Después de la inolvidable jornada de Matera y Gravina tocaba regresar a Apulia para la última gran excursión del viaje. Y el contraste no podía ser mayor.
Si el día anterior había estado dominado por la piedra, la historia y los barrancos, ahora volvíamos al mar.
El destino era Gallipoli, en plena costa jónica del Salento, un lugar que transmitía sensaciones muy diferentes a las que habíamos vivido durante los días recorriendo el Adriático. Aquí el mar parecía más tranquilo, la luz tenía otro color y el ambiente resultaba mucho más mediterráneo. Era como descubrir otra Apulia sin salir de la misma región.
Antes de llegar hicimos una breve parada junto a una de las muchas torres defensivas que durante siglos vigilaban esta costa frente a los ataques procedentes del mar.

Torre costera defensiva en las afueras de Gallipoli, una de las muchas construcciones de vigilancia que protegían la costa del Salento.
Gallipoli tiene una característica muy especial: su casco histórico ocupa una pequeña isla unida al continente por un puente. Ya desde el exterior destacan las murallas y las casas que parecen levantarse directamente sobre el agua.
Basta cruzar la entrada para darse cuenta de que la ciudad tiene personalidad propia. Calles estrechas, fachadas claras que reflejan la luz y el mar apareciendo continuamente entre los edificios.

Murallas y pequeño puerto pesquero de Gallipoli, con las embarcaciones amarradas al pie del casco histórico.
Recorrimos el casco antiguo sin ningún plan concreto, dejándonos llevar por las callejuelas, las pequeñas plazas y los rincones que iban apareciendo a cada paso.
Gallipoli no posee la monumentalidad de Lecce ni el impacto visual de Matera. Su encanto es mucho más discreto y reside precisamente en esa estrecha relación entre la ciudad y el mar.
Uno de los lugares que más nos sorprendió fue la Spiaggia della Purità, situada literalmente a los pies de las murallas. Resulta curioso encontrar una playa urbana integrada dentro del propio casco histórico.

Playa y murallas de Gallipoli, con las tranquilas aguas del mar Jónico al pie del casco antiguo.
Como suele ocurrir en muchas ciudades italianas, parte del encanto está simplemente en caminar sin rumbo. Cada calle ofrecía un nuevo detalle: una Vespa aparcada, un balcón lleno de flores o una fachada desgastada por el paso del tiempo.

Calle estrecha del centro histórico de Gallipoli, con fachadas claras y una Vespa aparcada.
También encontramos numerosos edificios nobles que recordaban la importancia histórica de la ciudad como puerto comercial del Mediterráneo.

Palacio barroco en el casco antiguo de Gallipoli, con balcones ornamentados y detalles escultóricos típicos del Salento.
Otro de los recuerdos que conservamos de Gallipoli fue la comida de aquel día. Después del paseo encontramos un pequeño restaurante donde disfrutamos de uno de los mejores almuerzos del viaje. No tenía nada de sofisticado, pero reunía todo lo que tantas veces hemos encontrado en el sur de Italia: buen producto, cocina sencilla y ese ambiente relajado donde nadie parece tener prisa por abandonar la mesa.
Mirándolo con perspectiva, Gallipoli no fue el lugar más espectacular del viaje, pero sí uno de los más agradables de recorrer. Quizá porque llegaba después de jornadas muy intensas o porque representaba otra forma de entender Apulia: una ciudad abierta al mar, tranquila, sin grandes monumentos que eclipsaran el paseo.
Fue una magnífica manera de ir acercándonos al final del viaje, disfrutando simplemente del Mediterráneo y del ritmo pausado de una ciudad que invita a caminar sin mirar el reloj.