El cuarto día amaneció con una de esas experiencias que imaginábamos incluso antes de viajar a Laponia: un paseo en renos. A la hora acordada, la empresa Feelapland nos recogió en un punto céntrico de Rovaniemi y, en una furgoneta, nos llevó hasta una granja situada en plena naturaleza, rodeada de bosques nevados.
Nada más llegar, empezamos con una toma de contacto muy especial. Pudimos dar de comer a los renos, acercarnos a ellos sin prisas, acariciarlos y observarlos de cerca. Son animales sorprendentemente tranquilos, suaves al tacto y con una mirada serena. Comían una especie de musgo típico de su dieta, y todo se desarrollaba en un entorno totalmente natural, con los renos en libertad dentro de su hábitat.

Después llegó el momento más esperado: el paseo en trineo tirado por renos. Deslizarnos en silencio por el paisaje blanco, rodeados de árboles cubiertos de nieve, fue una experiencia única y difícil de describir con palabras. No había ruido de motores ni prisas, solo el sonido suave del trineo sobre la nieve y la sensación de estar viviendo algo auténtico.

Tras el paseo, nos llevaron a unas cabañas tradicionales, similares a las que utilizaban los antiguos pobladores de Finlandia. Allí, alrededor del fuego, nos explicaron muchas curiosidades sobre los renos y la vida de sus cuidadores: familias nómadas dedicadas en exclusiva a ellos, los cambios de cuernos según la época del año, el uso de las pieles y cómo esta forma de vida ha pasado de generación en generación. Para combatir el frío, nos ofrecieron una bebida caliente y galletas de jengibre, mientras escuchábamos atentos, sentados alrededor de una hoguera, en un ambiente muy acogedor.

La mañana continuó con otra experiencia inolvidable: caminar sobre un lago helado. Nos indicaron que el hielo tenía hasta 11 cm de grosor, suficiente para caminar con total seguridad. Aun así, impresiona dar los primeros pasos sabiendo que bajo tus pies hay agua congelada. Aprovechamos para hacer fotos, jugar con la nieve, lanzarnos bolas y hasta hacer el clásico “angelito” en el suelo blanco. Las niñas disfrutaron como nunca.

Al mediodía regresamos a Rovaniemi para comer en el centro. Elegimos el restaurante ROKA, donde probamos varios platos típicos de la cocina finlandesa: salmón, ceviche, hamburguesas de reno… todo muy bueno. Eso sí, un aviso importante: las cervezas rondan los 9,50 €, así que conviene tenerlo en cuenta.

Por la tarde volvimos de nuevo a Santa Claus Village. Al tener coche, la libertad de movimientos es total, aunque conducir por carreteras heladas y cubiertas de nieve sigue imponiendo respeto. Ya con la experiencia de días anteriores, disfrutamos sin prisas: fotos, paseos en trineo, el ice bar y el ambiente siempre mágico del lugar.
Esta vez también visitamos la casa de Mamá Noel. Hicimos algo de cola, pero valió la pena. La visita es en el segundo piso de un edificio que en la entrada indica claramente Mrs Santa Claus. En la planta baja hay un bar-cafetería y, arriba, la visita propiamente dicha. Mamá Noel hablaba castellano, lo que fue una sorpresa muy agradable para las niñas. No se pueden hacer fotos (está totalmente prohibido), así que ese momento queda solo para el recuerdo.

Al caer la noche regresamos a nuestro alojamiento, cansados pero felices. Había sido un día intenso, lleno de experiencias auténticas y momentos que sabíamos que recordaríamos siempre.

