Bien temprano estamos en la parada de bus, después de haber cambiado unos euros a Córdobas en el banco Lafise, de los pocos que quieren euros en Nicaragua. Se puede cambiar con personas que hay cerca de los bancos, llamados coyotes, pero siempre es peor el cambio aunque evitas la espera.
No dejéis de subir en un chicken bus. Son los buses de escolares que ya no quieren los americanos y los nicas los usan hasta que se caen a cachos. Es toda una aventura ir en uno de esos.
Si queréis ir al aeropuerto, debéis intentar ir a la terminal Huembes, en esa terminal, puedes coger otro bus que te deja en la entrada del aeropuerto y te libras de pillar un taxi, que ya mismo te sopla 15 dólares, cuando en bus, ni llega al dólar.
Al fin nos vamos a tener un poco de relax a unas playas que había leído eran paradisíacas. Gasté mucho tiempo mientras preparaba el viaje, en saber como llegar allí. A mí me gusta de la forma más aventurera posible, pero eran 9 horas de bus desde Managua hasta Bluefields y otras 8 de ferry , desde Bluefields hasta Corn Island. En avioneta, 1,20 horas, así que está vez, nos compensaba enormemente. Encima, solo dos días a la semana salen los ferrys hacia las islas y dos de vuelta, que me venían fatal.
El billete de ida y vuelta a las islas con la empresa La Costeña, mejor reservar con antelación, porque en la avioneta que nos llevó, íbamos 15 personas e iba llena.
Había leído mucho sobre que una isla es mejor que la otra, que la Little es más salvaje que la Big, que la Big es mas barata y tiene más cosas que hacer, que la Little es la mas escogida por los turistas. Así que pillé las tres noches en la misma, la Big Corn Island, en un magnífico BnB, regentado por dos caribeñas que eran una delicia de anfitrionas. Sunset BnB Bay, un sitio magnífico, por unos 50 dólares la habitación doble con desayuno. Muy buen precio, para estar en primera línea y más con lo caros que son los alojamientos en las islas.
Pero el tiempo no acompañaba, la tarde estaba muy airosa, y aunque nos dimos el primer baño y vimos un atardecer espectacular, no teníamos buen presentimiento del tiempo que nos iba a hacer en los sucesivos días.
Nos dimos una vuelta por el pequeño pueblo de la isla, que tenía decenas de pulperías, nombre que les dan allí a las tiendas donde venden alimentos. Tiene su gimnasio, varios comedores, que son los sitios que van los locales a cenar o llevarse la comida a casa, su lonja, escuela de buceo, varias panaderías y un buen puñado de bares y restaurantes. El pueblo nos gusta, con el cambio del físico de la gente, allí todos caribeños, de piel oscura. Cenamos y a la cama, que mañana toca explorar la isla.