Lunes 03/04/23
Empezamos el día visitando Gravensteen, el castillo de los Condes.
A parte de la excepcional fotogenia de su exterior, el interior nos pareció extremadamente recomendable, porque el audioguía que incluye la entrada es tronchante.
El narrador nos cuenta las vicisitudes del Conde de Alsacia cuando vino a construir aquí su residencia, a finales del siglo XII. El último conde se fue hace ya más de seis siglos, pero después de varios usos y una buena reforma, el edificio luce casi como lo hubieran disfrutado sus nobles dueños.
Hace un día espléndido para pasear. Damos una vuelta por el Patershol, un pequeño barrio con restaurantes exóticos de todo tipo, pero nosotros comemos en una terraza de la Vrijdagmarkt, una animada plaza peatonal llena de locales.
La región de Flandes es conocida por sus campanarios medievales, de hecho, son patrimonio de la humanidad por la Unesco por su importancia social, ya que representan el poder que lograron los obreros artesanos por encima del gobierno municipal.
En muchas de las ciudades de Flandes, los gremios decidieron construir una atalaya de vigilancia, donde voluntarios hacían turnos para supervisar el territorio desde las alturas y avisar a la población con las campanas si fuera necesario.
La entrada permite subir a la cima de la torre y ver el interior, donde observamos el carrillón y la gran sala del mercado.
Las vistas desde arriba son fabulosas, pero teniendo yo miedo a las alturas, y siendo el pasillito tan estrecho, no me queda otra opción que recorrer el balcón gateando hasta alcanzar las escaleras de bajada.
A pocos metros se encuentra la Catedral de San Bavón (o Sint Baafs), también de estilo gótico, igual que el Campanario.
En su interior se encuentra el famoso retablo del Cordero Místico, de Van Eyck. Para observar esta obra maestra flamenca hay que entrar en el museo de la Catedral, que es de pago.
Y cuando hemos recorrido como mínimo un par de veces cada calle y cada canal,