Nos levantamos a las nueve y media. La inspección rutinaria por la ventana nos trajo malas noticias. Estaba lloviznando. Nada que impidiese salir a la calle, pero si que parecía molesto. Para desayunar dimos cuenta de las últimas galletas de nuestras reservas.
Era nuestro último día en Londres. Y antes de salir del hotel decidí confirmar los horarios de los billetes de avión y del bus que tenía que llevarnos al aeropuerto. En ese momento me di cuenta de que había cometido un error. El avión salía a las 19:50, y yo había reservado el bus de Terravision a las 15:05. Nos íbamos a pegar cerca de cuatro horas en el aeropuerto sin nada que hacer. ¡Vaya cagada!.
Bajé corriendo a la conserjería del hotel, para preguntarles si podían ayudarme a cambiar la reserva. Me dijeron que probase en la página web de Terravisión, y me remitieron a una sala donde tenían dos ordenadores que los clientes del hotel podían usar de forma gratuita. No hubo suerte, el sistema no permitía cambios con tan poca antelación. No me rendí. Volví a la conserjería y le expliqué el problema a otra chica. Ésta se apiadó de mí, y llamó por teléfono a la compañía. Le dijeron que no había ningún problema que podíamos ir más tarde a coger el bus, que el billete serviría igual. Respiré aliviado. Todavía no entiendo como pude cagarla de esa manera.
Recogimos nuestros chismes y dejamos la habitación. Las mochilas nos las guardaron en la conserjería, de forma gratuita. Y a las diez y media salíamos por la puerta del hotel para intentando aprovechar lo mejor posible nuestras últimas horas en la City. Seguía lloviznando. Y así continuó durante todo el día.
Tomamos la línea roja (Central), y tras siete paradas aparecimos junto a la catedral de St. Paul. Pero ese día no teníamos prisas. No íbamos a volver a cometer el mismo error del día anterior. Lo primero que hicimos fue buscar un sitio donde desayunar en condiciones. Nos tomamos un cortado, un chocolate, un agua y un bocadillo de atún. Todo por 10 GBP. Todo excelente.
Una vez satisfechas nuestras necesidades básicas, ya podíamos empezar la ruta del día. La primera visita sería la catedral de St. Paul. Lógico, ¿no?. Sino para que íbamos a ir hasta allí.

Como el día anterior, la catedral de St. Paul me pareció preciosa vista desde fuera. Está construida con piedra de color gris claro, casi blanco, lo que la hace parecer más liviana, menos dura que la mayoría de iglesias. La gran altura que alcanza su enorme cúpula le confiere una sensación de verticalidad, de ligereza. Y sus trazos de carácter neoclásico le confieren un aspecto austero, sencillo. Pero no es un neoclásico de manual, rígido y encorsetado por los cánones. Se permite ciertas licencias que le dan un ligero toque barroco. Que le dan alegría sin llegar a empalagar. Es una de las catedrales más bonitas que he visto. Con estilo y elegancia. Me gustó tanto el edificio que antes de acceder al interior, obligué a mi mujer a dar una vuelta entera a su alrededor.
Para visitar el interior hay que pagar entrada. En Londres nada es gratis. El precio de la entrada es de 15 GBP, pero con nuestra London Pass volvimos a entrar gratis. Con el precio está incluida una audioguía. Una vez más prescindimos de ella. Ya estábamos saturados de tantas historias y explicaciones técnicas. Preferimos disfrutar de esa maravilla a nuestro ritmo y sin una vocecita martilleándonos la oreja sin parar.

Si el exterior es precioso, el interior es todavía mejor. Nada más poner un pie dentro me enamoré de ese lugar. El cuerpo central, de tres naves, produce una sensación de altura todavía mayor que el exterior. Parece elevarse hasta el infinito. Pocas veces he sentido esa sensación de una manera tan acentuada. En el crucero se alza la cúpula. Inmensa, tanto por su anchura como por la gran altura que alcanza. Por algún sitio me ha parecido leer que alcanza los 111 metros. Profusamente decorada con frescos. Creo que la palabra que mejor puede definir esa cúpula es elegancia.
Pero el plato fuerte es el altar mayor, el deambulatorio y la capilla que hay en la parte posterior del altar mayor. Forman un conjunto espectacular, con unos preciosos mosaicos dorados. Por lo general las visitas las hacemos del tirón, sin pararnos. Aquí no tuve más remedio que detenerme un rato, para saborearlo todo con más calma.

Ya sólo nos faltaba una cosa por hacer en la catedral, subir a la cúpula. La puerta está en un lateral, exactamente en la nave derecha junto al crucero. El primer tramo de escaleras, hasta la cúpula, es muy suave. Una escalera en espiral con escalones muy bajos. Tan bajos que se suben muy fácilmente. Una pequeña puerta da acceso al interior de la cúpula. Menos mal que la barandilla es alta, porque no veas que altura, de vértigo. Mirar hacia abajo impresiona. Igual que impresiona mirar hacia arriba. Desde tan cerca se aprecian todavía más sus enormes dimensiones, su grandeza. Es realmente impresionante. Se puede recorrer toda la cúpula, por un pasillo muy estrecho por donde solo cabe una persona. Sé que me repito, pero menos mal de la barandilla. Si fuera más baja, alguno embobado, mirando la cúpula, se iría para abajo por el camino más rápido, al cruzarse con alguien por el pasillo.

Se sale de la cúpula por otra puertecita, y se puede optar por bajar o por seguir subiendo. Optamos por esto último. A partir de ese punto la subida se realiza por una escalera metálica. El tamaño de los escalones aumenta, y la subida ya empieza a ser más dura. Nada que no pueda superarse con un poco de paciencia. Cuando uno ya empieza a mirar hacia arriba buscando donde termina la escalera, otra puerta anuncia que hemos llegado a nuestro destino.

En esta ocasión se sale al exterior. Las vistas son preciosas. Con la ventaja de que se obtiene una panorámica completa, ya que a medida que se recorre el mirador va cambiando lo que vamos viendo. Las vistas son similares a las que se obtienen desde el Tower Bridge, pero al estar en un punto más alto, se alcanza mucha más distancia. Además la posición es distinta, por lo que la perspectiva que se obtiene también lo es. Por desgracia ese día el tiempo no acompañaba. La llovizna se había convertido en lluvia, y soplaba algo de viento. Resultaba molestísimo y sobre todo no dejaba disfrutar plenamente del espectáculo. Aun así no me rendí, y me fui nuevamente para arriba. Unos cuantos escalones más y ya estaba arriba del todo, en la última terraza. Un nuevo mirador con unas vistas similares a las del piso inferior. Acompañado por la lluvia y ese dichoso viento tan molesto.
Y de ahí, hasta debajo de un tirón. Menos mal que para bajar todos los santos ayudan. Para salir nos dirigimos a la cripta. Allí no había nada interesante. En unos minutos estábamos en la calle.
Volvimos al metro. Línea roja (Central), tres paradas y a por nuestro próximo destino, el British Museum. Antes tuvimos que recorrer la Great Russell St. Bastante fea por cierto.

El British Museum es inconfundible. Una enorme fachada neoclásica. De manual, con sus columnas jónicas, su frontón triangular con relieves alegóricos, y una escalinata de piedra.
Tras la verja, en el jardín, había muchísima gente. Pero todo el mundo se movía con rapidez. Es lo que tiene la lluvia, que nos da velocidad. Nos os habéis fijado, que cuando llueve todo el mundo camina más deprisa. Gracias a la lluvia no tuvimos que hacer cola. Todo el mundo entraba en el museo rápidamente. Y nosotros no íbamos a ser menos. Hacia adentro. Y allí si que había gente. Todos los turistas de Londres se habían dado cita en el museo.

Junto a la entrada están las salas de escultura egipcia y asiría. A cual más espectacular. Piezas y más piezas procedentes del antiguo Egipto. Esculturas humanas, de animales, lápidas, jeroglíficos. Mucha variedad y más calidad. Pero si la zona de la escultura egipcia es muy buena. La de la asiría es genial. Fascinante. No es muy grande, y no hay muchas piezas, pero son impresionantes. Se trata de una cultura bastante desconocida, pero por lo que vimos allí, con muchas cosas que ofrecer.
Pero la gran estrella de esta zona, y casi me atrevería a decir que del museo es la Piedra Rosetta. La famosa piedra que permitió descifrar los jeroglíficos egipcios. No es más que una piedra de color negro con un tamaño considerable. Lo que la hace única son los tres tipos de escritura, griego, egipcio demótico y jeroglífico, que contiene. Se nota que es una pieza muy importante, es una de las pocas de esta zona que se encuentra protegida por cristales. Se trata de la pieza que todo el mundo quiere ver, por lo que continuamente se encuentra rodeada de gente. Para verla bien casi hay que abrirse paso a codazos. Y la verdad es que bonita, lo que se dice bonita, no es. No es más que un pedrusco grabado. Pero su importancia es tal que no hay que dejar de verla por nada del mundo. Ir al British Museum y no ver la Piedra Rosetta es como no haber ido al museo.

A continuación pasamos a las salas de escultura romana y griega. No nos resultaron tan impactantes. Quizás por el hecho de que se trate de culturas más conocidas y estamos más acostumbrados a ver ese tipo de esculturas. Aun así hubo dos piezas que si que me sorprendieron. La primera fue un templo. Enterito, no le faltaba ni una piedra. No se si era romano o griego, pero allí estaba, como si fuera lo más normal del mundo. Me encantó, porque siempre que vamos a ver templos de esa época están medio en ruinas. Y este estaba entero, como si lo acabaran de construir. Y la segunda pieza fueron los frisos del Partenón. Resultan increíbles. Pero más por lo que son, por lo que representan, que por lo que muestran.

El museo estaba lleno de españoles. Cada vez que nos cruzábamos con una pareja o con un grupo, oíamos la misma conversación. Vaya ladrones. Parece mentira que tengan todo esto aquí. Deberían devolverlo. Todo acompañado con caras de enojo. Como si se lo hubiesen robado a ellos. En cierto modo comparto estos comentarios. Es una vergüenza todo lo que han robado. Y encima chulean montando una exposición como esa. Pero por otro lado pienso que si ellos no los hubieran “recogido” muchos de esos tesoros se habrían perdido. Así que al final no se si pensar que está bien o que está mal.

Mirando a un lado y a otro, llegamos junto a una escalera. No habíamos visto toda la planta. Si me apuras no habíamos visto ni la mitad. Pero como es imposible verlo todo, dimos por finiquitada aquella parte y subimos a la planta superior. Y allí disfrutamos de la parte más interesante de todo el museo, al menos para nosotros. Las momias egipcias y demás artilugios funerarios de esa civilización.
Esperaba encontrar dos o tres momias. Pero resulta que tienen varias salas llenas de momias. Unas están dentro de los ataúdes. Otras están abiertas, dejando al descubierto los vendajes que las recubren. Realmente alucinante.¡Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de esa manera en un museo!. Mientras paseábamos por esas salas me sentí como un niño. Alucinaba a cada paso, delante de cada vitrina. La aglomeración de gente era tal que resultaba dificultoso avanzar. En varias ocasiones tuvimos que quedarnos parados un ratito hasta que el atasco se aligerara y nos permitiera seguir avanzando. Aquí los comentarios sobre expolio, robo, y similares eran la constante. Todo el mundo estaba indignado. Pero todos estaban allí viendo lo que había expuesto. Yo el primero.

A partir de ahí la visita continua por nuevas salas de diferentes civilizaciones y épocas. Pero nos habíamos quedado tan alucinados con las momias que no prestamos atención. Todavía íbamos comentando lo que acabábamos de ver. Si no recuerdo mal, pasamos por la sala de los etruscos; por la sala de la edad media, y ……. Y no sé por cuantas salas más. Lo que si recuerdo que la visita de esa planta la terminamos en un sala llena de vasijas de la época griega. Creo recordar que eran de Creta, pero no estoy totalmente seguro.Todas de los mismos colores, marrones y negros.

Un nuevo tramo de escaleras y llegábamos a la última planta. Allí sólo tenían una exposición dedicada a Japón. No era muy extensa. Ni tampoco nos pareció muy interesante. Sólo hubo dos cosas que me llamaron la atención. Una reproducción de una habitación típica japonesa, y una armadura samurai. La habitación con su estética oriental refinada. La armadura, por el contrario, intentando aparentar fiereza pero sin decuidar la elegancia. Por lo menos, en esta zona del museo había menos gente, y se podía respirar un cierto aire de tranquilidad. No nos entretuvimos demasiado en esa zona. Entre que no nos pareció muy interesante y que los pies ya empezaban a decir basta, salimos de allí al poco tiempo de haber entrado.

Bajamos las escaleras hasta la planta baja, viendo en los mapas indicativos, que había zonas que no habíamos recorrido. Pero ya no nos daba tiempo. Iba siendo hora de salir a la calle y buscar un sitio donde comer. Pero no iba a resultar tan rápido como pensábamos. Antes tuvimos que recorrer unas cuantas salas más siguiendo el letrero de “exit”. No eran salas vacías. También contenían exposiciones. Pero no me digáis de qué. Ni me fije. Estaba reventado y era incapaz de pensar. Sólo salí de ese estado cuando apareció frente a mí un Moai. Sí, los de la Isla de Pascua. Aquí si que no pude reprimir un “pero como se han podido traer esto aquí. Están locos”.

Por fin conseguímos salir de las exposiciones del museo. Pero todavía nos quedaba una última trampa, la tienda de recuerdos. No habíamos comprado nada en todo el viaje, ni una simple postal, y eso es casi un sacrilegio. Muy a mi pesar, mi mujer se paró en la tienda de recuerdos, y por su expresión estaba claro que no estaba dispuesta a salir de allí sin su botín. Tras un par de vueltas arriba y abajo por la tienda, se decidió por un vaso de café térmico, o como se llamé ese chisme. Para que me entendías, un vaso de plástico con tapadera que conserva caliente el líquido que le pongas dentro. Y para que quedase claro donde lo habíamos comprado, eligió uno que estaba decorado como si fuera la piedra Rosetta. Le costó 11’99 GBP. Por cierto funciona a las mil maravillas, conserva cualquier cosa calentita más de una hora.
Por fin conseguí arrancarla de allí adentro. En la calle seguía lloviendo. Ahora lo hacía con más fuerza. Nos dirigimos hacia el metro lo más rápidamente posible. Un poco antes de llegar a la estación vimos un restaurante, “Garfunkel’s”, y nos metimos sin mirar. Con ese tiempo no estábamos para ponernos a buscar. Pedimos un pan de ajo, una ensalada de tomate y mozzarela, un plato de pasta, una pizza, un trozo de tarta de chocolate y dos aguas. Pagamos 24’15 GBP. Todo estuvo excelente. Casi me atrevería a decir que fue el día que mejor comimos de toda nuestra estancia. Nos sobraba un poco de tiempo, pero con la que estaba cayendo afuera no apetecía salir a pasear. Preferimos dejar pasar el tiempo sentados tranquilamente en el restaurante, charlando un poco de lo que habíamos visto y de lo que nos había quedado pendiente.
Cuando salimos a la calle, seguía lloviznando, pero con menos fuerza. Al menos no acabaríamos empapados. Bajamos al metro. Línea roja (Central), 4 paradas. Entramos en el hotel, recogimos las mochilas de la conserjería y de nuevo al metro. Línea roja (Central), 7 paradas y nos bajábamos en Liverpool Station, desde donde salía el autobús que tenía que llevarnos al aeropuerto.
Lo primero era devolver las Travelcards, y recuperar los depósitos. Esperaba 10 GBP, pero para mi sorpresa me devolvieron 36’60 GBP. Por lo visto, no sólo te devuelven el depósito, también te abonan los días no consumidos. Al final las Travelcards nos habían salido por 16 GBP cada una, con un coste medio de algo más de 3 GBP diarios. Un auténtico chollo.
Habíamos apurado el tiempo y al final habíamos tenido que correr un poco. Pero ya estábamos en la estación y todavía faltaban veinte minutos para que saliera el autobús. Parecía que estábamos fuera de peligro. Pero nada más lejos de la realidad. Todavía nos faltaba un susto. En la estación no había ni señal de los autobuses. No aparecían por ningún lado. Tras recorrer sin suerte la estación de punta a punta preguntamos a un policía. Nos envió a la calle. Lógico, aquello era una estación de tren, los autobuses tenían que estar fuera. Pero en la calle no había nada. ¡Madre mía!. Preguntamos a otro policía. Éste nos envió hacia otra calle. Corriendo hacia allí. Pero aquella era una calle normal. Por allí no se veía ninguna estación de autobuses. Volvimos a preguntar a un par de chicos que pasaban por allí. No sabían nada. Los nervios empezaban a hacer acto de presencia. Y no era para menos. El autobús salía en diez minutos y la estación parecía haberse esfumado. Yo ya empezaba a tener dudas, ¿y si me había equivocado?.
Volvimos a la estación, y ahora si que vimos la estación de autobuses en un lateral junto a la del tren. Pero allí no había nadie. Por no haber, no había ni autobuses. Sólo un folio con un mapa pegado con celo en el cristal. El mapa venía a decir que los autobuses salían del otro lado. Otra vez corriendo para atravesar la estación, y salir por el otro lado casi me muero del susto. Allí no había ninguna estación de autobuses. Por suerte mi mujer se fijo en unas letras que había en la acera. Si, eso era lo que buscábamos. En concreto la letra G. Llegamos con cinco minutos escasos de antelación. Casi me da algo. Si perdemos el autobús mi mujer me mata.
Junto a la letra G no había ningún autobús. Pero había bastante gente esperando. Estaba claro que era allí. Nos pusimos a esperar. A las cinco y cinco llegó un bus de Easybus. Todo el mundo se agolpó en la puerta para subir. Nosotros íbamos con Terravisión, pero, yo que sé, y si comparten autobús. Cuando estábamos a punto de ir a preguntar vimos que del autobús bajaban un par de personas. Les decían que tenían que esperar otro bus. Ya no hacía falta preguntar, estaba claro que teníamos que seguir esperando. Finalmente nuestro bus llego con diez minutos de retraso. No tuvimos problemas con el cambio de hora que habíamos solicitado por la mañana. El trayecto hasta el aeropuerto de Stanted duró una hora. Y eso que no encontramos nada de tráfico. Por cierto, los dos billetes nos habían costado 18 GBP. Casi la mitad de lo que valían los billetes de tren hasta el aeropuerto.
El temido paso del control de pasaportes, fue bastante rápido. Sin ninguna incidencia. Nos gastamos las últimas monedas que nos quedaban y nos dirigimos hacia la puerta de embarque. Una última sorpresa. Para llegar a la puerta de embarque hay que coger un tren que en cinco minutos te deja en la otra terminal.
El avión salió con cinco minutos de retraso. Nada grave. A las once aterrizábamos en el aeropuerto de Palma.
Y colorín colorado este viaje se ha acabado.
Para finalizar, un comentario sobre si resultan más interesantes los famosos 2x1 o la London Pass. Según mi opinión todo dependerá de cómo se plantee el viaje. A nosotros por ejemplo nos resultó más rentable la London Pass:
- Precio de dos London Pass para una semana: 184 GBP
- Pecio de las entradas de los lugares que visitamos usando los 2x1: 200 GBP
- Precio de las entradas de los lugares que visitamos sin descuento: 293 GBP
Como ya he dicho, todo dependerá de cómo se plantee el viaje. Por ejemplo a nosotros nos gusta entrar en todos los sitios posibles. En este caso lo más rentable es la London Pass, ya que te permite visitar casi todas las atracciones de Londres sin pagar la entrada. Si por el contrario sólo queréis visitar las atracciones más destacadas, lo mejor son los 2x1. Si se visitan pocos sitios resulta imposible amortizar el precio de la London Pass.
En resumen si lo que interesa es visitar muchos sitios, lo mejor es la London Pass. Por el contrario, si lo que interesa es gastar lo menos posible aún a costa de visitar menos sitios, lo mejor es optar por los 2x1.