Lunes, 14 de Agosto:
Empezaba la última parte de nuestro viaje

Fue una espinita que se nos quedó clavada, no conseguir ver el mítico Fuji. Ya habíamos leído que en verano es muy complicado verlo por las brumas y las nubes, y sabíamos que podía pasar, pero siempre nos quedaba la esperanza de verlo en algún momento.
Para nuestra estancia en Tokyo habíamos vuelto a reservar a través de Airbnb, esta vez dos apartamentos del mismo propietario, uno enfrente del otro en el mismo pasillo. Eran dos apartamentos pequeños, con capacidad para 4 personas cada uno, pero nosotros estábamos 3 y con maletas y todo se hacían algo pequeños, pero bueno, para dormir y ducharse tampoco hacía falta mucho más. Eso sí, estaban bien situados, a escasos minutos de la parada Meguro de la línea Yamanote. Esta línea es circular y pasa por muchos de los puntos de interés para un turista en Tokyo, por lo que es muy usada. Desde la estación de Meguro teníamos a unos 20 minutos o menos tanto la zona de Estación de Tokyo, Ginza o Akibahara como Shinjuku o Shibuya. Además está incluida en el JR PASS. Nosotros siempre nos movimos usando esta línea, salvo en tres ocasiones.

El barrio de Meguro nos gustó, es tranquilo, moderno, elegante, y con combinis y restaurantes para elegir. Totalmente recomendable para alguien que quiera conocer la ciudad. Comimos en un restaurante de los que eliges el menú en una máquina, entregas el ticket al camarero que está en la barra y en menos de 5 minutos tienes tu plato en la mesa. Todos comimos menús que incluían un plato de arroz o fideos, algo de carne, sopa, y varios entrantes japoneses, y muy bien de precio, entre 700 y 800 yenes por persona.

La puerta de los apartamentos estaba programada para abrirse a la hora establecida, y dentro estaban las llaves de cada una de las viviendas
Estaba casi anocheciendo cuando llegamos al barrio, así que nos recibió con todas las luces y neones encendidos. Había muchísima gente por todos lados pero aún así no era difícil orientarte ni andar por la calle o la estación. Nada más salir a la calle empezamos a ver a nuestras primeras "lolitas" aunque después vimos muchísimas más a lo largo de la calle principal. Lo primer que hicimos fue cambiar dinero en un lugar cercano a la salida de la estación y la verdad es que el cambio fue muy bueno, y además nos dieron unos tickets para gastar en una tienda de máquinas de esas en las que tienes que mover un gancho para agarrar un premio. Es una tontería y algo a lo que nunca juego aquí en España, pero lo probamos y nos echamos unas risas, empezábamos bien. Al lado estaba el BC Camera, un edificio dedicado a la electrónica, donde nos dimos un rato para que cada cual curioseara lo que más le apeteciera. Estuve mirando en la zona de cámaras otra vez pero no vi grandes gangas, así que no compré nada.

Después entramos al Don Quijote, una tienda con varias sucursales por toda la ciudad. La de este barrio es inmensa y ocupa un edificio de varias plantas. Es bastante caótico y está todo apelotonado y con poco espacio para moverse, pero fascinante por la cantidad de frikadas y mamarrachadas que venden, desde comida a camisetas, souvernirs, juguetes, objetos de adultos y todo lo que puedas imaginar. Aquí compramos algunos regalos para amistades y familia y pasamos un rato en la zona de disfraces haciéndonos fotos con todos los gorros que pillamos. ¡Fue genial! Al entrar en la tienda nos dieron unos vales (otra vez) para jugar al pachiko en la ultima planta, y allí que nos fuimos los seis. Nos cambiaron el vale por unas monedas falsas que podías utilizar en la multitud de máquinas que había y estuvimos probando un rato, como unos japoneses más. ¡No estaban llevando al lado oscuro de la ludopatía! Normal que estén muchos viciados a estos juegos, la oferta es inmensa y están en todas partes. No conseguimos ganar nada pero nos llevamos un rato muy entretenido.
Para relajarnos un poco de tanta lucecita y sonidos estridentes nos fuimos a tomar algo a un café de gatos. Estos establecimientos son muy populares en la ciudad ya que en la mayoría de los edificios no dejan tener mascotas y la gente viene aquí a tener contacto con los animales. Pagas la entrada que te da derecho a una consumición y puedes jugar con los gatos. Algunos van siempre al mismo café y juegan siempre con el mismo gato, como si fuera su propia mascota. En el que estuvimos nosotros, Neko JaLaLa , los gatos eran inmensos y tenían una pachorra que no veas. Costaba que se movieran aunque les hicieras monerías. A algunos no les convenció el sitio pero a mí me resultó una experiencia muy curiosa. Viendo el éxito de los cafés de gatos posteriormente abrieron establecimientos parecidos pero con perros, conejos, loros, pingüinos, búhos e incluso serpientes.

Volvimos a la calle principal del barrio y compramos unos takoyakis en un puesto callejero para cenar. Son como unas albóndigas de pulpo que están bastante bien, al menos a mí me gustaron mucho. Llegados a este punto decidimos entrar en un Maiden Café, ya que decían que era una de las experiencias más curiosas que se pueden vivir en el barrio. Son cafés cuyas camareras son chicas de aspecto juvenil e inocente vestidas con llamativos trajes de doncellas o sirvientas del siglo pasado, con sus enaguas y delantales a juego llenos de volantes y lazos, cofia (u orejitas de gato) y medias hasta las rodillas. Al final es una mezcla entre ingenuidad y erotismo que vimos que a los japoneses les pone mucho. Estos locales parecen algo casi infantil pero en el fondo tienen un toque fetichista, como muchos aspectos del ocio en Japón.
En la calle había muchísimas de estas chicas repartiendo publicidad de sus locales, a las que por cierto no les gusta que se les hagan fotos, pero nos decidimos por uno de los más conocidos con muchos cafés por toda la ciudad, el Maidreamin. El café estaba en una planta alta de un edificio, y nada más entrar nos recibió una lolita con su mejor sonrisa, su alegría infinita y sus palmas y grititos. Nos asignaron una mesa y nos trajeron la carta. Casi todo son bebidas, helados, batidos y platos sencillos tipo hamburgesas o tortillas con arroz, casi siempre decoradas con motivos Kawaii: conejitos, ositos, corazones, etc., y todo bastante caro. Nos hizo tocar las palmas para acompañarle al encender una vela y a algunos nos plantó una diadema de ositos en la cabeza, yo incluído

Esa noche nosotros nos reímos lo que no está escrito, y no por las camareras, si no por el público asistente que era de lo más variopinto, como un señor ya mayorcito con su marioneta de pikachu que no soltaba en ningún momento, otro que hacia movimientos masturbatorios a una linterna en forma de palo mientras observaba a las sirvientas, un chico sólo con pinta de alemán y cara de deprimido en claro contraste con la atmósfera risueña y desenfadada del local... Claro que nosotros con las diademas de ositos tampoco estábamos precisamente como para una recepción elegante
Tras esta primera e intensa toma de contacto con Tokyo volvimos a los apartamentos y a descansar para el día siguiente.