Nuestro primer día completo en Perigord comienza con un completo desayuno (mermeladas caseras, zumo, bizcochos, tostadas, un buen café, etc.) antes de emprender rumbo al Perigord Púrpura. La salida de Sarlat (y más aún la entrada, sobre todo en horas punta) está bastante concurrida, pero pronto la carretera se despeja, aunque es frecuente encontrarse camiones y caravanas, además de que hay que atravesar bastantes pueblos. Algunos, como Lalinde, merecerían una parada, pero no hay tiempo para todo.
Los 75 kilómetros que separan Sarlat de Monbazillac se recorren en una hora aproximadamente, quizá algo más. Junto al Chateau de Monbazillac hay un aparcamiento gratuito, así que allí dejamos el coche y comenzamos la visita: el chateau por fuera es muy bonito, no demasiado grande, pero equilibrado y armonioso. Por dentro, la verdad, no se visita gran cosa, salvo la parte de la antigua bodega (que sí resulta más curiosa) y, en una de las estancias superiores, una exposición de arte contemporáneo que estaba bastante bien.



El precio de la entrada creo recordar que fueron unos 6-7 euros, en la media del resto de visitas, que es un precio que unas veces merece la pena y otras resulta bastante caro. En algún post del foro creo que alguien comentaba que no estaría mal que hubiese un “Perigord Pass” que agrupase distintos monumentos y sitios de interés a un precio más comedido, y desde luego que no estaría mal, aunque supongo que será difícil dado que en muchos casos son propiedades privadas, en otros dependen del Ayuntamiento de turno y en otros, los menos, del Estado.
La entrada incluye la degustación de un vino de la zona. Probamos uno dulce que no nos dice gran cosa. En la tienda, eso sí, multitud de referencias a precios razonables. Como es pronto para ir a comer a Bergerac, que es nuestra idea, decidimos pasar primero por Issigeac, lo que supone en realidad ir para atrás y después tener que hacer más kilómetros. El pueblo conserva la estructura medieval en sus calles, en donde además destaca la iglesia y el antiguo palacio de los obispos; se ve rápido y, aunque no está mal, no creo que merezca la pena desviarse de forma expresa. Otra cosa es que te pille de paso.



La tercera parada es Bergerac, capital del Perigord Púrpura. Aparcamos relativamente bien, cerca del Dordogna, y pronto se alcanza el centro, con la iglesia de Santiago y la bonita sede del Ayuntamiento (aunque parcialmente en obras). Una calle comercial (aunque sin el encanto de Perigueux) lleva directamente a la plaza más conocida de la ciudad, donde hay una estatua policromada de Cyrano de Bergerac (de Mauro Corda, creo; también podemos encontrar otra, aunque sin policromar, en un parque cercano.



Dimos una vuelta, pero al margen de estos pequeños rincones, nos decepcionó, así que entre eso y el calor, decidimos comer y no entretenernos mucho más. Y aquí fue donde de verdad metimos la pata: nos sentamos en la pizzería “Le Croq-Magnon”, junto a la plaza de la escultura de Cyrano, donde tardaron casi una hora en traernos dos pizzas. Para pagar, más de lo mismo (con una manera de funcionar todo menos efectiva: ya se lo podías decir a cualquier camarero –que no eran pocos-; quien al final te tenía que cobrar era la jefa, con lo cual la lentitud en el servicio debía ser norma de la casa). Al menos, las pizzas estaban buenas, pero en conjunto la experiencia en Bergerac fue tirando a regular.
Después de pasar a casa, refrescarnos ante el sofocante calor y descansar un poco, decidimos ir a ver La Roque-Gageac y ya cenar allí. Llegamos a las 19.30 más o menos, con lo que ya no funciona la zona azul. El pueblo se ve rápido, y aunque en realidad “no tiene nada”, es una de las paradas obligatorias. Y diría que más aún si se pueden evitar las horas de mayor agobio: con el Dordogna en calma, con las gabarras amarradas, atardeciendo y sin apenas gente… así se puede disfrutar mucho más del paisaje, de las vistas al Manoir de la Malartrie y de las casas cosidas a la roca.



Cenamos en un restaurante con terraza (el más grande de los cuatro o cinco que hay a primera vista), a 25 por persona, con menús bastante apañados (lo típico: foie, ensalada de mollejas, confit de pato y una crème brûlée que estaba muy buena). El servicio, otra vez, algo lento, aunque sin llegar a los niveles sufridos en Bergerac. Volvimos por donde habíamos venido (una carretera estrecha atravesando el bosque: 8 kilómetros en los que, si nos pasa algo, no nos encuentra nadie… es mejor coger la carretera que pasa por Vezac, aunque sean unos 5 kilómetros más), y a dormir con la sensación de que La Roque había sido, sin duda, lo mejor de una jornada de la que esperábamos más.