Mientras desayunamos, hablamos de las imágenes de ayer, las lentejuelas, los trajes, lo hipnótico de los tambores, recordamos la danza Egungun, de esos momentos gloriosos que no olvidaremos nunca, una experiencia TOP.
Pero hoy es otro día y a ver que nos depara. Llegamos en coche hasta el embarcadero, donde nos están esperando para ir en una especie de piragua (que es un tronco hueco),empujada por una pértiga por el río Negro, hasta llegar a la isla de Agonve, allí habita la etnia Mahi, pescadores que viven ajenos al bullicio de los mercados y poblaciones junto a la carretera.
El trayecto no es muy largo y menos mal, porque hace muchísimo calor y estamos a pleno sol, aún así disfrutamos del paseo por el río.

Caminamos por el pueblo, hablamos con las mujeres que están limpiando el pescado, otros atienden los útiles de pesca, la mayoría de los hombres están faenando en el río y aunque hay algún niño intentando capturar algún pez, casi todos se encuentran en el colegio. Hoy es un día como otro cualquiera.


Visitamos la escuela, hablamos con el director que nos cuenta todas las dificultades y carencias que tienen y visitamos una clase de niños pequeños, que nos alegran el día con su sonrisa y sus ojos de asombro al ver unos yobos en su pueblo.

Paseamos por sus calles, aquí las casas están construidas en adobe, nada que ver con el bambú de los holis. En cada rincón del pueblo más recóndito puedes encontrar fetiches donde realizan sacrificios y es que aquí en Benín todo creen en el animismo. Hay cristianos, musulmanes, hinduistas, pero todos lo comparten con el vudú.

Los Mahi son una etnia muy amigable, con la que es fácil intentar comunicarse, y terminar riendo de no se sabe muy bien qué.


Regresamos. El aire acondicionado del coche y unas cervezas en el restaurante del hotel nos resucitan. Descansamos en la habitación del hotel un par de horas, hasta que baje el sol. Assou nos ha confirmado que esta tarde veremos la ceremonia de las máscaras Gelede.
Estas ceremonias que son de tradición Yoruba y patrimonio inmaterial de la Unesco, se suelen celebrar entre los meses de marzo a mayo, después de las cosechas, cuando se aproxima la temporada de lluvias. Nosotros íbamos a tener la suerte de disfrutar de un baile de máscaras real, que rinde homenaje a las mujeres, no preparado para el turismo, en el África Negra, en una plaza de un pueblo
Al llegar, la música de los tambores ya sonaba, gente bailaba y cantaba alrededor del árbol central de la plaza, mientras un ejército de niños nos restregaban su ritmo frente a nosotros. Uno de ellos me preguntó si me lo iba a llevar, era un niño de tres años que nunca había visto gente blanca y no sabía si tenerme miedo o ser mi amigo. Y establecimos una conexión, él me hablaba en Yoruba y yo le contestaba en castellano y así entre mis rodillas estuvimos un buen rato hablando de la vida en general hasta que empezaron a salir las máscaras.
Otra vez, éramos los únicos blancos por allí y nos invitaron a sentarnos junto a una de las mujeres sabias del pueblo, la persona encargada de dirigir, dar instrucciones y trasmitir a las siguientes generaciones las tradiciones, los bailes, los rituales.
Nos invitaron a bailar (o a intentarlo) con ellos, estábamos participando activamente, sintiéndonos protagonistas. Pasando vergüenza, pero sobre todo nos reímos y disfrutamos


Y las máscaras empezaron a desfilar de una en una. Salen vestidas de una caseta que está en la misma plaza. Cada una tiene su propio significado, agitaban sus crines de caballo, bailaban en el centro, bailaban delante de nosotros y nos invitaban a salir a movernos con ellos.


Cada máscara Geledè está compuesta por dos partes, la inferior que representa un rostro femenino con sus escarificaciones y la parte superior que tiene sus propios movimientos y nos cuenta una historia


No tengo ni idea del tiempo que allí pasamos, sé que fue muy intenso, y que nos marchamos cuando empezaba a anochecer, despidiéndonos de nuestros pequeños amigos, mientras ellos seguían con su ceremonia, con su alegría y con toda su autenticidad. Teníamos el sueño de vivir África y allí estábamos nosotros, cumpliéndolo.



Volvemos al hotel TG a Cove, es nuestro segundo día y hemos conectado con Benín, con sus gentes y sus costumbres. Es un país auténtico.