Desayunamos puntuales en el hotel, café, pan y tortilla (las comidas son repetitivas y éste será nuestro desayuno habitual) y nos ponemos en marcha. Estamos impacientes por descubrir Benín.
Al ser domingo, apenas hay tráfico y salimos de Cotonou en un visto y no visto, nos llama la atención el buen estado de las carreteras, atravesamos Portonovo y empezamos a circular hacia el norte por zonas más rurales, donde los puestos se multiplican a lo largo de la carretera y donde se puede comprar lo típico: gasolina en botellas o cántaras, ataúdes, ratas fritas, serpientes,
Cruzamos un pequeño pueblo cuando de repente Assou manda parar el coche y nos dice que va a pedir permiso a ver si nos dejan entrar en una iglesia cristiana celeste, que se caracterizan por renegar del vudú y vestir completamente de blanco e ir siempre descalzos. Nos presentamos, pide permiso al jefe y una vez que nos quitamos el calzado, nos dejan entrar a la iglesia, a compartir un rato con ellos. Nos comentan que al ser domingo la misa puede durar todo el día. Participamos de su fervor, de sus rezos, música y bailes, aquí empezamos a impregnarnos de la alegría que desprenden.

Encontrar a los Holi, no es fácil, es un pueblo aislado, que se caracteriza porque no quieren mezclarse con los demás, de hecho muchos niños Holi ni siquiera van a la escuela, por lo que sólo pueden comunicarse en su dialecto. Para llegar hasta ellos, hay que dejar el coche en la pista principal y caminar un poco.
Allí no vamos a encontrar ningún lugar donde poder comer, por lo que Assou nos sugiere que paremos en algún mercado y compremos algo para comerlo después. Por nosotros encantados, nos apetece mucho ver el trasiego de un mercado beninés. Es aquí el primer lugar donde empezamos a oír el inconfundible “yobo”, “yobo”(blanco), que nos acompañará allá por donde vayamos.


Los Holi provienen de Nigeria y ese aislamiento del que hacen gala, ha permitido que aún mantengan tradiciones, como por ejemplo los tatuajes y las escarificaciones que en otras tribus se están perdiendo.

Otra de sus señas de identidad es que fueron la última tribu antropófaga (se alimentaban de carne humana) de África Occidental hasta los años 80, cuando el gobierno prohibió esta práctica. Pero para nosotros el rasgo que más les identifica en su amabilidad y lo acogedores que son.
Cada uno de nosotros llevábamos 4 niños holis agarrados de cada mano, sin pedirnos nada, sólo querían jugar, éramos sus juguetes, les llamaba mucho la atención nuestro pelo, nuestros brazos, nuestras palmas de las manos y cuando sacamos los móviles para hacernos unos selfies todos juntos y pudieron verse, eso fue una juerga total. No se separaron de nosotros hasta que abandonamos el poblado.
Nos enseñaron sus viviendas hechas de bambú y cocoteros, dentro tienen los animales, cocinan, viven en condiciones muy duras. Nos recibió el rey del poblado, quien hizo una especie de ritual de bienvenida, tomamos su aguardiente, intentamos comunicarnos y sobre todo, aprendimos de sus tradiciones y disfrutamos de estar allí.


Nos despedimos, hemos compartido casi dos horas con ellos, compartiendo juegos y risas, los niños nos acompañan hasta el coche y seguimos un poco más adelante para visitar otro poblado Holi, por aquí hay varios campamentos desperdigados.



Nos ha encantado conocer a esta etnia animista, además de ser la primera, destilan orgullo y pobreza a partes iguales, pero sin tristeza, sin drama. Y los niños, tienen una mirada que te roba el corazón.

Se nos ha hecho tarde, así que paramos a comer en algo parecido a un bar, donde conseguimos cerveza y somos la atracción de todos los lugareños. Justo enfrente había un mercado que era más grande que el anterior y fuimos a verlo.
Habíamos leído que los Benineses de primeras son recios y es verdad que cuando te cruzas con ellos, te mantienen la mirada hasta el final sin decir nada, pero cuando sueltas “Bonjour o ¿ca va? Les cambia la expresión, sonríen y te contestan. Son muy agradecidos.
Respecto a las fotos, también habíamos leído que no les gusta nada que les fotografíen, pero en general son gente muy agradable, también nos hemos encontrado con chicos jóvenes que a nuestro paso gritaban “Yobo, foto” y posaban para nosotros


Vamos a Cove, donde dormiremos las dos próximas noches, nos instalamos en nuestro hotel y disfrutamos un rato del aire acondicionado de la habitación. Al poco rato, nos llama nuestro guía y nos dice que estamos preparados en 20 minutos que tiene una sorpresa.
Cuando nos reunimos, montamos en el coche y nos dice que vamos a tener mucha suerte, que hay una danza Egungun en un pueblo cercano. Los Egungun son una sociedad secreta de enmascarados que representan a sus ancestros y visten coloridos trajes a la vez que bailan, mientras los que lo están viendo tratan de evitar sus súbitas arrancadas, ya que el contacto físico está prohibido (un Egungun no puede tocar ni ser tocado por los allí presentes, pues ambos sufrirían consecuencias fatales).
Aparcamos el coche y nos acercamos caminando a un tumulto de gente en medio de un griterío ensordecedor, yo pensaba para mí: “esto tiene que ser real, no puede estar preparado”.
Al llegar, nos abrieron un hueco en el círculo para verlo mejor y allí estaban los Egungun, había varios danzando, corriendo, saltando, haciendo un pequeño ritual, la música de los tambores sonaba como en las películas, la gente bailaba, gritaba, cantaba. Éramos los únicos “yobos” y estábamos alucinando





No podíamos parar de grabar vídeos, estábamos viviendo en primera persona, parte de sus tradiciones, siendo parte activa del evento. Y era fascinante. En ese momento, alguien le dice a Assou que mejor nos cambiemos de sitio, que corremos peligro, estamos muy cerca de los Egungun.
Y atravesamos “custodiados” por 3 o 4 personas, la plaza del pueblo y nos fuimos enfrente, donde se suponía que habría menos jaleo.


Y allí seguimos con los ojos como platos, un espectáculo asombroso. De improviso, uno de los Egungun se viene corriendo hacia nosotros, se paró a un metro de mi compi, ésta se quedó quieta y la respuesta fueron dos latigazos con unas ramas que la hicieron heridas y sangre en la pierna. Inmediatamente salió disparado hacia otros chicos que también fueron fustigados.
Recuerdo perfectamente, el calor, los bailes, los tambores y la alegría de toda la gente que allí estaba, también como muchos venían a interesarse por las heridas de mi compi (Que no la pasó nada, más allá de la sorpresa por el momento). A partir ahí, alguien de allí se puso delante de nosotros con un palo a modo de defensa. Poco después, uno de los jefes yorubas que se encontraba en la plaza, decidió que era el momento de apagar cámaras y teléfonos móviles.
Aquí huele a África, aquí se siente África, justo era la atmósfera que habíamos soñado con vivir, sólo estos momentos justificaban el viaje y eso que estábamos empezando nuestra aventura.
Yo sólo podía pensar que esto era REAL!!!
