Olvidé cambiar la hora en el reloj y me levanté muy temprano, más de lo que pretendía. El desayuno lo tomé en el comedor del recinto, tipo buffet y en un espacio que te traslada, cuando menos a Hogwart. Dublín me recibió con una luminosa mañana de otoño y el campus vacío, los edificios iluminándose poco a poco, algún ciclista, el campo de rugby, el campanile, sin público, me brindaron la ocasión de sacar algunas fotos alejadas del ajetreo matinal que se sentía al otro lado de los muros.



Todo parecía muy cercano y como comenzó a nublarse me metí en la oficina de turismo (está en una iglesia) para curiosear un poco el material que ofrece, bueno, mejor que vende; acostumbrada a recoger montones de folletos informativos gratuitos en cualquiera de nuestras oficinas de turismo, ya me he ido dando cuenta de que no es lo habitual fuera de nuestras fronteras.
Bajo el chirimiri irlandés me acerqué a las dos catedrales y comí en uno de los sitios recomendados de la Lonely, Gruel, una medio pizza medio empanada vegetal absolutamente estupenda y superbarata. Aunque el sitio es cutre, la comida es muy buena.
Por la tarde crucé el río Liftey, hasta “el pincho”, por la calle O´Connell y alrededores y merendé un hermoso trozo de pastel con un tanque del habitual café americano en una cafetería frente al río, donde pasé un rato agradable, leyendo a José Luís Sanpedro y viendo pasar a la gente frente a la ventana.
Temple Bar es casi un imán a la caída de la tarde y me dejé arrastrar por la corriente. El público de cualquier pub es por sí sólo un espectáculo, tan variado y tan homogéneo al mismo tiempo. Cada uno con su cerveza enfrente, pero con cara de turista, de jubilado, de estudiante, de ejecutivo, de mecánico, de cualquier cosa.