Todos los hoteles en los que hemos estado tenían un horario de desayunos bastante tempranero, y este de los que más: a las nueve de la mañana dejaban de servirlos. Así que había que moverse con rapidez.
La víspera, viernes noche, estaba la ciudad a tope, pero esa mañana el ambiente estaba más relajado. Y al pasar por Printers Alley, el otrora lugar de perdición, se veía con claridad: no había nadie.

Pero la música se palpa por todas partes, incluso en pequeñas tiendas de chucherías.

Bajando por la 2nd Avenue vimos el local de B. B. King. Estaba abierto pero no al público todavía. Preguntamos para reservar para la noche, pero nos dijeron que no se hacían reservas, se iban acomodando los comensales a medida que llegaban. Que el local se empezaba a poner “busy” a partir de las siete de la tarde, así que mejor que fuéramos a partir de las seis y cuarto, seis y media. Donde la noche anterior habíamos visto chicas anunciando espectáculos, vemos que uno de los locales es un Coyote Ugly, que parece ser una franquicia, ya que hemos visto varios en otras ciudades.


Seguimos hasta la calle Broadway, donde la gente no había empezado todavía a acumularse. La calle es todo un compendio de locales de música, bares y restaurantes, todos con escenario, y tiendas de botas camperas, sombreros Stetson y cinturones. Algunas de las botas estaban bien, otras eran realmente horteras. Eran 2 x 1, pero la más barata eran unos 300 $




Continuamos por la Broadway hasta el Visitor Center, junto al Bridgstone Arena. Alrededor había seguidores de un par de equipos de hokey, vestidos con las enormes camisetas que suelen llevar los jugadores. En la oficina de turismo nos agenciamos un mapa con los puntos de mayor interés y empezamos por el Walk of fame park, un recorrido con estrellas en el suelo, desde Hank Williams a Dolly Parton, pasando por Elvis y otros más.

El Music Hall of Fame está al lado. No pensábamos demorarnos mucho dentro, tan sólo echar un vistazo, pero al final se nos fue el tiempo. Y es que están todos: los de antes, los más nuevos, los archiconocidos, otros que no nos sonaban. El piano dorado de Elvis, su Cadillac, incontables guitarras y trajes de casi todos los que han sido algo en el mundo de la música, sobre todo Country, carteles, discos de oro o platino, Bandit, el coche de Los Caraduras…




Salimos del museo con infinidad de nombres resonando en la cabeza y para seguir con la música, entramos en el Music Center, un auditorio y centro de convenciones impresionantemente enorme (como les gusta en ese país), muy nuevo, en el que había una convención de vendedores de tractores!!
El ambiente en la calle ya se estaba empezando a animar. La música ya sonaba en algunos lugares. Los Honky Tonks se empezaban a llenar y ya había unos cuantos que estaban más que contentos.
Era ya hora de comer y empezamos a buscar sitio. Lo intentamos en el Legend’s corner y en Tootsie’s Orchid Lounge, pero no cabía un alfiler. Entramos en otro, Layla’s, un bareto donde sonaba buena música, pero no daban de comer. Conseguimos finalmente encontrar sitio en otro, no recuerdo el nombre, donde había un grupo que estaba terminando. Pedimos de comer y beber y al rato empezó a tocar otro grupo, aunque alguno de los componentes era el mismo del grupo anterior. La audiencia era variada, desde personas mayores hasta jóvenes, pero no como los que estaban gritando y asomándose a los balcones del Honky Tonk.



Aunque no seamos unas megafans de Johnny Cash, no podíamos dejar de visitar su museo. No muy grande, dedicado completamente a él, con historias de su vida, tanto personal, pero sobre todo musical.


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Para cuando salimos del museo, ya estaba oscureciendo, así que cogimos uno de los tranvías gratuitos y fuimos hacia el Capitolio que, si no recuerdo haber leído mal, es el único Capitolio que en lugar de cúpula tiene una torre.

No se podía visitar, así que tras dar una vuelta alrededor nos dirigimos hacia el local de B. B. King. Ya había bastante gente, pero nos dieron una mesa junto al escenario. Había un grupo tocando, a los que veíamos un poco de refilón, pero se estaba bien. Y el grupo era bueno. Una camarera jovencita nos trajo la carta, pero le dijimos que todavía no queríamos cenar, que era muy temprano, y que nos trajera dos cervezas. Nos preguntó lo de siempre, que de dónde éramos, y se lo dijimos. Al rato volvió con las bebidas y nos pregunta: “Disculpad, pero es que yo no he viajado mucho. ¿Qué idioma se habla en España?”
Pedimos finalmente de cenar, catfish y costillas. Estaba bueno. El grupo terminó y subió otro, también muy bueno. Tras casi cuatro horas en el local, nos fuimos en uno de los descansos.