Nuestro primer día en Francia se lo dedicamos a Albi, la ciudad en la que nos alojábamos las primeras noches del viaje. La capital del departamento de Tarn es una de las villas más bonitas y monumentales del sur de Francia. La ciudad es Patrimonio de la Humanidad y se le conoce por el sobrenombre de la Ciudad Roja, debido al característico color de los ladrillos que se utilizaron para construir sus edificios más notables. Albi tuvo una gran importancia durante la Edad Media por el papel que jugó en la cruzada de la Iglesia contra los cátaros, una secta cristiana considerada herética por la Iglesia oficial que tuvo bastante fuerza en esta zona del país. Además, es el lugar que vio nacer al pintor Toulouse-Lautrec.
Como en todas las ciudades históricas europeas, los principales monumentos y las zonas más pintorescas se encuentran situados en el centro de la ciudad, pero en nuestro caso decidimos empezar la visita dando un pequeño paseo bordeando el centro y acercándonos al puente "Pont du 22 Aout". La razón era poder tener unas maravillosas vistas del casco histórico, la catedral, las casas rojizas, el puente viejo (lamentablemente lo pillamos en obras),el molino, etc... y todo con el Tarn discurriendo a nuestros pies. Tras hacernos las fotos de rigor nos encaminamos a la orilla derecha del río, para visitar el barrio de la "Madeleine" y sus múltiples miradores sobre el centro. A la altura del Puente Viejo vimos que han instalado una especie de prismáticos muy modernos que al mirar puedes observar una recreación de cómo se construyó el puente y los edificios emblemáticos de la ciudad, además, como se puede girar, puedes observar todo el entorno. Muy instructivo e interesante. Tras darnos un paseo por este barrio cruzamos andando el puente viejo.

El Pont-Vieux es otra de las estampas más reconocibles de Albi con sus ocho arcos ojivales. Se levantó en ladrillo en el siglo XI para unir las dos riberas del río Tarn y los comerciantes debían pagar un tributo para cruzarlo con sus mercancías. En su momento contó con dos tramos levadizos y una torre central. Ates de adentrarnos en las callejuelas del centro recorrimos las "Berges du Tarn", un paseo a la orilla del río donde había muchos niños haciendo distintas actividades o gente sentada en el cesped contemplando el río pasar y las vistas del otro lado. Tras esta agradable visita subimos las escaleras que llevan al centro y nos encontramos con tres arcos de piedra, los restos que quedan de la antigua catedral de Albi.


Justo al lado se alza la catedral actual, dedicada a Santa Cecilia, que resulta inmensa comparada con la altura de las casas que la rodean, y frente a ella se abre la plaza principal del casco histórico, dedicada también a la misma santa. La entrada se realiza por una pórtico abierto en el lado sur, muy decorado, y la entrada es gratuita salvo para ver el tesoro, que se paga aparte. Nosotros nos tuvimos que turnar ya que no se puede entrar con perro, y no vimos el tesoro, pero el interior de la catedral es espléndido, merece la pena, y mucho. Fue construida entre los siglos XIII y XV en estilo gótico meridional y usando ladrillo rojo cocido a las orillas del Tarn con arcilla de la zona. Está considerada la catedral de ladrillo más grande del mundo.

El interior está profusamente decorado con frescos, que ocupan la friolera superficie de 18,5 km cuadrados. Estos frescos se conservan estupendamente precisamente gracias a la porosidad del ladrillo. La bóveda está pintada de azul e impresiona. Otros elementos llamativos que ver en la Catedral de Albi son el gran órgano del siglo XVIII (bajo él hay una imponente representación del Juicio Final) y el recientemente restaurado Coro, con más de 200 esculturas pintadas.



En la misma plaza de la catedral se alza el otro gran monumento de la ciudad, el Palacio Episcopal de Albi (Palais de la Berbie), que fue conocido en su momento como la Casa del Inquisidor, y es que su obispo fue uno de los grandes propulsores de la lucha contra los cátaros. En la actualidad es la sede del Museo de Toulouse-Lautrec, el famoso pintor nacido en Albi que retrató en tantas ocasiones escenas de cabarets parisinos como el Moulin Rouge y sus bailarinas de cancán. Sólo lo vimos por fuera, en este caso no entramos para ver la exposición dedicada al pintor albigense.

Como ya apretaba el calor nos tomamos un granizado en una de las terrazas de la plaza y ahí ya pudimos observar lo que fue una constante en todo el viaje. No hay ningún tipo de problema en entrar con perros a bares y restaurantes, en todos los casos fuimos bienvenidos. Es verdad que casi siempre optábamos por quedarnos en la terraza si había sombra, pero alguna vez pedimos entrar dentro y tampoco había problema, incluso le ponían agua para que bebiera. Siempre hemos escuchado que los franceses son bastante suyos y que pueden llegar a ser incluso desagradables con los turistas. Pues la verdad es que será en París o en otras grandes ciudades, pero nuestra experiencia en este viaje y en otros que hemos hecho por Francia (la Bretaña, Niza...) siempre nos hemos encontrado con gente simpática y agradable.
Tras la pausa fuimos a ver el Mercado Cubierto, un recinto de estilo modernista realizado en ladrillo y hierro, bien surtido de puestos donde comprar comida, principalmente quesos, embutidos de la zona, paté, etc. Tras la visita callejeamos un poco contemplando algunas casas medievales construidas en ladrillo y con las características vigas de madera en la fachada, parecidas a otras de otras zonas de la propia Francia y de otros países, y buscamos el sitio donde queríamos comer. Cuando estuvimos de viaje por la Bretaña nos viciamos a las galletes, o crepes de trigo sarraceno rellenas de comida salada. Los hemos probado en otras ciudades francesas y en este viaje no iba a ser menos, así que para nuestro primer día buscamos un sitio. Por el centro estaba el restaurante Crep-O-Rama, especializado en gallettes. Era pequeño pero había una mesa libre y pudimos comer allí, con perro incluido. En mi caso elegí una gallette que tenía un embutido típico de la zona, una especie de butifarra blanca y manzana. ¡¡Muy bueno!!
Tras la comida dimos otro paseo para volver al museo de Toulouse Lautrec, para visitar los jardines del palacio, que se nos habían pasado antes. Son pequeños pero cuidados y desde la muralla se tienen buenas vistas del río.

Después visitamos otra cercana, la Place du Chateau, la rue du Castelviel y las calles aledañas, donde descubrimos varios rincones con encanto y muy fotogénicos, además de una gran fuente donde el Starito, nuestro perro, pudo refrescarse un poco, y no fue el único, ya que había varios niños y algún adulto metiéndose también en el agua.


La siguiente parada de nuestra ruta fue el claustro románico de la iglesia de Saint Salvi, mucho más sobria que la catedral, y donde el claustro ha quedado encajonado entre las casas circundantes y se ha convertido en una especie de plaza interior donde tomar un respiro y sentarse a la sombra para descansar del bullicio. Esta zona es muy comercial y se pueden encontrar tiendas y establecimientos de todo tipo. También dimos un paseo tranquilo por la zona, descubriendo plazuelas semiocultas y calles pintorescas, más casas de ladrillo rojizo e incluso la casa natal de Toulouse-Lautrec. Aprovechamos para merendar en una terraza de la zona y emprendimos el camino de regreso al apartamento, abandonando poco a poco el centro y pasando por calles y plazas más amplias, el ensanche moderno de la ciudad.


En resumen, Albi nos pareció una ciudad muy bonita e interesante, muy adecuada para el tipo de viaje que estábamos buscado, algo tranquilo y manejable. No es grande, ya que tiene unos 50.000 habitantes, pero es muy monumental y tiene una atmósfera pausada, casi de pueblo, y con su característica arquitectura rojiza. Merece la pena dedicarle un día y visitarla con calma disfrutando de las vistas y de sus monumentos.