Una semana en la isla de Guadeloupe.
Descubriendo la Grande-Terre atlántica, Les Saintes, el interior volcánico de Basse-Terre, la Reserva Cousteau y la vida criolla de Pointe-à-Pitre. Autor:JMGTFecha creación:⭐ Puntos: 5 (2 Votos)
Mapa de Guadalupe, la isla caribeña que descubrimos buscando las localizaciones de Death in Paradise.
Durante años habíamos visto imágenes de una pequeña comisaría junto al mar, playas tropicales, carreteras bordeadas de palmeras y pueblos caribeños llenos de color. Todo formaba parte de la serie británica Death in Paradise, una de esas producciones que consiguen que el escenario se convierta casi en un personaje más de la historia.
Con el tiempo empezamos a preguntarnos dónde estaba realmente aquella isla.
La respuesta era Guadalupe.
Hasta entonces sabíamos muy poco sobre ella. Apenas que era una isla del Caribe y que, sorprendentemente, seguía formando parte de Francia. Cuanto más investigábamos, más curiosidad nos despertaba. No solo descubríamos las localizaciones de la serie, sino también una isla mucho más diversa de lo que imaginábamos: selvas tropicales, volcanes, cascadas, playas espectaculares, pequeñas islas satélite y una mezcla cultural profundamente caribeña a pesar de su condición de territorio francés.
Aquello acabó convirtiéndose en un viaje.
Guadalupe no suele aparecer entre los grandes destinos del Caribe. Cuando se piensa en esta región del mundo suelen venir antes a la cabeza lugares como República Dominicana, Cuba, Jamaica o las Bahamas. Sin embargo, precisamente esa relativa discreción fue una de las cosas que más nos atrajo. Teníamos la sensación de estar viajando a un Caribe diferente, menos orientado al turismo masivo y más auténtico.
La isla tiene además una geografía singular. Vista desde el aire parece una mariposa. Al oeste se encuentra Basse-Terre, la parte más montañosa y verde, dominada por la selva tropical y el volcán de la Soufrière. Al este aparece Grande-Terre, más seca y llana, con algunas de las playas más conocidas del archipiélago. Entre ambas se extiende una estrecha franja de manglares y canales que separa dos mundos muy distintos.
Nuestro plan consistía en recorrer ambas partes de la isla sin prisas, descubrir algunos de los escenarios de la serie que había inspirado el viaje y aprovechar para explorar también rincones menos conocidos.
La casa de Pointe Batterie, rodeada de vegetación tropical, que fue nuestra base durante el viaje.
Por el camino aparecerían playas, mercados criollos, jardines tropicales, fondos marinos, pequeñas poblaciones pesqueras y una inesperada excursión a Les Saintes, una diminuta isla que acabaría convirtiéndose en una de las grandes sorpresas del viaje.
Pero todo eso llegaría más tarde.
La primera imagen que siempre me viene a la cabeza cuando pienso en Guadalupe sigue siendo la misma que nos empujó a comprar los billetes: la bahía de Deshaies, el pequeño pueblo donde se rueda Death in Paradise y que acabaría convirtiéndose en nuestra base durante buena parte de la estancia.
A veces los viajes nacen de un documental, de una fotografía o de una conversación.
Deshaies acabó siendo mucho más que el lugar donde dormíamos.
Cuando preparábamos el viaje, la idea inicial era simplemente encontrar una buena base desde la que recorrer Guadalupe, pero al cabo de pocos días ya teníamos claro que la elección había sido un acierto. El pueblo tenía ese equilibrio difícil de explicar entre tranquilidad, paisaje y vida local que hace que un lugar deje de ser solo un alojamiento y se convierta en parte del viaje.
La casa, situada en Pointe Batterie, dominaba la bahía desde una pequeña elevación. Tenía piscina y unas vistas magníficas sobre el mar. Por la mañana la bahía aparecía tranquila y desde la terraza se podían ver las embarcaciones entrando y saliendo del puerto mientras la vegetación cubría por completo las colinas de alrededor.
La bahía de Deshaies vista desde la piscina de la casa de Pointe Batterie.
Aquellas vistas se convirtieron rápidamente en parte de la rutina del viaje. Desayunos antes de salir a recorrer la isla y regresos al final del día con la sensación de llegar a casa.
La terraza de la casa, uno de los espacios donde empezaban y terminaban muchos días del viaje.
Vistas sobre la costa y las colinas verdes que rodean Deshaies.
Deshaies tampoco era un lugar grande. Precisamente ahí estaba parte de su encanto. El pequeño puerto, las casas de colores y el ritmo pausado contrastaban con la idea más turística que a menudo tenemos del Caribe. Todo parecía moverse un poco más despacio.
E inevitablemente también acabamos buscando algunos de los escenarios que nos habían llevado hasta allí.
Paseando por el pueblo se pueden reconocer varios lugares utilizados en Death in Paradise. Entre ellos está el edificio que en la serie aparece como la comisaría y algunos de los bares y restaurantes situados junto a la playa que aparecen repetidamente en los episodios.
La sensación era curiosa. Aquellos espacios que durante años habíamos visto solo en la televisión ahora estaban delante de nosotros, formando parte de la vida cotidiana del pueblo.
El pueblo y el puerto de Deshaies vistos desde el agua, con la iglesia destacando entre las casas.
La iglesia de Deshaies, uno de los edificios fácilmente reconocibles del pueblo.
A pocos minutos de Deshaies se encuentra también una de las playas más conocidas de Guadalupe: Grande Anse.
La playa se abre con una larga franja de arena dorada rodeada de vegetación tropical y un ambiente mucho más tranquilo de lo que esperábamos. Junto al mar hay pequeños bares y restaurantes sencillos, algunos de los cuales también resultan familiares para los seguidores de la serie.
La playa de Deshaies al atardecer, con los bares y restaurantes a pie de arena.
Rincones de playa y ambiente tropical en Deshaies, con establecimientos sencillos junto al mar.
Más que un destino para “hacer cosas”, Deshaies invitaba a bajar el ritmo.
Y quizá por eso nos gustó tanto.
Habíamos llegado hasta allí persiguiendo la localización de una serie de televisión y, casi sin darnos cuenta, el pueblo había dejado de ser un escenario para convertirse en uno de los recuerdos más especiales del viaje.
La bahía de Deshaies al anochecer, con las barcas fondeadas frente al pueblo.
Pero si hay un lugar inseparable de Deshaies es Grande Anse. Durante varios días volvimos una y otra vez a esta enorme playa abierta al Caribe, una de las más conocidas de toda Guadalupe.
Grande Anse, una de las grandes playas de la zona de Deshaies.
Grande Anse rodeada de vegetación tropical, con la arena abierta al Caribe.
La arena dorada y el mar de Grande Anse, en una de las playas más conocidas de Guadalupe.
Detalle de Grande Anse, con la vegetación llegando casi hasta la playa.
La imagen que suele asociarse al Caribe está aquí condensada en unos pocos kilómetros de costa. Arena dorada, vegetación exuberante, mar cálido y una tranquilidad que invita a quedarse mucho más tiempo del previsto.
Sin embargo, cuando recuerdo Deshaies, lo que me viene a la cabeza no es una playa concreta ni ninguno de los escenarios de la serie.
Lo que recuerdo es la sensación de regresar cada tarde a aquella casa sobre la bahía, sentarme en la terraza y contemplar cómo el sol iba cayendo lentamente sobre el mar.
Fue entonces cuando comprendimos que Deshaies había dejado de ser simplemente nuestra base en Guadalupe.
Se había convertido en uno de los lugares que darían personalidad propia a todo el viaje.
Grande-Terre fue probablemente la mayor sorpresa geográfica de todo el viaje.
Hasta entonces, Guadalupe era para nosotros la isla verde que habíamos conocido alrededor de Deshaies. Colinas cubiertas de vegetación tropical, carreteras que atravesaban selvas húmedas y pequeñas bahías abiertas al Caribe. Sin embargo, bastó cruzar hacia el este para descubrir un paisaje completamente distinto.
La vegetación empezó a hacerse menos exuberante, los espacios se abrieron y la sensación general cambió por completo. Seguíamos estando en Guadalupe, pero parecía otra isla.
La primera gran parada del día fue la Pointe des Châteaux, situada en el extremo oriental de Grande-Terre.
A pesar del nombre, aquí no hay ningún castillo. Lo que encontramos es una larga península rocosa azotada constantemente por el viento y el océano Atlántico.
Primer contacto con la costa atlántica de Grande-Terre, cerca de la Pointe des Châteaux.
La imagen no tenía nada que ver con el Caribe tranquilo que solemos imaginar. Las olas rompían con fuerza contra las rocas y el paisaje transmitía una sensación de aislamiento difícil de encontrar en otras partes de la isla.
Rocas y olas en la Pointe des Châteaux, uno de los paisajes más emblemáticos de Grande-Terre.
La costa abierta de Grande-Terre, mucho más atlántica y salvaje que la zona de Deshaies.
Desde distintos puntos del recorrido podían verse pequeñas islas emergiendo en el horizonte mientras el Atlántico ocupaba todo el campo visual.
Era uno de esos lugares donde el paisaje importa más que cualquier monumento.
El extremo rocoso de la Pointe des Châteaux, con el mar golpeando los islotes.
Después de recorrer la zona continuamos la ruta hacia el norte de Grande-Terre.
La carretera seguía una costa cada vez más abierta hasta llegar a la Pointe de la Grande Vigie, el punto más septentrional de Guadalupe.
Aquí el protagonista absoluto vuelve a ser el océano.
Los acantilados de piedra caliza caen directamente sobre el Atlántico y ofrecen algunas de las vistas más espectaculares de toda la isla.
Los acantilados de la Pointe de la Grande Vigie, al norte de Grande-Terre.
Desde arriba contemplábamos kilómetros de costa salvaje, con el mar golpeando las paredes verticales y una sensación de inmensidad que contrastaba totalmente con las pequeñas bahías protegidas de la costa caribeña.
Fue uno de esos lugares que ayudan a entender que Guadalupe es mucho más diversa de lo que parece en los folletos turísticos.
Pero todavía quedaba una sorpresa más.
En algún punto del norte de la isla nos detuvimos en uno de los cementerios característicos de Guadalupe. Ya habíamos visto algunos durante el viaje, pero este llamó especialmente nuestra atención.
Las tumbas decoradas con mosaicos blancos y negros creaban un conjunto visual muy singular.
Un cementerio del norte de Grande-Terre, con tumbas decoradas con mosaicos blancos y negros.
Lejos de transmitir tristeza, el lugar parecía integrarse de forma natural en el paisaje. Era una imagen completamente distinta de los cementerios a los que estamos acostumbrados en Europa y una de esas pequeñas diferencias culturales que acaban quedando grabadas en la memoria.
A medida que avanzaba la tarde fuimos regresando poco a poco hacia el oeste.
El sol comenzaba a descender y la luz transformaba la costa atlántica en una sucesión de tonos dorados y azules.
Luz de tarde sobre el mar, al final de la ruta por Grande-Terre.
Aquella jornada nos permitió comprender algo que hasta entonces no habíamos percibido.
Guadalupe no es una sola isla.
O, al menos, no se siente como una sola isla.
Por un lado está Basse-Terre, verde, montañosa y tropical. Por otro aparece esta Grande-Terre más seca, más abierta y directamente expuesta al Atlántico.
Dos paisajes, dos ambientes y casi dos personalidades diferentes separadas por apenas unos kilómetros.
Y precisamente esa diversidad inesperada fue una de las cosas que más nos gustaron de Guadalupe.
Gracias por acercarme este destino del que desconozco todo! Qué costa rocosa tan chula y esas cascadas clavadas en el verde... Me ha gustado el paseíto. Gracias por compartir. Te mando estrellitas
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