Tras dos semanas en Cuba ni mucho menos pretendemos hacer un análisis riguroso ni siquiera atrevernos a definir ni a buscar una explicación de lo que hemos visto. Simplemente somos observadores, así que si alguien tiene otras ideas o explicaciones es muy posible que tenga razón.
El cubano está acostumbrado a pasar penurias y a no protestar. En Cuba no existe la competencia empresarial ni personal, por lo que no hay castigo ni recompensa por las malas y buenas acciones. En Cuba no existe la libertad de expresión ni la pluralidad política, y las opiniones distintas no están bien vistas y el miedo hace el resto.
Existe una triste resignación en el día a día que ha forjado un carácter dócil y con poca o muy poca conciencia crítica. Los cubanos no protestan: obedecen y no cuestionan. Un par de ejemplos:
Entramos en un museo y tras pagar la entrada vimos que hay que dejar las mochilas en un guardarropía. Esto lo hemos visto en otros sitios y normalmente se hace para que la mochila no moleste otros visitantes ni que sea un peligro para el material expuesto. Aún así, pregunté a la chica la razón por la que había que dejarla ahí; la respuesta me dejó perplejo “No lo sé, es una orden que tengo”.
En otra ocasión subimos a un autobús donde el aire acondicionado estaba excesivamente bajo y hacía mucho frío. Viendo que otros turistas centroeuropeos blanquitos estaban muertos de frío, tapados con pañuelos o llevaban jerseis le pedimos al conductor si podía subir un poco la temperatura: “No, ésta es la temperatura estipulada”.
En una excursión teníamos un almuerzo incluído con un menú con café al final. Laura pidió a la camarera si podía poner un poco de leche para hacer un cortado, la respuesta sin siquiera mirar ni razonar fue un simple “No”. Y adiós muy buenas.
Existe un desorden que no sabemos si es cubano o caribeño porque no podemos comparar. Tenemos la sensación que la gente que atiende el público hace lo mínimo para cumplir su trabajo, y no se pregunta si alguna de sus acciones podría ser optimizada. Evidentemente hay un montón de excepciones y gente encantadora, pero en general esto es lo que hemos visto.
Fuimos a un museo en Trinidad y el cobrador nos dijo que ya habían cerrado. “El horario es hasta las 17h”. Ah vale, pensamos…pues venimos otro día. Al día siguiente eran las 18:30 y pasamos por ahí viendo que había gente que pagaba la entrada. ¿Cómo? Bueno, preguntemos. “Oye, ¿no cerrabais a las 17h?”. Respuesta, “No, hoy cerramos a las 19h”. Si yo trabajara ahí no me hubiera limitado a decir que cerramos a las 17h, hubiera añadido “pero mañana o tal y tal día cerramos más tarde”. Quizás somos quisquillosos, pero vimos un montón de detalles como estos y al final ves que se trata de algo generalizado y no de personas concretas…y que además no has visto en otros sitios.
Una sensación que hemos tenido, pero que no sé si sólo es eso, es que los hispanohablantes estamos mejor tratados por los cubanos que el resto de turistas. Evidentemente el idioma tiene mucho que ver, pero por actitudes y comportamientos creo que nos ayudan un poquito más y son más comprensivos.