El día amaneció con lluvia, muy acorde con la primera visita que teníamos planeada: el cementerio de Pere Lachaise. Cogimos el metro y nos bajamos en la parada que tiene el mismo nombre del cementerio. A escasos metros está una de las entradas.
Antes de ver las tumbas, casi que te fijas en el suelo de adoquines a modo de calzada romana y las hermosas cuestas que te va a tocar subir.
En mi lista estaban como imperdibles la tumba de Moliere, de Honoré de Balzac y de María Callas (ésta todavía la estoy buscando).
Es curioso como las tumbas de los personajes ilustres son más sencillas que muchas de personas anónimas.
Dando vueltas y vueltas llegamos al Columbarium y el crematorio, pero había un funeral y no nos pareció muy adecuado andar por allí dando guerra.
Curiosa una tumba que tenía atado un fajo de francos. Como Caronte no tuviese suelto, el finado se había quedado sin cruzar la Laguna Estigia, el pobre.
La lluvia estaba dejándonos tiesos, así que decidimos coger el metro para marcharnos para nuestra siguiente parada, el Louvre, ya que al ser miércoles cerraba más tarde y nos iba a cundir más. Pero antes pasamos a ver la iglesia de Saint Germain l’Auxerrois, que habíamos dejado pendiente por estar cerrada el día anterior.
Reseñable que en los lugares de la bóveda donde se unen los arcos, hay varios símbolos y letras que no llegué a identificar.
Y ahora sí, al Louvre. Pasamos directamente por el Pasaje Richelieau, que habíamos bicheado en nuestra visita de acercamiento. Acordamos primero pasar por la exposición de “Les Portes du Ciel”, dedicada al Antiguo Egipto. Así que mientras la familia hacía cola, que parecía aquello una boa constrictor de la cantidad de vueltas que daba y lo larga que era, yo me fui a una de las máquinas a intentar sacar las entradas.
Pero no iba a ser fácil, a la estupenda maquinita no le gustaban las tarjetas de crédito de las personas que tenía delante y la mía no iba a ser menos. Se limitaba a decir que no podía leerlas. Así que me coloqué con los demás en la cola, pero como soy muy cabezona, empecé el proceso de frotar la tarjeta con todo lo que tenía a mano y para la máquina otra vez. Y esta vez lo conseguí, 11 € por adulto, los niños no pagaban.
Fue entrar en la exposición y ponerme de mala leche. Allí había tantos tesoros que deberían estar en otra parte. No podía por menos que pensar que todo lo que estaba viendo eran objetos que tenían que haber permanecido en todos los templos egipcios que había visto hace casi 20 años. En aquellas salas estaban fuera de lugar, su sitio era otro. ¿Por qué somos tan ladrones los humanos?
Reconozco que lo mejor fueron varias vendas de momia llenas de jeroglíficos (no sabía que también se escribían ahí) y un sarcófago de madera lleno de grabados tanto en el interior como en el exterior. No hay fotos del evento, no estaban permitidas y cualquiera lo intentaba con los cancerberos que teníamos continuamente pegados al culo.
Cuando salimos de la exposición era la 1 de la tarde, así que decidimos comer allí mismo antes de empezar el tour. Con todo el morro nos sacamos los bocatas y nos los comimos sentados en unos bancos que había al lado de las tiendas, detrás del mostrador central.
Empezamos por los fosos del Louvre Medieval, de camino a los pabellones egipcios. Aquello era un laberinto, sin quererlo nos dimos de morros con la Venus de Milo y tuvimos que dar marcha atrás. Nos tragamos todo Egipto, Mesopotamia y Persia, y seguimos subiendo hasta los Apartamentos de Napoleón III, no sin antes ver la tumba de Philippe Pot.
Llevábamos 6 horas allí y estábamos hasta la peineta, pero el enano no podía irse sin ver a La Gioconda. Conseguimos orientarnos en el laberinto de salas, pasamos por la Victoria de Samotracia y vimos un fantástico cartel que decía “Gioconda”, con una flechita. Y allí estaba ella, rodeada de gente. Aprovechando la ventaja de su estatura y poco bulto, el enano se plantó en primera fila y se quedó allí mirando 15 minutos por lo menos.
No es un cuadro que me llame la atención, y uno de sus antiguos compradores la tuvo en el baño durante años. Si tengo que quedarme con algo de Da Vinci, voto por El hombre de Vitrubio (en la Academia de Venecia), para mi gusto uno de los mejores dibujos del italiano.
Última parada, la pirámide invertida y por fin, la calle. Sinceramente, no me gustó el Louvre. Reconozco que tiene obras de incalculable valor, pero la disposición de las salas, la mala organización y el sinsentido de tener que moverte entre plantas para ver cosas de la misma cultura, me desesperan.
Antes de volver a casa, saludamos otra vez a Juana de Arco y nos encaminamos a la Plaza Vendome, que también la teníamos pendiente. Ay que ver, tiendas tan caras y unos escaparates cantidad de horrendos. Allí estaba Napoleón, figura non grata para mi hijo mayor desde su vuelta de París. Decía que sólo faltaba encontrárselo en la comida, que estaba en todas partes.
Nos fuimos paseando tranquilamente hacia casa y creo que fue el primer día que estábamos encerrados a una hora relativamente temprana.
Antes de ver las tumbas, casi que te fijas en el suelo de adoquines a modo de calzada romana y las hermosas cuestas que te va a tocar subir.



En mi lista estaban como imperdibles la tumba de Moliere, de Honoré de Balzac y de María Callas (ésta todavía la estoy buscando).



Es curioso como las tumbas de los personajes ilustres son más sencillas que muchas de personas anónimas.











Dando vueltas y vueltas llegamos al Columbarium y el crematorio, pero había un funeral y no nos pareció muy adecuado andar por allí dando guerra.



Curiosa una tumba que tenía atado un fajo de francos. Como Caronte no tuviese suelto, el finado se había quedado sin cruzar la Laguna Estigia, el pobre.

La lluvia estaba dejándonos tiesos, así que decidimos coger el metro para marcharnos para nuestra siguiente parada, el Louvre, ya que al ser miércoles cerraba más tarde y nos iba a cundir más. Pero antes pasamos a ver la iglesia de Saint Germain l’Auxerrois, que habíamos dejado pendiente por estar cerrada el día anterior.



Reseñable que en los lugares de la bóveda donde se unen los arcos, hay varios símbolos y letras que no llegué a identificar.







Y ahora sí, al Louvre. Pasamos directamente por el Pasaje Richelieau, que habíamos bicheado en nuestra visita de acercamiento. Acordamos primero pasar por la exposición de “Les Portes du Ciel”, dedicada al Antiguo Egipto. Así que mientras la familia hacía cola, que parecía aquello una boa constrictor de la cantidad de vueltas que daba y lo larga que era, yo me fui a una de las máquinas a intentar sacar las entradas.
Pero no iba a ser fácil, a la estupenda maquinita no le gustaban las tarjetas de crédito de las personas que tenía delante y la mía no iba a ser menos. Se limitaba a decir que no podía leerlas. Así que me coloqué con los demás en la cola, pero como soy muy cabezona, empecé el proceso de frotar la tarjeta con todo lo que tenía a mano y para la máquina otra vez. Y esta vez lo conseguí, 11 € por adulto, los niños no pagaban.
Fue entrar en la exposición y ponerme de mala leche. Allí había tantos tesoros que deberían estar en otra parte. No podía por menos que pensar que todo lo que estaba viendo eran objetos que tenían que haber permanecido en todos los templos egipcios que había visto hace casi 20 años. En aquellas salas estaban fuera de lugar, su sitio era otro. ¿Por qué somos tan ladrones los humanos?
Reconozco que lo mejor fueron varias vendas de momia llenas de jeroglíficos (no sabía que también se escribían ahí) y un sarcófago de madera lleno de grabados tanto en el interior como en el exterior. No hay fotos del evento, no estaban permitidas y cualquiera lo intentaba con los cancerberos que teníamos continuamente pegados al culo.
Cuando salimos de la exposición era la 1 de la tarde, así que decidimos comer allí mismo antes de empezar el tour. Con todo el morro nos sacamos los bocatas y nos los comimos sentados en unos bancos que había al lado de las tiendas, detrás del mostrador central.
Empezamos por los fosos del Louvre Medieval, de camino a los pabellones egipcios. Aquello era un laberinto, sin quererlo nos dimos de morros con la Venus de Milo y tuvimos que dar marcha atrás. Nos tragamos todo Egipto, Mesopotamia y Persia, y seguimos subiendo hasta los Apartamentos de Napoleón III, no sin antes ver la tumba de Philippe Pot.




















Llevábamos 6 horas allí y estábamos hasta la peineta, pero el enano no podía irse sin ver a La Gioconda. Conseguimos orientarnos en el laberinto de salas, pasamos por la Victoria de Samotracia y vimos un fantástico cartel que decía “Gioconda”, con una flechita. Y allí estaba ella, rodeada de gente. Aprovechando la ventaja de su estatura y poco bulto, el enano se plantó en primera fila y se quedó allí mirando 15 minutos por lo menos.




No es un cuadro que me llame la atención, y uno de sus antiguos compradores la tuvo en el baño durante años. Si tengo que quedarme con algo de Da Vinci, voto por El hombre de Vitrubio (en la Academia de Venecia), para mi gusto uno de los mejores dibujos del italiano.
Última parada, la pirámide invertida y por fin, la calle. Sinceramente, no me gustó el Louvre. Reconozco que tiene obras de incalculable valor, pero la disposición de las salas, la mala organización y el sinsentido de tener que moverte entre plantas para ver cosas de la misma cultura, me desesperan.

Antes de volver a casa, saludamos otra vez a Juana de Arco y nos encaminamos a la Plaza Vendome, que también la teníamos pendiente. Ay que ver, tiendas tan caras y unos escaparates cantidad de horrendos. Allí estaba Napoleón, figura non grata para mi hijo mayor desde su vuelta de París. Decía que sólo faltaba encontrárselo en la comida, que estaba en todas partes.

Nos fuimos paseando tranquilamente hacia casa y creo que fue el primer día que estábamos encerrados a una hora relativamente temprana.