Salimos tempranito del hotel y de camino nos tomamos un capuccino aderezado con una curiosa crema naranja, que todavía no sé lo qué es, antes de ir a la Torre degli Alsinelli. Dentro de la torre hay una taquilla bastante claustrofóbica en la que pagas los 3 € de entrada y luego continúas hacia arriba. La subida no es para corazones débiles, desde luego. Yo me quedé sin aliento varias veces y eso que estoy acostumbrado a subir escaleras. Los escalones son de madera y un tanto irregulares, por suerte hay un par de forjados intermedios en los que pararse a descansar.

Las vistas desde la torre compensan con creces el esfuerzo. Para los que tengan miedo a las alturas hay que decir que la cima está perfectamente protegida. Alrededor del peto de ladrillo hay una “jaula” de lamas metálicas, así que no te caes ni queriendo.


Una vez abajo, y con las piernas hechas puré, nos marchamos a la estación de ferrocarril a coger el tren con destino Parma. Una horita de viaje y ya estábamos allí. De paso aprovechamos para comprar los billetes a Módena, en la que pensábamos hacer una paradita a la vuelta.
Para ir hacia el centro basta con seguir el curso del “río”. Las comillas se deben a que estaba completamente seco. Supongo que resurgirá cuando llueva, pero no tiene aspecto de que sea gran cosa ni siquiera en sus mejores momentos.
Lo primero que ves del casco antiguo es el inmenso Palazzo della Pilotta, ocupado por varios museos e instituciones. Al otro lado hay una bonita plaza ajardinada, tan grande como el palacio, y detrás las calles que conducen al Duomo y el Baptisterio. Íbamos deprisa porque en mi guía aseguraban que ambos cerraban a las 12:00 y ya eran las 11:30. Una vez allí descubrimos que cerraban media hora más tarde de lo que indicaba la guía y aprovechamos para echar un vistazo rápido al Duomo antes de ir al Baptisterio. Es una catedral de estilo románico y al entrar llama la atención porque las paredes están pintadas hasta el último centímetro. Fuimos a ver el fresco de la Asunción de la Virgen de Correggio que decora la cúpula (alucinante) y salimos pitando.

El Baptisterio situado frente a la catedral es un edificio de mármol rosa adornado con estatuas, una preciosidad, pero lo mejor está dentro. Al igual que la catedral, está decorado de arriba abajo con unos frescos fabulosos. Las fotos que hicimos no les hacen justicia así que recomiendo mirar en Internet para apreciar bien lo que hay. Las estatuas, entre las que aparecen las omnipresentes labores del mes, tampoco están nada mal.

Al salir hicimos la segunda incursión en el Duomo, otra visita rápida porque a los cinco minutos de entrar ya estaban sonando los timbres que anuncian el cierre.
A esas horas ya estaban cerradas todas las iglesias de Parma, por lo que fuimos a los monumentos que todavía se encontraban abiertos. El primero fue la Cámara de San Paolo, las habitaciones privadas de una abadesa que contrató a Correggio para que pintase las paredes. Ventajas de ser rico. Pese a ser las habitaciones de una abadesa los temas escogidos para las pinturas eran profanos, destacando la colección de querubines dedicados a todo tipo de actividades (algunas un tanto equívocas, por cierto). Quizás no sea la obra maestra de Correggio, pero tiene la ventaja de que puedes ver las pinturas muy de cerca.

Regresamos al Palazzo della Pilotta para conocer una de las atracciones que nos habían llevado a Parma. Ya he comentado que dentro del palacio hay varios museos, incluyendo una pinacoteca a la que se llega pasando por el Teatro Farnese. Es posible comprar una entrada para entrar sólo en el teatro y eso fue lo que hicimos nosotros. Se trata de un teatro barroco construido totalmente en madera, inspirado en el Teatro Olímpico de Palladio, y sin haber visto aquel sí que puedo decir que éste es espectacular. La verdad es que las fotos no dan una idea de lo grandioso que es. La lástima es que lo que hoy existe es una reproducción, ya que el original se quemó durante un bombardeo aliado en 1944. Sin embargo la reproducción es tan buena que resulta muy fácil pasar ese detalle por alto.

Dimos por acabadas las visitas de la mañana y compramos unas piadinas, una opción de comida rápida típica de la región, similar a las pitas, que aún no habíamos probado,. Las piadinas estaban muy buenas, pero la tarta de pera y chocolate que degustamos acto seguido estaba sencillamente sublime…
Tras la comida estuvimos callejeando por la Plaza Garibaldi y la Via Fanni. Parma es una de esas ciudades elegantes y tranquilas por las que da gusto pasear. Largas calles peatonales, bicicletas a tutiplén, tiendas atractivas, muchas terrazas en las que apetece sentarse a tomar un café y la sensación general de que allí se tiene que vivir muy bien. Fue la ciudad en la que vimos más turistas, sobre todo turismo interior y centroeuropeo.

A las 15:00 horas volvían a abrir las iglesias y nos marchamos en dirección a San Giovanni Evangelista. Nuestra guía hace referencia a los frescos de Parmigniano, que no puedo decir si están bien o mal porque en las capillas en las que están no se veía un pimiento. Los otros tesoros de la iglesia sí que se ven perfectamente una vez que pagas el euro que enciende la iluminación. Son dos pinturas de Correggio, entre las que destaca el fresco de la Visión de San Juan Evangelista en la cúpula. De allí partimos para hacer el tercer recorrido del día por el Duomo. Esta vez pudimos ir tranquilos, lo que nos permitió bajar a la cripta, ver un impresionante Descendimiento de la Cruz en piedra, y disfrutar de los frescos de la Capella del Comune. Por último fuimos al Santuario de Santa María della Steccata. Aquí hay más frescos de Parmigniano aunque, de nuevo, el interior resulta demasiado sombrío como para apreciarlos adecuadamente.
Salimos pitando para coger el tren con destino a Módena, puesto que no queríamos llegar tarde a Bolonia. Por cierto que resulta curioso el juego del gato y el ratón que se traen algunos pasajeros con los revisores. En todos los viajes veías a gente que pasaba por los vagones mirando hacia atrás sin parar o que se encierran en los aseos hasta que se ha ido el revisor. Y a pesar de todo a unos cuantos los pillaron.
Aquí fuimos un tanto deprisa, quizá más de lo que merece la ciudad. Sin embargo me dio la impresión de que era la menos interesante de entre las que visitamos esos días o por lo menos la que tiene menos cosas que ver. El caso es que del tren fuimos directos a la Piazza Grande, pasando por una plaza con un palacio inmenso donde estaban montando el escenario para un concierto. En la Piazza Grande se halla el motivo fundamental para ir a Módena: la catedral románica, también Patrimonio de la Humanidad. Por desgracia el exterior está en restauración y sólo queda una portada libre de andamios en la que ver las sensacionales tallas de Willigelmus. Para rematar la faena, el campanario está recubierto de arriba abajo por un andamio con lona, de tal manera que no sabes si dentro hay una torre gótica o la chimenea de una fábrica. Al menos la restauración del interior ya ha finalizado y es posible disfrutar del maravilloso púlpito de mármol con escenas de La última cena y unas fantásticas estatuas en la base de las columnas.

De vuelta a Bolonia nos llevamos la sorpresa de que ese sábado se celebraba la Noche Verde. La verdad es que no sabría decir cuál es su razón de ser, pero el caso es que las tiendas estaban abiertas hasta medianoche, por todo el centro había grupos muy buenos tocando música en directo y las terrazas estaban abarrotadas de gente. Tuvimos incluso la gran suerte de dar con una degustación gastronómica gratuita, y pese a que ya habíamos cenado nos inflamos a comer parmesano, jamón de Parma y otros embutidos de la zona, bien regados con vino local. De lujo, vamos.

Además estaban los museos abiertos, de modo que pudimos hacer una visita nocturna al Palacio del Archiginnasio, uno de las antiguas sedes de la Universidad, que llama la atención por los miles de escudos, pintados o de estuco, que adornan los muros y el techo, correspondientes a las familias de los estudiantes nobles que cursaron allí sus estudios. Dentro del palacio se halla igualmente el Teatro anatómico, construido enteramente en madera como el Farnese, donde se daban las clases de anatomía.

El día siguiente, el quinto de nuestra estancia, fue también el día de nuestra marcha. Cogimos de nuevo el Aerobús y según transitábamos por las calles cubiertas por soportales nos íbamos despidiendo de Bolonia, una ciudad a la que fuimos sin grandes expectativas y que al final nos encantó. Bonita, bien urbanizada, animadísima, quizás no sea la población más hermosa de Italia pero es la única, de las que conozco hasta la fecha, a la que me iría a vivir sin pensarlo mucho. Seguro que volvemos alguna vez.