La mañana del 24 de Julio decidimos que no queríamos la "playa" de Selce, así que nos fuimos a Crikvenica, un pueblo mucho más grande que Selce, con muchas tiendas, muchos bares y restaurantes y al menos con playa.

Un dato a tener en cuenta: hay erizos entre las piedras. Tuvimos que ir a comprarnos chanclas para poder entrar al agua andando.
A la hora de comer decidimos continuar hacia el norte, al siguiente pueblo, Dramalj, que en realidad es una extensión más o menos reciente (finales del siglo XVIII) del barrio de Crni mol de Crikvenica, un pueblo de sólo 1400 habitantes que se dedica casi exclusivamente al turismo.
El agua es transparente por completo, está limpia peor muuuuuy fría. Allí, al menos, había también chiringuito (una botella de agua y una bolsa de patatas fritas por 1.80€). Aún así, comimos en un restaurante con vistas al mar: ensalada de pulpo, riquísima y realmente barata.

Tras el último chapuzón, nos adecentamos para irnos a pasar el resto de la tarde en Rijeka. A priori, no es una ciudad muy turística, en cuanto a monumentos, pero merece la pena pasear por sus calles y descubrir lo que hay, especialmente el atardecer en el puerto. Ni qué decir tiene que Rijeka es el puerto más importante del país.
En su arquitectura se nota la influencia italiana, por su cercanía al país (a menos de 100 km de Trieste), aunque está un poco sucia (fachadas bastante ennegrecidas).
La calle principal, donde se encuentra la famosa torre del Reloj, es una calle muy animada, llena de tiendas, bares, terrazas y gente.

Al hacerse de noche, volvimos a Selce para pasar nuestra última noche en la costa croata.