve una pequeña montaña, al instante los arboles, celosos, se vuelven a cerrar sobre las orillas. Pero es como si con ese claro algo se hubiese roto, y el no espacio y el no lugar en el que estábamos inmersos, comenzase a deshilacharse. De repente un pequeño felino aparece en la orilla, para desaparecer acto seguido entre los árboles. Un rayo de sol, se abre paso tímidamente entre las nubes e incluso el monótono y repetitivo sonido del motor de la embarcación parece que suena de forma diferente.
Veo como los alemanes, con sus rostros ocultos por gafas de sol, se han puesto sus gorros de explorador y se embadurnan los brazos con protector solar, mientras beben agua de las botellas que sacan de la nevera. Me acerco yo también a la nevera y cojo una cerveza. Adriana está sentada a mi lado, la miro su rostro que rezuma tranquilidad y paz, alargo la mano y cojo la suya, la aprieto con fuerza, me mira y sonríe.
Cruzamos de nuevo el pequeño poblado que ahora queda a nuestra derecha y para mi es una muestra de que la realidad está ahí y de que casi hemos vuelto al aquí y ahora. Minutos después, veo un gran camión cruzar por encima de las copas de los más altos arboles, lo que hace un rato hubiese sido una muestra más de estar en una realidad paralela, ahora solo es una señal de que el gran puente está cerca. Tras una última curva el rio se abre y la selva retrocede y deja paso a una llanura despejada y es entonces cuando la realidad termina de imponerse definitivamente. Vemos de nuevo los edificios abandonados y volvemos a cruzar bajo el puente donde los obreros colgados siguen pintando. Cruzamos sin detenernos el embarcadero donde empezamos el viaje y llegamos hasta la cercana desembocadura, justo donde las oscuras aguas del rio se mezclan y disuelven con las azules aguas del atlántico en una orgia interminable que produce pequeñas olas de espuma blanca. Justo en el límite de ambos poderes hay una pequeña barca donde unos pescadores lanzan sus redes en busca de fortuna. Paremos el motor y nos quedamos unos minutos al pairo meciéndonos entre ambas aguas.
Cuando volvemos al embarcadero es la hora de comer. En Angola se sigue la costumbre portuguesa y se come temprano, así que vamos derechos al restaurante. Mientras terminan de preparar el buffet para la comida Adriana y yo nos tomamos un par de cervezas mientras caminamos por el recinto, disfrutando del jardín y comentamos sobre la gente que ocupa los pequeños bungalós. Al final terminamos echados en las tumbonas del solárium que están dispuestas al lado de la piscina, mirando como el cielo se va despejando y las negras nubes van dejando el espacio al limpio azul. Para comer elijo pescado y ensalada. No sé qué pescado es, solo que lo han pescado en el rio y está exquisito. Nos sentamos en la terraza frente al estuario del rio. Comentamos el viaje en un batiburrillo imposible de inglés, portugués, español y alemán. Después de la comida, disfrutamos de un aromático café angolano. Vemos a una cerda, puede que la misma cerda de antes, que se pasea tranquilamente por la orilla del rio como si una vieja dama se tratase. Cuatro niños juegan entre los pilotes que forman el embarcadero. El sol al final se ha impuesto y el cielo luce limpio y azul.
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Ver Etapa: Quissama II




Etapa: Quissama III  -  Localización:  Angola Angola
Descripción: relato de la visita al Parque de Quissama ( Angola)
Fecha creación: 09/07/2019 11:07  
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África, una vez más se vuelve a imponer. Estamos detenidos ante la única de las de las cinco cabinas existentes que está habilitada para pagar el peaje de la autopista, cuando una cabra que no se sabe muy bien de donde ha salido se pone a deambular entre los carriles vacios. El animal cruza por delante de nuestro coche y se para en la isleta de cemento que separa nuestra cabina de la siguiente, después como si tuviera miedo y muy despacio baja a la calzada, olisquea y se pone a mordisquear las hierbas que crecen entre las grietas del asfalto. Pagamos y seguimos nuestro camino. Cruzamos el gran puente ahora por su parte superior y contemplamos desde arriba las aguas que hemos navegado no hace mucho, pasamos por delante de donde está colgada la barcaza en la que están los obreros que siguen pintando el puente. Casi me dan ganas de pedir que paremos y saludarlos.
Según comentan, antiguamente Angola era un paraíso de fauna salvaje donde había elefantes, rinocerontes, hipopótamos, toda clase de antílopes, aves, cocodrilos, pero los muchos años de guerra, los bombardeos, las minas, la caza indiscriminada terminaron por casi exterminar a todos estos animales. Ahora el gobierno está reintroduciéndolos, en espacios protegidos como el parque que vamos a visitar, trayendo animales de países vecinos. Recuerdo como en un viaje entre la ciudad de N’dalantando y su vecina Dondo un adolescente sentado en la cuneta de la carretera, ofrecía para la venta y posterior consumo, un felino de mediano tamaño que acababa de cazar. También la única vez que he visto una palanca negra, el antílope que es el símbolo nacional, ha sido en una escultura a tamaño real hecha por un artista local que había a la entrada de la fábrica de cervezas de Dondo.
Al poco llegamos a la entrada del parque nacional de Quissama, estacionamos mientras el guía saca las entradas, mientras esperamos a terminar el tramite vemos unos pequeños monos de color negro rebuscar entre el montón de basura, latas botellas de plástico, restos de comida, que hay tirada en el aparcamiento. Una vez con las entradas en la mano nos ponemos nuevamente en marcha. Avanzamos por el interior del parque unos 10 ó 15 minutos hasta llegar a una zona de edificios que permiten pasar la noche dentro del parque. Es la última oportunidad que tendremos de ir al baño hasta que volvamos a Luanda. Todos bajamos del coche. Adri me comenta que había pensado que hiciésemos noche ahí pero que antes quería ver cómo eran las instalaciones. El lugar es precioso. Floridas buganvillas de flores rojas y amarillas cubren las paredes. El comedor es sencillo pero agradable, con amplias ventanas de medio punto que permiten ver el paisaje, en una esquina hay una chimenea con unos troncos ardiendo. Una de las mesas está ocupada por una pareja de media edad, ambos indudablemente angolanos, que disfrutan de una botella de vino. Nos enteramos que todas las noches hay un concierto de música en vivo. Salimos y nos acercamos al mirador. El rio Kwanza ancho, interminable se extiende a nuestros pies, vemos la selva que hace poco nos agobiaba y rodeaba y vemos los campos de cultivo que se extienden más allá de ella. Al fondo a la derecha al lado de lo que parece un palmeral perdido en el paisaje se ve un pequeño pueblo.
Nos volvemos a reunir y descubrimos que a nuestro vehículo le han quitado la lona que cubría el techo y que podemos viajar de pie. Vemos también un guardia armado con un kalashnikov sentado en el asiento del copiloto. El guía nos comenta que por motivos de seguridad, para evitar ataques de algún animal salvaje, nos acompañará durante todo el viaje. Miro a Adri con incredulidad, ella hace un gesto de resignación con sus manos, nos reímos y montamos en el coche.
Avanzamos por caminos polvorientos, altas hierbas crecen al borde del camino, según nos introducimos en la reserva vemos solitarios baobabs y bosquecillos de acacias. Reconozco que esto nervioso, inquieto por la posibilidad de ver animales en libertad. Al poco, de entre la maleza veo surgir el cuello largo de una jirafa. Su andar es tranquilo y elegante, le siguen otras dos jirafas algo más pequeñas, se acercan a las acacias y sin preocuparse de nosotros mordisquean las espinosas hojas de los arboles. El coche disminuye la velocidad, mientras nosotros disparamos fotos sin parar. La agitación se apodera de los cuatro turistas. Avanzamos despacio y las jirafas van quedando atrás. Según avanzamos nos cruzamos con otros grupos de jirafas, nunca más de tres o cuatro ejemplares en cada grupo. Vemos un grupo numeroso de gacelas. Son animales gráciles de color marrón claro con el vientre blanco y una gran franja negra separando el marrón del blanco y una pequeña cola de color oscuro que mueven incesantemente. Los machos están adornados con dos largos cuernos, mientras que los de las hembras son diminutos o inexistentes. Ramonean tranquilamente las secas hierbas. Avanzamos entre altas hierbas y unos árboles de tronco no muy grueso que solo se ramifican en su copa. João nos comenta que se llaman miombos y que son endémicos de la sabana africana, también nos explica que tienen la particularidad que a pesar de ser de hoja perenne y dependiendo de la estación sus hojas cambian de color, siendo rojizas o marrones en el periodo seco y verde en el periodo húmedo. Pese a ser octubre y que el “cazimbo”, el periodo seco, debería haber terminado hace ya un mes las hojas de los arboles lucen de un color marrón.
Preguntamos si en el parque hay leones, el guía nos dice que no, pero que están en contactos con el gobierno de Kenia para reintroducirlos. Entra los arbustos vemos un grupo de Ñus. Me sorprende un poco ver los delgados que están, se les notan las costillas, aunque imagino que es que son así y soy yo que se había hecho una idea equivocada de estos animales que rápidamente se pierden entre los arbustos de la sabana. El guardia nos propone ir a buscar elefantes. Todos aceptamos encantados. Nos salimos del camino marcado y nos introducimos entre los altos matorrales por una estrecha senda apenas visible. Cuando digo altos no exagero, las hierbas llegan hasta la parte superior de la ventanilla del todoterreno. Cruzamos bajo las ramas de un árbol donde hay una pareja de monos despiojándose. Llegamos a la orilla de un rio pero nada, siguiendo las indicaciones del guardia el coche recula, gira y avanza en otra dirección, la vegetación se vuelve cada vez más tupida y densa, los matorrales y cañas golpean con fuerza los laterales del coche, realmente no sé si el conductor sabe el camino que debe seguir o vamos un poco a ciegas. Avanzamos por medio de la sabana, no se ve que sigamos ningún camino o sendero hasta llegar a un pequeño bosque de arboles donde nos detenemos, aquí según el guía se vieron elefantes hace un par de días. Escrutamos el horizonte con los prismáticos. Vemos aves y más gacelas de diversos tipos, pero ningún elefante. Pienso que el elefante no es un animal tan pequeño que no lo viésemos a simple vista. Al final nos damos por vencidos, parece que los elefantes se han ido a otra parte del parque algo más alejada.
Hemos vuelto al camino principal, y de repente de entre los arboles aparece un animal precioso. Es una especie de antílope que no había visto nunca. Es un mamífero grande de pelaje marrón claro o gris y con una crin blanca que les recorre todo el lomo y lo que más me llama la atención son sus grandes orejas que tienen su interior de un color rojizo intenso. Además los machos poseen unos cuernos curvos imponentes. Son Kudos nos comenta João. Los animales como si fuesen modelos acostumbrados a la fama, se quedan en el sitio mientras les fotografiamos.
Empezamos a regresar, el sol se empieza a poner tras nosotros dejándonos un atardecer impresionante, con un cielo por fin limpio de nubes que parece arder en todas las tonalidades de amarillo. Al paso del coche de entre los matorrales salen corriendo asustados una familia de jabalís verrugosos. Poco después y como si quisieran despedirse una familia de jirafas sale a nuestro paso y cruzan por detrás del coche dejando que su silueta se recorte sobre el atardecer ofreciéndonos la estampa que todo el mundo espera de África cuando hace un safari fotográfico.
Es noche cerrada cuando salimos del parque y nos dirigimos de vuelta a Luanda. Viajamos en silencio. Según nos acercamos a la ciudad el tráfico se incremente hasta quedar atrapados en un embotellamiento a la entrada de la ciudad, justo al lado de un nuevo y gigantesco centro comercial. El centro de únicamente dos plantas de altura pero a cambio muy ancho y largo es feo y hortera, como sólo pueden serlo los edificios construidos para impresionar. La fachada en supuesto mármol blanco está recorrida enteramente por luces de neón de color rosa y azul. En el techo se ven los aparatos del aire acondicionado, a la entrada una fuente con delfines también hechos en neón dan la bienvenida a los posibles clientes. Realmente tiene más pinta de club de carreteras que de centro comercial. Colocado en la fachada un cartel anuncia el precio de alquiler de los locales; desde 500 $ el m2. Así que ya sabéis, si estáis pensando en poner un local en un centro comercial hortera y a la última en Angola estos son los precios que se manejan.
Por fin acabamos por entrar en Luanda. Lo hacemos por la zona de Quinanga, una zona de condominios para gente con posibles y concesionarios de marcas de lujo y tras pasar Chicala, una zona de chabolas y pobreza extrema junto al mar, nos dirigimos hacia el centro de la ciudad para dejar a los alemanes en su hotel de 4 estrellas. Tras despedirnos de ellos, el coche se dirige ahora a dejarnos en nuestra casa. Nuestro barrio no está lejos del hotel de los alemanes y llegamos en poco tiempo. Les pedimos que nos dejen en la esquina de nuestra calle ya que nos queremos tomar una cerveza antes. Tras despedirnos de João y el chofer, nos dirigimos al bambú. Nos sentamos en el jardín del spa y nos pedimos dos Cucas, nuestra marca preferida de cerveza angolana. Nos relajamos mientras las saboreamos despacio y charlamos del día.
Son cerca de las 8 de la tarde cuando llegamos a casa y estamos realmente cansados. Aun así Adri tiene que responder unos correos del trabajo. Tarda el tiempo que yo utilizo en darme una ducha. Es en momentos así cuando echo de menos que la casa no tenga agua caliente, pero al menos tenemos agua me consuelo. Ella termina de ducharse y nos metemos en la cama. No tardamos en quedamos dormidos, arrullados por la música electrónica con la que siempre nos deleita nuestro vecino D.J. de la casa de enfrente, que todas las noches parece tener fiesta en su casa.[img] [/img]
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  Últimos comentarios al diario  de por aquí, de por allá
Total comentarios 1  Visualizar todos los comentarios

Yennefer  Yennefer  09/07/2019 18:00   
Buen comienzo para el relato de tus viajes por aquí y por allá. Espero poder seguir leyendo. Saludos.

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Fecha: Mar Jun 25, 2019 08:03 am    Título: Re: ¿Qué país de África elegir?

Si es tu primer viaje a Africa, uno de los lugares que te recomendaria es Sudafrica. Tienes animales (parque Kruger), paisajes, puedes entrar en Lesotho para ver un africa menos "civilizada" y tienes toda la costa entre Port Eliasabeth y Ciudad del Cabo para estar en playas variadas. Depende tambien de la epoca en que vayas a viajar, en Agost´o, ahí abajo es invierno, asi que lo de la playa es mas complicado. Otro lugar que he recomendado muchas veces para visitar como "iniciación" al africa negra es Gambia. Un viaje de diez o doce dias, alojandote en hoteles en la costa, con...  Leer más ...
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Fecha: Mar Jun 25, 2019 04:37 pm    Título: Re: ¿Qué país de África elegir?

Para ver fauna los mas indicados son Kenia y Tanzania, donde puedes vistar alguna etnia, como los masai.
Las fechas tambien influyen, ya que no es lo mismo viajar en julio que en febrero . Amistad Amistad
carlosmartinez80
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Jun 20, 2019
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Fecha: Mie Jun 26, 2019 12:16 pm    Título: Re: ¿Qué país de África elegir?

Hola buenos dias
Muchas gracias ,por la información, si tengo que elegir entre ver animales o playa, prefiero animales , aunque estaría bien 2 días de playa
Muchas gracias
studebakersalamanca
Studebakersalamanca
New Traveller
New Traveller
Jun 23, 2019
Mensajes: 2

Fecha: Mie Jun 26, 2019 06:01 pm    Título: Re: ¿Qué país de África elegir?

nos iremos en septiembre a etiopia en plan mochilas.... apuntate si tienes tres semanas para hacer un viaje al norte... y si todo sale bien algo del sur.
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Indiana Jones
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Abr 07, 2008
Mensajes: 1681

Fecha: Mar Jul 02, 2019 09:19 am    Título: Re: ¿Qué país de África elegir?

Poca gente se plantea el golfo de Guinea y si lo hace es para elegir Ghana y en menor medida Camerún. En mi opinión, Burkina Faso (aunque no es propiamente el golfo de Guinea) es un país genial, que se puede hacer perfectamente por libre: aunque el transporte público es muy limitado en el País Lobi, los ejes Ouga-Bobo-Banfora y Ouaga-Po (para el País Kassena) están muy bien comunicados. A mí me encantó, la gente es muy amable, los paisajes son muy bonitos y sin tener nada que quite el hipo, sí que es un país muy interesante. Otro país de la zona increíble es Benín, con un rollo muy...  Leer más ...
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