Después de varios días recorriendo pueblos, pequeñas islas, cascadas y carreteras de montaña, tocaba volver al mar.
Pero no a cualquier mar.
Aquel día el objetivo era la costa oeste de Basse-Terre y una de las zonas más conocidas de Guadalupe para quienes aman el mundo submarino: la Reserva Cousteau, frente a la Plage de Malendure.
La playa es muy diferente de las que habíamos visto hasta aquel momento. Aquí no hay grandes extensiones de arena dorada como en Grande Anse ni el ambiente más caribeño de Les Saintes.
Malendure es una playa de arena oscura, abierta a una bahía tranquila y rodeada de vegetación.

Playa de la costa oeste de Basse-Terre, en el recorrido hacia la zona de Malendure.
Con los años se ha convertido en uno de los puntos más populares de la isla para practicar snorkel y submarinismo.
Nosotros fuimos precisamente por eso.
Desde la misma playa se puede acceder fácilmente a la zona protegida y entrar en el agua casi desde la orilla. Después de varios días recorriendo Guadalupe por carretera, ahora tocaba descubrirla desde otra perspectiva.
La del mar.

Una pequeña bahía de la costa oeste, con vegetación tropical llegando hasta la arena.
Bajo la superficie aparecían peces tropicales, aguas transparentes y fondos volcánicos que recordaban que Guadalupe es mucho más que playas y palmeras.
Pero incluso fuera del agua, aquella parte de la isla tenía algo especial.
La carretera iba apareciendo entre vegetación tropical, pequeñas bahías y rincones donde apetecía detenerse simplemente para contemplar el paisaje.

Vista sobre una bahía encajada de la costa oeste de Basse-Terre.
No había ningún gran monumento ni una lista de lugares imprescindibles.
Era uno de esos días en los que el propio trayecto acaba convirtiéndose en la parte más interesante del viaje.

Panorámica del mar Caribe desde la costa oeste de Guadalupe.
La costa occidental de Basse-Terre transmite una tranquilidad difícil de explicar. Todo parece moverse a un ritmo más lento. Las pequeñas playas se suceden unas tras otras y el mar Caribe acompaña constantemente el recorrido.
A medida que avanzaba la tarde, la luz empezó a cambiar.

Atardecer sobre una playa de la costa oeste de Basse-Terre.
Los colores se volvían más cálidos y el ambiente todavía más tranquilo.
Fue uno de esos momentos en los que no hace falta hacer nada especial. Basta con sentarse frente al mar y dejar pasar el tiempo.

Puesta de sol frente al mar, en uno de los momentos más tranquilos del viaje.
Mientras el sol descendía hacia el horizonte, algunos bañistas seguían disfrutando de las aguas tranquilas del Caribe.

El sol poniéndose sobre el Caribe, con bañistas todavía dentro del agua.
Y quizá aquel día resumía bastante bien lo que había sido Guadalupe.
Habíamos llegado siguiendo las localizaciones de una serie de televisión y acabamos descubriendo una isla mucho más variada de lo que imaginábamos. Habíamos encontrado pueblos tranquilos, pequeñas islas, volcanes, selvas tropicales, acantilados atlánticos y ahora también un mundo submarino frente al mar de Cousteau.
El viaje se acercaba a su final.
Pero la isla todavía guardaba una última cara por mostrarnos.
La más urbana y cotidiana.
La de Pointe-à-Pitre.