A finales de febrero de este año (2015) cayó en nuestras manos una oferta bastante interesante de un crucero por los fiordos: cuatro personas en un camarote con terraza por el precio de dos. Somos una familia con dos hijos jóvenes (una chica de 19 años y un chico de 17), por lo que la oferta nos venía que ni pintada. Faltaba todavía mucho tiempo para nuestras vacaciones, que son siempre en agosto, y ni siquiera nos había pasado aún por la imaginación dónde iríamos este verano. Nunca antes habíamos hecho un crucero ni estaba dentro de nuestras expectativas, pero en dos días terminaba la oferta y, si de verdad nos interesaba, había que decidirse ya. Y nos decidimos.
En ese momento comenzó el sueño del crucero por los fiordos que me ha mantenido expectante y entusiasmada durante todos estos meses.

Lo primero fue estudiar el itinerario del crucero. Habíamos contratado con cierta precipitación y casi ni habíamos analizado las escalas que hacía. El programa era el siguiente:
19 de agosto - Embarque en Copenhague
20 de agosto - Navegación
21 de agosto - Flam (7:00 a 18:00)
22 de agosto - Stavanger (9:00 a 17:00)
23 de agosto - Kristiansand (8:00 a 17:00)
24 de agosto - Oslo (8:00 a 17:00)
25 de agosto - Gotemburgo (8:00 a 18:00)
26 de agosto - Desembarco en Copenhague

Para mí en principio todos los nombres de las escalas menos Oslo y Gotemburgo eran totalmente desconocidos. No los había oído en mi vida. Sin embargo, en cuanto que tecleé en Google la palabra Stavanger y me salieron las primeras imágenes del Púlpito o Preikestolen, el corazón me dio un vuelco. Eran fotos que ya había visto anteriormente, de esas que te dejan con la boca abierta, pero sin saber apenas dónde están tomadas. Encontrar que íbamos a estar allí fue una sorpresa impresionante y decidí que no podíamos desaprovechar la ocasión de subir al Preikestolen como fuera.
Tampoco había oído hablar antes de la naviera, Holland America Line (HAL), así que me puse a documentarme también un poco sobre ella y sobre el propio barco, el Eurodam. Descubrí que cada naviera tiene su propio carácter, su propio estilo y su propio tipo de clientela. Hay navieras más populares y divertidas, con mucha animación, en las que viaja normalmente un gran porcentaje de españoles; hay otras muy lujosas para cruceristas de mayor poder adquisitivo, y HAL era una opción intermedia, más elegante y tranquila que las primeras pero no tan refinada como las segundas. Además, tenía una magnífica reputación en el aspecto gastronómico. Para nosotros, la opción perfecta.

A medida que me iba informando sobre las escalas y sobre las características del barco y de la vida a bordo iba creciendo mi ilusión. Sin saberlo, habíamos acertado con la elección.
Invertí muchas horas desde febrero hasta agosto preparando las excursiones en cada escala. Nos gusta ir por libre, a nuestro aire, así que había que documentarse muy bien para aprovechar el tiempo al máximo: cosas que ver o hacer en cada escala, posibilidades y horarios de los transportes públicos... Todo ello había que encajarlo con las horas de llegada y salida en cada escala. Así fue como descubrí que las ocho horas de escala en Stavanger eran un poco justas para poder subir al Preikestolen, como ya contaré más adelante, por lo que esta excursión se iba a convertir en el gran reto de nuestro viaje.
El mágico mundo de los trolls nos espera
