El quinto día nos regaló una de esas sorpresas que no se olvidan fácilmente. Amanecimos en la casa del lago que teníamos alquilada, rodeados por casi medio metro de nieve y con un cielo completamente despejado. Era un día muy claro, algo poco habitual para la época (noviembre de 2024), y la estampa era simplemente espectacular.










Salimos a dar un paseo alrededor del lago justo con la salida del sol. La luz anaranjada reflejándose sobre la nieve, el silencio absoluto y el crujido bajo nuestros pies crearon uno de esos momentos que invitan a ir más despacio y disfrutar sin prisas. Todo parecía detenido en el tiempo.
Más tarde subimos a la colina de Ounasvaara, uno de los puntos más elevados de Rovaniemi. Desde allí contemplamos lo que probablemente fue la mejor puesta de sol de todo el viaje, al menos en la zona de Rovaniemi. El cielo se fue tiñendo de colores suaves mientras la ciudad quedaba a nuestros pies. Aprovechamos el entorno para jugar: muñecos de nieve, trineos improvisados y auténticas guerras de bolas de nieve que hicieron las delicias de las niñas.

En uno de los trayectos, comenzó a nevar de nuevo. Desde dentro del coche, pudimos observar los copos de nieve pegándose al cristal, perfectamente definidos, casi como si los estuviéramos viendo ampliados. Un detalle sencillo, pero hipnótico, de esos que te recuerdan lo especial que es este lugar.

Después de comer tocaba cambio de alojamiento. Nos trasladamos al nuevo apartamento en el centro de Rovaniemi, más pequeño que la casa del lago, pero totalmente para nosotros. El anterior lo habíamos compartido con nuestros compañeros de viaje, así que este cambio también se agradeció por la tranquilidad y la ubicación.
Ya instalados, salimos a pasear por el centro. Vimos las famosas letras luminosas de Rovaniemi, dimos una vuelta sin un rumbo fijo y empezamos a familiarizarnos con la zona. El centro no es especialmente espectacular, pero tiene su encanto: calles tranquilas, ambiente local y una pista de hielo que le daba un aire muy familiar y acogedor.

Fue un día más pausado, sin grandes desplazamientos, pero lleno de momentos especiales, de esos que equilibran el viaje y permiten asimilar todo lo vivido hasta ahora.

