Tras pasar la noche en el hotel de repuesto Elías viene a recogernos para llevarnos a visitar los mercados locales de Arusha.
Vamos caminnado desde el hotel hasta los mercados, por una ciudad destartalada, donde el urbanismo brilla por su ausencia. Bloques de edificios aquí y allá, sin orden ni concierto, calles donde las edificaciones son de un sólo piso, con la fachada pintada de publicidad, calles sin asfaltar se alternan con calles sin aceras, etc.
Los mercados de Arusha son un auténtico caos. Parte de los puestos están alojados en recintos techados con algo de orden, pero en las intermediaciones los puestos se arremolinan aquí y allá, con el suelo lleno de barro y de mercancías desechadas. Nos damos una vuelta por ellos, con una grupo de guías espontáneos que se nos acoplan y van explicando todos y cada uno de los productos. Sobre todo, se trata de mercados de verduras y de pescado traído del lago Victoria, que tras secarse se precintan en bolsitas que cierran herméticamente con una vela.
No hay ni un sólo turista más en los mercados, y somos la expectación. Cada uno e nosotros vamos acompañados de hasta 4 de estos guías improvisados, que a veces llergan a ser un poco agobiantes. Sin embargo, la experiencia fue positiva, porque pudimos conocer un pellizco de la vida cotidiana en una ciudad tanzana. Sin embargo, debo decir que los habitantes de Arusha son mucho más ariscos que el resto de tanzanos que hemos conocido en el país. Les molesta sobremanera que hagas fotos incluso si ellos no están presentes, y algunos hasta te piden dinero por ello.
Tras la visita de los mercados volvemos al hotel para recoger las maletas y partir hacia la frontera con Kenia. Nos despedimos de Elías y Boomy, les damos la propina, y nos conducen hasta la oficina de Tabia. Allí, el encargado (no recuerdo su nombre) se interesa por nuestra estancia y nos desea buen viaje. Partimos hacia Namanga y pasamos a Kenia a la hora de comer.
En Kenia nos recoge un nuevo conductor, no diré su nombre, que nos llevará hasta nuestro hotel de Nairobi para hacer noche, antes de volar de vuelta a España. En un principio, se muestra muy simpático y dicharachero. Le indicamos que nos gustaría parar a comer en algún sitio, y nos lleva a un restaurante local al lado de la carretera. La comida fue regular.
Continuamos hacia Nairobi, ya con la pena de saber que el viaje se acaba. En Nairobi llegamos al atardecer, y nos encontramos un atasco deórdago. Tardamos como dos horas en llegar desde las afueras al hotel donde pasaríamos la noche. El guía se despidió de nosotros, tenía unos días libres y mañana nos recogería alguna otra persona.
La sorpresa fue desagradable, no repetimos el correcto hotel Sentrym 680, sino que nos llevaron al Hotel Orix, un hotelucho de carretera situado una isla en la intersección de tres enormes carreteras con un tráfico intenso, en una zona marginal a las afueras de Nairobi, rodeado de descampados y casuchas de techo de ojalata. Si la ubicación era ruinoso, las habitaciones no eran mejores, porque eran muy ruidosas, estaban sucias, llenas de mosquitos, y con un baño que sólo yo me atreví a usar. Bajamos a cenar al restaurante del hotel, y allí comprobamos que, además, el personal era poco profesional. No había nadie en recepción, ni en el restaurante, la puerta de acceso estaba siempre abierta, la seguridad (tan absoluta en el Sentrym 680) era aquí inexistente. En fin, apretamos dientes y pasamos la noche más mal que bien.
La traca final fue a la mañana siguiente. Apareció a recogernos el mismo guía del día anterior, pero en un estado poco adecuado para llevar un vehículo. No sé ni quiero saber a qué se debía su tartamudeo, su extenuación y su evidente falta de sueño, ni quiero saberlo. Estuvimos planteándonos qué hacer, pero era de madrugada, teníamos un vuelo inbternacional que coger, y en aquella zona de Nairobi parecía imposible poder tomar un taxi. El personal del hotel, de nuevo, ausente. En fin, tuvimos que subir al coche con este hombre como piloto. Menos mal que a esas horas las calles estaban más o menos vacías. El corazón nos dio un vuelco cuando nos cruzamos con un control policial, si paraban a nuestro conductor difícilmente le habrían dejado seguir conducuiendo y habríamos perdido el vuelo. Por suerte llegamos sin incidencias al aeropuerto, y allí que nos bajamos. Evidentemente, no le dimos propina.
Desde luego, estos hechos emborronaron el final de un viaje que, por otra parte, había sido estupendo hasta entonces. Tabia debería cuidar muy mucho este tipo de circunstancias, máxime cuendo se pone en peligro la integridad de los clientes.
Tras un estupendo vuelo entre Nairobi y amsterdam, tomamos la conexión para volar de amsterdam a Madrid, en un vuelo no tan agradable. Dos horas más de coche y llegábamos a nuestro amado Albacete.

