Saint Emilion es una localidad situada a unos 40 kilómetro de Burdeos y que además se encontraba en nuestro camino desde Bergerac. Evidentemente no podíamos desaprovechar la oportunidad de pasar unas horas en esta jurisdicción declarada Patrimonio de la Humanidad.
Se trata de un pueblo medieval rodeado de viñedos, una pequeña isla en un mar de vides, en el que podemos disfrutar de sus cuidadas calles, su peculiar iglesia escavada en la roca o las vistas desde la Torre del Rey.
Dejamos nuestro vehículo a la entrada de la localidad, pues Saint Emilion, con gran criterio, restringe el paso de vehículos por su casco histórico a residentes y servicios, guardando con especial celo el cumplimiento de los horarios previstos.
Atacamos sus entramado por la zona más baja, coincidente con el sur, para poco a poco ir accediendo a lo alto de la colina sobre la que se asienta. La rue Porte Bouqueyre es un magnifico recibidor, la antesala de lo que nos estaba esperando un poco más arriba. De repente la calle se abre y a nuestra izquierda nos sorprende la Torre del Castillo del Rey. Aunque no era el primer lugar que queríamos ver, no nos pudimos resistir y nos acercamos a los pies de esta torre del siglo XIII.
Se trata de un elemento defensivo de la ciudad, parte del ya desaparecido castillo que dominaba las tierras de toda la jurisdicción y que también fue empleada a modo de cárcel. Actualmente se celebra en ella la Jurade, es decir, el Juicio del Vino Nuevo en junio, una especie de valoración del vino, y el Bando de las Vendimias en septiembre, acto da inicio a la recogida de la uva. Durante estos días los miembros de la Cofradía desfilan por las calles ataviados con sus trajes rojos y se celebran misas y otros actos.
Nuestro pasos nos llevaron a la parte alta del pueblo, junto al campanario de la iglesia. Después de detenernos un buen rato admirando las vistas de la zona desde este punto, comenzamos a descender hacía la plaza donde sen encuentra la iglesia Monolítica. El templo fue escavado en la roca por los monjes benedictinos que aquí se asentaron, continuando la labor iniciada por Emilion, un celta convertido en benedictino al que muchos otorgan el dudoso honor de ser uno de los primeros druidas cristianizados.
Estos monjes aprovecharon las cuevas que existían bajo la roca creando un templo de notables dimensiones.
Las calles de Saint Emilion nos acompañan en nuestra partida, salen al paso multitud de restaurantes, tiendas de alimentación y, como no, de vino, el caldo que riega las vida de la región.
Abandonamos el pueblo con un buen sabor de boca y ponemos rumbo al principal destino de este viaje, Burdeos.