Como en este hotel no teníamos desayuno incluido, tras dejar las maletas en el coche y el coche en el parking del hotel, salimos a buscar un lugar para empezar el día. Con suerte, ya que a la vuelta de la esquina prácticamente, había un Starbucks, que suele ser un lugar muy agradable.
Tras salir de desayunar tomamos la calle Broad, que por su nombre se imaginaría una que tiene que ser una calle importante, pero en realidad nos pareció bastante anodina. No había mucha gente, ni tráfico. Ancha si era, eso sí. Había varios edificios nuevos en construcción, modernos, pero poco más.
Pasamos junto al teatro, Tivoli, en el que además de indicar que no se permitía fumar, ni comida ni bebida del exterior, así como el uso de cámaras, también prohibía las armas de fuego!
Buscamos la oficina de turismo, sin éxito, nadie en la zona parecía saber ni que hubiera una, antes de darnos cuenta de que en el mapa que nos habían dado en el hotel ya venía indicado que se había trasladado a la otra punta de la ciudad.
Seguimos hasta el aquarium (varias de las ciudades que hemos visitado tenían aquarium), un edificio con tejados picudos, que está a la orilla del río Tennessee. No entramos, uno porque no teníamos demasiado tiempo y dos porque, visto el aquarium de Atlanta, pensamos que éste se iba a quedar un poco pequeño.
Dimos una vuelta por la orilla, donde está amarrado el Southern Belle, un típico barco de palas del Mississippi y también hay un recordatorio del inicio del Sendero de lágrimas (Trail of tears) referente al traslado forzoso de nativos cherokees.
Fue cuando andábamos por la orilla cuando se nos acercó un jubilado (al menos tenía más que la edad para estarlo) intentando "venernos" el Southern Belle, aunque fuera solo para tomar algo ya que no teníamos tiempo para comer. Al final resultó ser un auténtico fan de Nadal.
En el hotel nos habían dicho que había un tranvía eléctrico gratuito, que recorría un par de calles, entre ellas la Broad hasta la estación de tren Choo-Choo. Montamos en el primero que pasó y nos acercamos hasta allí. Y por el camino vemos que esa parte de la ciudad merece más la pena que la vista hasta entonces.
Chattanooga Choo-Choo, nombre de reminiscencias musicales, es la antigua estación de tren, hoy reconvertida en hotel y tiendas y restaurante. Están los andenes y algunos trenes y tranvías. Y la sala de espera reconvertida en restaurante.
Dimos un par de vueltas por la zona y luego seguimos hacia Market St. que parecía tener más vida. O al menos, algunos edificios antiguos, que hacían de ella una de esas típicas calles americanas. Pero no parecía que la coyuntura se hubiera portado demasiado bien con ella: había varios edificios vacíos y abandonados.
Aunque junto a todos estos edificios de época, había alguno más actual, como el de correos.
Volvimos al hotel y nos pusimos en marcha hacia Ruby Falls, una catarata en el interior de una cueva, que se encuentra a escasas tres millas de Chattanooga. Durante toda la mañana había aguantado, pero para cuando llegamos a la cueva había empezado a caer unas gotas.
Compramos la entrada combinada con Rock City. La visita de la cueva y la catarata no es posible hacerla por tu cuenta, sino que hay que hacerlo en un tour, así que nos dispusimos a esperar mientras salía, comprando láminas de ágatas y piedras imantadas, de esas de las que te puedes llevar por 3$ todas las que quepan en una bolsita.
Poco antes de las dos y media fueron llamando a los que teníamos hora para ese tour y empezamos a bajar en grupitos en el ascensor: más de 85 metros hacia el interior de la montaña. Nos reunimos abajo con los que habían bajado antes y empezamos el recorrido. Nos pusieron un vídeos y luego el guía iba explicando en qué circunstancias se encontró la cueva y finalmente la catarata. Algunos de los pasadizos son estrechos, otros bajos y en otros sitios estaba resbaladizo. Fuimos pasando diversas formas (algunas había que verlas con bastante imaginación), pata de elefante, lonchas de bacon, hojas de tabaco... A medida que nos acercábamos a la catarata se empezaba a oír el salto del agua. Al llegar al final nos encendieron las luces durante cinco minutos para poder sacar fotos.
Terminamos con el recorrido y salimos al exterior para encontrarnos con que estaba cayendo bastante agua. Estuvimos pensando sobre la idoneidad de ir a Rock City, pero había que conducir cinco millas montaña arriba y luego desde el aparcamiento había que andar más de una milla hasta llegar al mirador, así que decidimos que no íbamos.
En vez de eso, nos pusimos en camino hacia Nashville. Dos horas y media de recorrido. Todo iba perfectamente hasta unas 20 millas antes de llegar. Un atasco monumental. Por la radio íbamos oyendo que había habido un accidente, aunque al final no llegamos a ver nada. El caso es que para recorrer 10 millas tardamos dos horas y media!!
Llegamos finalmente al hotel, La Quinta Inn, en el aeropuerto. Intentamos en el centro, pero eran todos muy caros. Era fin de semana y habíamos reservado la última habitación que quedaba, y nos tocó con "los apestados", una habitación de fumadores. Y bien que se notaba.
Dejamos las maletas y nos vamos hacia el downtown. Había localizado la dirección de un parking, pero a la hora de introducirla en el GPS me confundí, dos veces, y es que a quién se le ocurre tener tres calles con el mismo nombre! Calle, avenida, este, oeste... en fin.
Conseguimos llegar al centro y aparcamos. Bajamos hacia la calle Broadway. Pasamos por la 2ª Avenida y es como Las Vegas. Hay mucho borracho, todos gritando, chicas ligeritas de ropa anunciando shows...
Queríamos entrar en alguno de los locales y cenar, pero estaban todos a tope. No cabía nadie más.
Finalmente conseguimos ver uno que no estaba tan abarrotado, Jimmy Buffet's Margaritaville, y entramos. Era un local peculiar, decoración tropical, con avión incluido colgando del techo. Había un grupo tocando y allí nos quedamos.
Tras salir de desayunar tomamos la calle Broad, que por su nombre se imaginaría una que tiene que ser una calle importante, pero en realidad nos pareció bastante anodina. No había mucha gente, ni tráfico. Ancha si era, eso sí. Había varios edificios nuevos en construcción, modernos, pero poco más.







Pasamos junto al teatro, Tivoli, en el que además de indicar que no se permitía fumar, ni comida ni bebida del exterior, así como el uso de cámaras, también prohibía las armas de fuego!


Buscamos la oficina de turismo, sin éxito, nadie en la zona parecía saber ni que hubiera una, antes de darnos cuenta de que en el mapa que nos habían dado en el hotel ya venía indicado que se había trasladado a la otra punta de la ciudad.
Seguimos hasta el aquarium (varias de las ciudades que hemos visitado tenían aquarium), un edificio con tejados picudos, que está a la orilla del río Tennessee. No entramos, uno porque no teníamos demasiado tiempo y dos porque, visto el aquarium de Atlanta, pensamos que éste se iba a quedar un poco pequeño.

Dimos una vuelta por la orilla, donde está amarrado el Southern Belle, un típico barco de palas del Mississippi y también hay un recordatorio del inicio del Sendero de lágrimas (Trail of tears) referente al traslado forzoso de nativos cherokees.



Fue cuando andábamos por la orilla cuando se nos acercó un jubilado (al menos tenía más que la edad para estarlo) intentando "venernos" el Southern Belle, aunque fuera solo para tomar algo ya que no teníamos tiempo para comer. Al final resultó ser un auténtico fan de Nadal.
En el hotel nos habían dicho que había un tranvía eléctrico gratuito, que recorría un par de calles, entre ellas la Broad hasta la estación de tren Choo-Choo. Montamos en el primero que pasó y nos acercamos hasta allí. Y por el camino vemos que esa parte de la ciudad merece más la pena que la vista hasta entonces.
Chattanooga Choo-Choo, nombre de reminiscencias musicales, es la antigua estación de tren, hoy reconvertida en hotel y tiendas y restaurante. Están los andenes y algunos trenes y tranvías. Y la sala de espera reconvertida en restaurante.





Dimos un par de vueltas por la zona y luego seguimos hacia Market St. que parecía tener más vida. O al menos, algunos edificios antiguos, que hacían de ella una de esas típicas calles americanas. Pero no parecía que la coyuntura se hubiera portado demasiado bien con ella: había varios edificios vacíos y abandonados.






Aunque junto a todos estos edificios de época, había alguno más actual, como el de correos.


Volvimos al hotel y nos pusimos en marcha hacia Ruby Falls, una catarata en el interior de una cueva, que se encuentra a escasas tres millas de Chattanooga. Durante toda la mañana había aguantado, pero para cuando llegamos a la cueva había empezado a caer unas gotas.
Compramos la entrada combinada con Rock City. La visita de la cueva y la catarata no es posible hacerla por tu cuenta, sino que hay que hacerlo en un tour, así que nos dispusimos a esperar mientras salía, comprando láminas de ágatas y piedras imantadas, de esas de las que te puedes llevar por 3$ todas las que quepan en una bolsita.
Poco antes de las dos y media fueron llamando a los que teníamos hora para ese tour y empezamos a bajar en grupitos en el ascensor: más de 85 metros hacia el interior de la montaña. Nos reunimos abajo con los que habían bajado antes y empezamos el recorrido. Nos pusieron un vídeos y luego el guía iba explicando en qué circunstancias se encontró la cueva y finalmente la catarata. Algunos de los pasadizos son estrechos, otros bajos y en otros sitios estaba resbaladizo. Fuimos pasando diversas formas (algunas había que verlas con bastante imaginación), pata de elefante, lonchas de bacon, hojas de tabaco... A medida que nos acercábamos a la catarata se empezaba a oír el salto del agua. Al llegar al final nos encendieron las luces durante cinco minutos para poder sacar fotos.





Terminamos con el recorrido y salimos al exterior para encontrarnos con que estaba cayendo bastante agua. Estuvimos pensando sobre la idoneidad de ir a Rock City, pero había que conducir cinco millas montaña arriba y luego desde el aparcamiento había que andar más de una milla hasta llegar al mirador, así que decidimos que no íbamos.
En vez de eso, nos pusimos en camino hacia Nashville. Dos horas y media de recorrido. Todo iba perfectamente hasta unas 20 millas antes de llegar. Un atasco monumental. Por la radio íbamos oyendo que había habido un accidente, aunque al final no llegamos a ver nada. El caso es que para recorrer 10 millas tardamos dos horas y media!!
Llegamos finalmente al hotel, La Quinta Inn, en el aeropuerto. Intentamos en el centro, pero eran todos muy caros. Era fin de semana y habíamos reservado la última habitación que quedaba, y nos tocó con "los apestados", una habitación de fumadores. Y bien que se notaba.
Dejamos las maletas y nos vamos hacia el downtown. Había localizado la dirección de un parking, pero a la hora de introducirla en el GPS me confundí, dos veces, y es que a quién se le ocurre tener tres calles con el mismo nombre! Calle, avenida, este, oeste... en fin.
Conseguimos llegar al centro y aparcamos. Bajamos hacia la calle Broadway. Pasamos por la 2ª Avenida y es como Las Vegas. Hay mucho borracho, todos gritando, chicas ligeritas de ropa anunciando shows...
Queríamos entrar en alguno de los locales y cenar, pero estaban todos a tope. No cabía nadie más.
Finalmente conseguimos ver uno que no estaba tan abarrotado, Jimmy Buffet's Margaritaville, y entramos. Era un local peculiar, decoración tropical, con avión incluido colgando del techo. Había un grupo tocando y allí nos quedamos.